Esta es buena ocasión

para hacer una buena confesión

en la penumbra en paz de la bodega:

¡que es la Pascua Florida y Bonita

del idioma oloroso y del vino hablado y cantado

de REQUENA!

 

     Y, en Requena, una vez, solamente, al año

(o mucho antes, si hay peligro de sed o desengaño)

el vino se arrodilla suavemente entre los labios

y cristalinamente se confiesa...

 

     "Yo me confieso que nací bendito

-pero sin bautizar- sobre la roca de Requena, en vuelo;

de madre fuerte, envuelta en el pudor

del chal

del cendal

de la cepa, con los huesos

colgándome de gozo dentro de un engranaje

bíblico con viñetas

de dragones morenos.

 

     Confieso que fui un hijo nudoso y trabajado

de corazón de óvalo y de verso

y mosto benjamín de serpentines

tras larga siesta de andanas y trasiegos

-del trullo al cono-

por añadas, criaderas y soleras

de caoba y albarizas en juego...

 

     ¡Cuánto me quiso el capataz, el hombre

que me ha visto nacer entre los dedos,

práctico de las rías de los caldos

en ruta al corazón dardo certero,

enrollado en su faja como un Cid

para darme color de pensamiento

y normas limpias como sus camisas

para que no saliera del sendero

de tanta uva cortada y jaleada.

tanta niña mimada y bien nacida

de núbiles mejillas y zarcillos al cuello,

hasta llegar

a dar

con la noria del gozoso costado del lagar,

echándome su mano de dolor previsto

por si -al correr- me pierdo...!

 

     Soy hermoso, brioso, rumboso,

verde de surco, corazón y sueño,

católico, apostólico, romano,

carl&ginés, morisco, valenciano, castellano

y roquero,

franciscano en la Loma, fiel portero

en el Portal, moruno por las Peñas,

y por el callejón de Paniagua, arrabalero

de fino empaque, flor de vieja Villa,

trovador en Herrero y en Clavero;

grial del Salvador

y fin y beso

y lozanía

de un rosario con cuentas de oro puro

y eterna letanía

para rezarle a Santa María

por el "real camino de los Huertos".

 

     Confieso que las bonitas niñas requenenses

en grosura de amor me sostuvieron,

dando la voz de alarma del otoño

al ver morir las uvas y nacer

mi corazón de oro en el silencio

cantándole a la noche un nuevo día:

claro signo de amor

por el que sabe a vino el mismo cielo.

(Que las uvas -mujeres ¡ay!- por bien mecerme y criarme

ofrecieron

sus vientres y sus sienes,

que los hijos bien valen todo intento...)

 

     Yo me he parado en manos de pastores

de corazón maduro

para lamer la sal del beso:

como se para un labio en una fuente

y una paloma blanca en un pañuelo

y una luna con mangos encordados

para vaciar la cara a trechos

de canciones, como yo vi en la Fuente

de las Reinas

pararse y besarse madre e hija

-dejando a un lado sus reales fueros-

como un dulce castigo que en los labios

se toma y deja

casi al mismo tiempo.

 

     Yo pagué con mi cara

resolada y joyante

las joyas que empeñara en el majuelo,

y he traído a Requena tantas tardes larguísimas

de ruiseños y copla, y por mí se abrió el pecho

en pórtico a lo Enriquez de Navarra,

en plazuelas de Celda, en areneros

de Caudete, fajeros del Maestrazgo,

procesiones de Pasos domingueros

y fuentes... fuentes... fuentes,..

(del Persl, de las Pilas, del Muchacho,

de San Juan, la Carrasca, Belmontejo...

¡cien fuentes y... una más

para el que tenga forastera el ansia

niña la sed y el corazón de vuelo!)

 

     Por mi Requena es un río y siempre vuelve

-como vuelve el amor- al lagar de septiembre

ancho y sonoro,

donde exprime el empuje del estío

su caudal y tesoro

con las uvas que mueren.

