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En uno de esos tantos domingos otoñales en que la placidez del tiempo invita a disfrutar la paz virgiliana de los campos, salgo de mi casa con el propósito exclusivo de llevar a cabo un confortable paseo. Para ello, decido como siempre, y así lo hago, dirigir mis pasos por ese camino que empezando junto a un edificio en el que estuvo instalado un Centro de Higiene, me lleva a la Fuente de Bernate. Una vez allí siento nostalgia contemplando vericuetos, altibajos y declives y recuerdo aquellos tiempos de hervorosa juventud, durante los cuales unos cuantos amigos, fuimos terror con nuestras pedreas, de las pacíficas mujeres que iban a lavar sus ropas al no menos tranquilo Regajo. Atravieso el pequeño puente de hierro tendido sobre dicho río, dejo a la derecha el llamado Montecillo, rememoro aquellos frondosos avellaneros que no existen y llego a la Fuente de Baldomeros, lamentando no poder continuar el camino que seguíamos otras veces, para ir a las desaparecidas Cuevas Encantadas, en busca de aventuras. Vuelvo sobre mis pasos y en la bifurcación del camino determino seguir hacia la Casa Blanca, por lo que un poco más allá me desvío hacia la derecha, siguiendo esa senda que haciéndome saltar el cantarino afluente del repetido Regajo, me conduce entre las ubérrimas huertas de opimos frutos hacia la referida casaquinta. No me asustan por su actitud pacífica, los dos sáxeos leones, que cuales imperturbables cancerberos, parece que están guardando la mencionada casa de recreo y sigo bajo los copudos árboles, para llegar a la pinada y aspirar con grata fruición la fragancia aromática que exhalan los pinos y otras plantas olorosas. Continúo cada vez más ensimismado y una vez en el Nacimiento me complazco admirando esos chopos, que con beatifica paciencia, siempre esperando están que llegue el verano agotador para ofrecer su sombra bienhechora a cualquier caminante sudoroso que bajo ellos se cobije. Después de reposar un momento, bordeo unos montes y voy a desembocar de lleno ante la fuentecilla de las Churras, que recogida humildemente al pie de una roca, va destilando su purísima agua, que luego formará deslizándose por unos peñascos, ese arroyuelo que tan juguetón, su grata canción va murmurando. Prosigo, y subidas las empinadas laderas de las montañas que se enlazan en cadena, llego por fin, cada vez más estático a esa especie de atalaya que se llama Telégrafo, y que otras veces sirvió a falta de los recursos que nos ofrece hoy la técnica, como un centro engarzado de señales. Desde dicha cúspide, y como final de mi paseo, quedo absorto admirando el magnifico panorama que se extiende ante mi vista, con sus extensas tierras de pan llevar, fértiles viñas e innúmeros caseríos que parecen perderse más allá del horizonte.Y es, precisamente en este momento, cuando recuerdo, con verdadero respeto y recogimiento aquella inmejorable persona, que siendo de profesión barbero, llamada Rafael Rodríguez Ferrer, tanto gustaba, al igual que Antonio Molina Plaza, contemplar las incomparables bellezas que nos brinda la madre Naturaleza, por imperativo divino del Dios creador.
Antonio Cámara (Publicado en El Trullo de Agosto de 1974) |
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