Atraídos por el renombre de nuestras Fiestas Vendimiales, llegaron a Requena tres turistas filipinos unos días antes de celebrarse la vigésimo sexta Fiesta de la Vendimia.

     Como vinieron con carta a mí dirigida, precisamente por un amigo que reside en Barcelona, tuve que comportarme con ellos cual si fuese un modesto cicerone.

     Iniciada mi tarea, y después de hablar les, cuando íbamos visitando nuestros típicos barrios de Arrabal, Peñas y Villa, del origen muy remoto de nuestra ciudad y de su tradicional sabor histórico, les fui explicando en días sucesivos, conforme se iba desarrollando la Fiesta, lo que ésta era en sí y sus especiales características, tan populares.

     Completamente deslumbrados al admirar las artísticas Portadas del Salvador y Santa María, nuestras dos magníficas Avenidas, Instituto de Enseñanza Media, Grupos Escolares, Monumento Nacional a la Vendimia, Actos, Festejos y otros pormenores callejeros que sería prolijo enumerar, me dijeron que lo que más les extrañaba era ver cómo se bebía vino gratis, por todo aquel que lo solicitaba, en el Monumento alegórico y otras bodegas improvisadas al efecto.

     Aproveché la ocasión para manifestarles que a pesar de ello, durante la celebración de la Fiesta, dado el carácter de los requenenses, era difícil ver beodos por las calles, salvo algún profesional de la embriaguez, que casi siempre solía ser forastero.

     Entonces participaron que eran completamente abstemios y que aun cuando admiraban los requenenses, por su moderación en el beber, encontraban fuera de tono que hubiesen personas que saborearan bebidas alcohólicas. .

     Herido en mi amor propio por haber exagerado tanto la nota los filipinos, me propuse, con relativa mala intención por mi parte, llevar a cabo con ellos una inocente jugarreta.

     Para lo cual, mientras comíamos en el Mesón del Vino, el día que se marcharon, a base de suculento morteruelo de Requena y no menos apetitosas morcillas y longanizas de nuestro terruño, les cambié solapadamente, en un descuido que tuvieron, sus vasos, no transparentes, que contenían agua mineral, con cloro, por otros de las mismas condiciones, no muy llenos, de ese vino requenense, extraordinariamente especial, denominado de la Reina.

     Cuando, sin esperar, lo bebieron, se quedaron atónitos, cambiaron de semblante y sus ojos se iluminaron sobremanera, como si hubiesen descubierto la piedra filosofal.

     En vista de transformación .tan radical, inspiré un modestísimo soneto, que leído ante ellos, decía así:

     A Requena llegando tres abstemios,

que siendo por cierto filipinos,

quisieron, presumiendo de muy finos,

satisfechos donar valiosos premios.

 

     A ciertos hombres que no siendo bohemios

ni bebiendo por nunca más los vinos,

consiguieron como abstemios genuinos,

estatuir en Requena varios gremios.

 

     Mas cuando ya, por no estar prevenidos,

morapio filipinos se probaran,

quedaron de momento sorprendidos.

 

     Diciendo: Premios nuestros se entregaran

a beodos, que siendo empedernidos,

bebiendo vino vida se pasaran.

     Después de oír tal soneto, por el que me consideraron sumamento exagerado, me dijeron estando ya a punto de marcharse, que se volvían muy contentos de Requena, a sus islas, así como totalmente transformados respecto a la manera de pensar en relación con las bebidas alcohólicas; prometiéndome asimismo que aun cuando en lo sucesivo bebieran vino, lo harían con moderación, como los requenenses, que saben beberlo para disfrutar el saludable efecto que éste produce, pero que rehusarían empinar el codo demasiado, para no ser víctimas estólidas de las perniciosas secuelas de la beodez tan insensata.

 ANTONIO CÁMARA

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1973)