Sin duda, este linaje artesano de los Siniestra -zurda y terrorífica deformación del apellido levantino Sinisterra-, puso pie en Requena durante el primer tercio del siglo XVIII, al igual que otros que vinieron "del Reino" atraídos por el creciente impulso de nuestro Arte Mayor de la Seda. Un siglo después, los Siniestra desaparecen del panorama local; si bien, su recuerdo pervive entre las antiguas inscripciones funerarias de nuestro cementerio.

     Hijo del primer Siniestra aquí establecido fue el torcedor de sedas Tomás Siniestra, nacido ya en Requena, del que sabemos que estuvo casado con Tomasa Sáez y que, al morir ésta, mandó hacer una minuciosa tasación de sus bienes, de donde tomamos las siguientes curiosidades: "Una sábana de cáñamo de dos piernas y media, 15 reales... Un faldarcillo de indiana, 7... Una colcha manchega, 60 ... Chupa y calzonés de estameña, 80... Un chaleco de seda, 30... Una capa de buen paño, 200... Un rosario de cristal azul con medallas de plata, 20... Diez cucharas de hierro, 12... Tres candiles, 15... 454 libras de alazor (para teñir la seda), 2,442 reales... Una arroba de cebollas, 4... Una arroba de arroz, 22... Un cerdo gordo, 700... Seis arrobas de aceite, 336... Un torno de torcer seda con sus devanaderas, 2,000... 400 libras valencianas de seda en madejas, 26,881 reales... 102 libras de pelo torcido, 7,859... Una viña de 550 cepas, 450 reales...". Y así hasta totalizar la entonces fabulosa cantidad de 80.921 reales. En el capítulo de deudas figuran: "Al boticario Manuel Pardenillas, 20 reales... A Leandro Barberá y Lorenzo Elluí, tintoreros malteses de esta vecindad, 320... A los médicos don Bernardo Lafuente, don Pedro Zanón de la Mora y don Bernardo López, 52... A los cirujanos Nicolás Zanón y Antonio Cervera, 60..."..

     Tomás Siniestra, que había otorgado testamento ante el escribano local Francisco Antonio-Díaz-Flor, falleció; el primer día de 1808, siendo amortajado con el hábito franciscano y acompañando su cadáver todo el Cabildo Eclesiástico y los frailes de la Loma "con blandones de media arroba". Tras "mucho campaneo" y solemnes exequias, fue sepultado en la iglesia arciprestal del Salvador. Dispuso en sufragio de su ánima 999 misas rezadas (a tres reales cada una) y que se socorriera cumplidamente a los niños expósitos (aquí se les llamaba "cunas") y a los pobres vergonzantes de nuestro pueblo.

 

 

     Tan piadoso sujeto fue heredado por sus hijos Tomás, María Antonia y Nicolás.. Este último que, sin duda, "tenía buena mano para echar lluecas", fue el más favorecido "por lo mucho que había trabajado y contribuido al aumento de la casa", redondeando "su destreza" al contraer matrimonio con Isidora Pedrón, heredera de un rico terrateniente.

     En un reparto vecinal de 1822 figura en la calle de la Plata o de los Tintes el modesto torcedor de sedas Tomás Siniestra Sáez, y en la calle de San Carlos, su hermano "don" Nicolás, mercader (aquí, "mercáel"), que ocupaba entonces el décimo lugar entre los mayores contribuyentes de la población. De aquí que durante largos años se hablara de Siniestra el pobre y de Siniestra el rico. A este último pronto le obsequió la gente con el codiciado "don"; no precisamente por sus títulos ni blasones, sino por su floreciente posición y por los cargos públicos que ostentó, según veremos.

     Nicolás Siniestra había nacido el 6 de diciembre de 1766, siendo bautizado en la iglesia del Salvador, "la parroquia mayor y más principal de las de esta villa".

     Por unas cartas familiares, sabemos que Nicolás Siniestra, desde su infancia; "formó cuarteto" con los hermanos Luis, Juan y Carlos Ejarque, requenenses, hijos del escribano don ,Jerónimo y, años después, canónigos de las catedrales de Valencia, Córdoba y Segorbe, respectivamente (el primero fue rector de la Universidad valentina).

      Aunque no era hombre de muchas letras: todos le respetaban y admiraban por su religiosidad, por sus luces naturales y por su "buena mano izquierda para los negocios". Ahora, pues, ya no le llamaban Siniestra el rico, sino "el diestro Siniestra".

     De su boyante negocio textil, que pronto le convirtió en el primer mercader de nuestro Arte Mayor de la Seda, consérvanse algunos documentos (letras protestadas, requerimientos, órdenes de pago, etcétera), suscritos por escribanos públicos de Sevilla, a donde iban a parar casi todas las labores requenenses para emprender su viaje a las Indias.

     También ocupó nuestro personaje diversos cargos municipales, siempre fiel a las antiguas instituciones; cosa un tanto inaudita en medio de la exaltación liberal que apasionaba a los requenenses.

     Tras el triunfo de los constitucionalistas, "el diestro Siniestra" fue depuesto del cargo de regidor decano. Al restablecerse el gobierno absolutista fue repuesto con todos los honores. Como el corregimiento se hallaba vacante, nuestro hombre tuvo que hacerse cargo de la regencia de esta Real Jurisdicción, asumiendo las funciones de juez y alcalde.

     Las preocupaciones y responsabilidades al frente de estos cargos agobiáronle de tal manera que decidió abandonar sus negocios, obteniendo también de Fernando VII la exoneración "de servir oficios de República" (Real Carta del 30 de septiembre de 1824), mediante el pago de seiscientos reales por esta "real gracia"; Con ello no hizo otra cosa que seguir el ejemplo del conde de Ibangrande, de don Andrés María Ferrer de Plegamáns, de don Benito Peinado de la Mota y de otros potentados requenenses que se inhibieron de todo servicio local.

     En un inventario de los bienes que en 1842 poseía el acaudalado Siniestra, figuran 86 tahullas en nuestra huerta, 24 peonadas de viña en el Romeral, varias casas en el camino de las Cruces y en Cantarranas, la labor de Casas de Sotos (200 almudes); la mitad de la labor de Casas de Cárcel (70 almudes) ,y un rebaño de 200 ovejas.

     El "diestro Siniestra" otorgó testamento ante Silverio Díaz-Flor, el 30 de agosto de 1845, dos días antes de su fallecimiento. A falta de hijos, legó todos sus bienes a su esposa. Dispuso que sus restos mortales, con el hábito del Carmen, fuesen colocados "en un ataúd nuevo y pintado de negro". Para bien de su alma dejó seiscientas misas rezadas (a cuatro reales cada una), además de una "función" en San Nicolás (misa cantada y sermón con la limosna de 80 reales), asegurada con la renta de cuatro tahullas en la horma del puente de Jalance.

     En la nota de los gastos que ocasionó su fallecimiento consta lo siguiente: "Al que lo afaitó, 8 reales; al enterrador, 26; de llevarlo siete hombres, 70; a los que alumbraban con los blandones, 36; limosna a los pobres, 31; del ataúd, 50; del hábito, 75; al Cabildo, 438; a los sacristanes, 327...".

El Cronista de la Ciudad

 
 

 
   

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1973)