Desde mis juveniles tiempos en que recorríamos los condiscípulos de entonces, esos tantos lugares, recónditos recovecos o distanciados andurriales de la periferia de nuestra ciudad, para llevar a cabo alocadas aventuras, nadar en los traicioneros remansos del río Magro, después de exclamar: ¡Capuz del cerezo, que me desperezo!, o llenarnos los senos, como así decíamos, de albaricoques, peras, manzanas, ciruelas y melocotones que pendían, con sus gayos colores, de las ramas de los frondosos frutales de un señor amigo nuestro, que a ello nos convidaba, he sentido siempre una gran ilusión por subir a esa imponente cima del monte más alto de la orografía requenense, llamado Pico del Tejo.

     Hasta que un día, después de mantener una: amena charla sobre el particular, con esa inmejorable persona, tan dada al buen humor, con su grata simpatía, que siendo ex compañero de trabajo, buen vecino y gran amigo mío, se llama Pedro Garcés Gómez, acordamos, por unanimidad, realizar una excursión a la mencionada cima, no andando, por no permitirlo la relativa madurez de nuestra edad, ni tampoco montados en sendas cabalgaduras, como hacían antaño, sino con arreglo a las circunstancias actuales, o sea, subidos en un coche alquilado, marca "Seat 600", para no estropear el que él tiene tan flamante.

     Elegido un bonancible domingo de un no menos apacible otoño, cuya fecha once de noviembre del año de gracia de mil novecientos setenta y tres, recordaré siempre,  y después de los preparativos de rigor, durante los cuales el minucioso Pedro no olvidó el más mínimo detalle, para llevarse con nosotros lata donde transportar gasolina, varilla mágica para medir tan preciado liquido, jersey y pantalones propios del caso, fuertes botas de montaña, mullidas zapatillas a llevar cuando condujese, catalejo con el que otear el vasto confín, escopeta con la cual matar todo animal que se le pusiese por delante, percha con la finalidad de colgar en ella las piezas cobradas, máquina fotográfíca a los efectos consiguientes y un frugal almuerzo salimos, serían las diez de la mañana, más contentos que unas castañuelas, teniendo en cuenta que yo no llevaba tantos adminículos como mi citado amigo.

     Estando ya en ruta por esa amplia vía torrencial que es la carretera de Madrid y después de sortear mi camarada de excursión, con su mucha experiencia en el volante, aquellos tantos y tantos vehículos, que en su ir y venir, con rauda velocidad se cruzaban con nosotros, dejamos por fin, muy contentos por cierto, dicha carretera, para desviarnos a la izquierda y llegar al camino que con tanta paciencia nos estaba esperando.

 
 

     Orientados en él por una señora, del itinerario a seguir, dejamos atrás las casas de los Sánchez, del Arcipreste, de la Roja, como también un pozo que me recordó aquel tonel sin fondo, a llenar de agua, como castigo, en el mitológico Tártaro, por las cincuenta Danaidas, para proseguir nuestra ruta entre los ubérrimos viñedos de cepas ya vendimiadas, con sus entrelazados sarmientos, hasta llegar a la falda de la montaña cuya cima era la meta de nuestro viaje.

     Apeados del coche con la finalidad de disfrutar de esa tranquila paz virgiliana de los campos, y ver la manera asimismo de matar mi acompañante algún animal de cualquier especie que fuese, resultó que todos los jabalíes, zorras, conejos, liebres, halcones, cuervos, gorriones, jilgueros, etc.. etc., que por allí estaban, sabedores de la certera puntería del cazador en cuestión. huían desaforadamente de nosotros, como alma que lleva el diablo, cogiendo con permiso del dueño, claro está, como compensación de tal fracaso cinegético, algunos racimos, que se mecían movidos por las auras, entre los pámpanos resecos de los precitados sarmientos.

     Percatados por la varilla mágica que todavía quedaba gasolina, efectuemos la ascensión, bordeando la ingente montaña, sin incidencia alguna, gracias al titánico esfuerzo del coche, que cual si fuese el alado caballo Pegaso, cabalgado por Belerofonte, antes de vencer este último a la Quimera, escalaba kilómetros y kilómetros, con el monótono ronroneo de su motor, hasta llevarnos al término de la pista construida gracias al Distrito Forestal del Estado.

     Apeados otra vez del "Seat", y después de andar, durante media hora, aproximadamente, haciendo verdaderos equilibrios para no caernos, por entre unos puntiagudos peñascos, coronamos la cresta anhelada, llegando junto a la Cruz, que enhiesta allí entre una especie de monolito, simboliza la grandeza del Redentor en el Calvario.

     Hechas las oportunas fotografías, y después de admirar con el catalejo el dilatado horizonte, con sus enlazadas montañas entre las que se veían los amenos valles surcados por los ríos de más o menos importancia, como el del Reatillo, que va a desembocar en el Pantano de Chera, cuyas azuladas aguas casi parecía que tocábamos con la mano por el efecto óptico de dicho anteojo de larga vista, vimos por último las señales, que desde dicho pantano nos hacía nuestro común buen amigo Manuel García Gómez, a la hora convenida de las doce en punto, con su espejo que reflejaba la luz del sol.

     Contrariados por no disponer de más tiempo que nos permitiese ver el árbol que da nombre al Pico, y beber el agua purísima de la fuente de la Zarza, descendimos dejando el coche en punto muerto para no gastar la escasa gasolina que nos quedaba. Nos desorientamos bastante y casi hasta perdernos. Regresamos a nuestras casas con la promesa de volver en pleno verano, para estar allí todo el día, como el caso así lo requiere.

 

Antonio Cámara Fernández

(Publicado en El Trullo de Junio de 1974)