 

     Y en su hondura

nace un río

con raigambre de siglos

y simiente de tanto señorío

que le llueve la pena

a Requena

descalabrados potros cancioneros

sobre le tierra verde ermitas forestales

de la Sierra del Tejo

y alegra los Dolores de su Virgen

en filarmónicas querellas de deseos,

 

     Para mí solo baila el corazón

en Requena sobre húmeros

de fuerte roca

y panales de hierro,

blanquea el gozo en la linde de los ojos

y acerco lo lejano y encadeno

las lágrimas al júbilo y suenan

sirenas y silbatos de colores

cerrando el día y la esperanza abriendo,

 

     Soy último sol de agosto, en sueño y calma,

dulce arrobo con que le robo el alma

al alma,

todo historia,

vino en los brazos mismos de la gloria,

vino uno y primero

para ganar el mundo entero,

adobado de gracia y de quimera,

vino que lo da todo y nada espera,

delirio musical, dardo y escala

donde Cristo se apoya en su angostura

para dar con mi sorbo sangre y ala,

talismán, torrentera,

que lleva a donde siempre es primavera

y aprieta y encadena con su hartura...

¿no seré ya del cielo la antesala?

 

     Punzo los ojos para salir pronto

de viaje al llanto, a la caricia, al riesgo,

para suave temblor de almas errantes

como hermoso pretexto

para cantar y andar

y ventilarlo todo

y poner esperanza en cada hueco.

 

     Estoy envejecido y enterizo,

fresco de voluntad, firme de cuerpo,

memoria deleitosa,

y ceramelancia de dicharachero.

Siempre tengo en la boca

el mejor verso:

por dar entonación a la perdiz redicha,

al perdigón ingenuo,

a la liebre dentona, al toisón

socarrado del cordero,

al ajoaceite, a bajocas,

a la morcilla requenense, a la boca de mar,

a la mar de la boca...

¡A toda boca encuentro el mejor verso!

 

     Acusadme de arder de indignación

en naranjas crepúsculos intensos

y temblores de risas y collares,

espuelas, faldas, nervios

de aurora... hasta estrellarme

al filo de la esquina de los besos.

 

     Acusadme de andar por los mesones

rizando el blanco lomo

de la cal con los bronces más tiernos

y fermentar balidos

en pechos de marmitas y calderos

y olfatear el grumo del racimo indolente

en ristras de pimientos.

 

     Acusadme de ser náufrago sin pena,

convaleciente eterno

de pámpanos de llagas

que me tienen el pecho tatuado

de hermosos amuletos,

ensayando cinturas de mantúas, zalemas y lairenes

para anillos de viento.

 

     Que yo me confieso bebedor enamorado

-¡humildemente lo confieso!-

de tanta niña hermosa

que se beben los requenenses vientos:

¡de este hermoso pecado

no quiero ser absuelto!

Y de todos cuantos llevo confesados,

no tengo ni el más mínimo propósito de enmienda:

seguiré siendo

música en la carne

y llanto de lucero,

aroma, amor, sonrisa.

almizcle y bodeguero;

seguiré haciendo redonda la alegría

de Requena, vaso a vaso y verso a verso

de programa y emblema

de entrecortado y oloroso reino.

alzando un haz de sangres y plegarias,

condecorando el cielo

de fiesta y de racimos

con cargo al presupuesto

de los purísimos municipios del cristal más frágil

para labios sedientos...

iVeintiséis fiestas ebrias de mi vino

en la mitad del pecho!

¡Cuánta poesía bebida y recitada

cabe en estos veintiséis colmados besos!

 

     ...¡Que me perdone Dios que sea bravío

en la vida y dulce en el recuerdo,

predicador de bienaventuranzas,

blanco y tinto suceso

de gozo con sudor y piel morena,

alcabalero

que le cobra a las almas y a las cántaras

embriaguez de primicias y de diezmos!

 

     ¡Que me perdone Dios, que por mi encuentre

cada hombre su sueño,

la cadera angular de la alegría,

el botón milagrero

y la enorme sorpresa

de unas frescas entrañas que palpitan

debajo de mi piel transida en terciopelo!

¡Y que Dios me perdone el gran orgullo

de saberle a cariño recién hecho

y serie necesario!

 

     ¡No! ¡No me arrepiento

de ser estrella, llave y yugo de Requena,

su escudo y su abolengo,

frontera de cristal y micalet

donde embisten los besos!

¡Yo no tengo propósito de enmienda!

¡Seré misacantano

o seré casamentero!

¡Pero siempre seré el mejor hijo de Requena!

     Así lo firmo... y bebo.

 Nicolás Sánchez Prieto