Que nadie se asuste, acepte o rechace la lectura de esta colaboración a juzgar por su título. No es nuestro propósito penetrar en el espinoso terreno de los planteamientos socioeconómicos nacionales (Doctores tiene la Iglesia), ni, por otra parte, sólo de pan vive el hombre, aun cuando a estómago lleno sean todos los problemas de más fácil solución. Aspiramos sólo a señalar pequeñas circunstancias, acciones u omisiones de nuestra vida local que podrían mejorar, o, en todo caso, a mentalizar a nuestros convecinos según el conocido texto que dice: "Si tus males tienen remedio, remédialos y no te lamentes; y si no lo tienen, ¿a qué conducen tus lamentaciones si el mal ha de subsistir?".

     Allá va una serie de nuestros interrogantes.

     ¿Por qué en nuestras sociedades locales, sea cual fuere su naturaleza, es muy escasa la asistencia de socios a las Asambleas Generales y es, por el contrario, muy abundante el demagógico comentario callejero o cafeteril? Lo razonable es pensar que el socio de cualquier sociedad tiene intereses, sean o no económicos, implicados en ella, y que, siquiera sea con propósitos egoístas, desea para ella la mayor prosperidad; por lo tanto, para vivir mejor, sería de la mayor utilidad colaborar con la asistencia, ayudar y no entorpecer, estudiar y proponer soluciones y no rechazar sistemáticamente las propuestas de otros, usar con moderación y respeto de todos sus derechos y poner cariño y buena voluntad en el cumplimiento de sus obligaciones, pedir claridad y no albergar recelos, moverse a impulsos del interés común y no de personales ambiciones o inconfesables resentimientos, pensar y obrar bajo la idea de que se navega en un barco que nos es común y cuyo feliz arribo a puerto seguro a todos interesa. Si el temperamento de cualquier persona es incompatible con esta razonable y civilizada forma de comportarse, hay también otra forma honrada de actuar: resolver por sí mismo sus problemas y sus apetencias no incluyéndose en sociedad alguna.

     ¿Por qué ha arraigado el mal hábito de que los estudiantes necesiten recibir clases complementarias de las que reciben en sus estudios oficiales para cursar con cierto aprovechamiento y superar las pruebas a que se ven sometidos? No queremos molestar a nadie. El asistir o no a clases complementarias es voluntario, está bien ganado el pan que se llevan a la boca quienes profesionalmente ponen su esfuerzo y su ciencia al servicio de los estudiantes que asisten a tales clases complementarias, y quienes imparten las enseñanzas oficiales probablemente también ponen todo su interés y su capacidad profesional al servicio de la enseñanza. Sin embargo, un proceso lógico elemental nos lleva a concluir que algo falla, porque si en los Centros Oficiales se enseña con eficiencia es absurdo que se acuda a repetir, mediante clases complementarias, lo que ya se ha aprendido, y si es demostrable o está demostrado que las clases complementarias son necesarias entonces es preciso admitir que la enseñanza oficial es deficiente. Y cabe una tercera solución al enigma, cual sería admitir que los padres somos tan estúpidos que martirizamos a nuestros hijos con unas clases adicionales a su horario oficial, totalmente inútiles, porque aprenden bien y con agrado lo que se les enseña en los Centros Oficiales y se les remacha con igual eficiencia, pero sin necesidad, lo que ya habían aprendido. Para vivir mejor sería conveniente poner orden en estas cosas complicadas de la enseñanza, ahora que todavía hay tiempo hasta el comienzo del nuevo curso, y a través de los cauces adecuados que, a nuestro juicio, lo son las asociaciones de padres de alumnos de la Enseñanza Oficial. Si se demuestra que las clases complementarias son de necesaria subsistencia por imperativo de dificultades insuperables, cuando menos a nivel local, como podrían serlo falta transitoria de Profesorado o contratación provisional y forzada de Profesorado mediocre (nuestro País quizá no puede digerir tan rápidamente como sería de desear el esfuerzo económico que representa montar una Enseñanza Oficial plenamente eficiente) con gratitud incluso, además de pagarlas, aceptaríamos las clases complementarias; nunca como solución definitiva, sistemática y fatalmente aceptada, porque sería tanto como consagrar con nuestra anuencia indefinida unas deficiencias en la Enseñanza Oficial que sólo se podrían tolerar hasta un límite. Porque lo que no podemos ni debemos pensar, mientras no se demuestre lo contrario, es que ciertas clases complementarias, pagadas, naturalmente, sean imprescindibles para poder obtener el aprobado.

     ¿Por qué hemos asimilado tan rápidamente el furor de la llamada sociedad de consumo de despilfarro, añadiríamos, siendo así que nuestro País todavía no es, ni con mucho, la personificación de Jauja? Es posible que el desarrollo económico esté montado sobre un esquema que cuenta, ineludiblemente, con un fuerte consumo de todo, pero, como en todas las situaciones, creemos que en un término medio está la virtud. Una cosa es consumir lo que se necesita, que ahora podemos adquirir y otras veces no, y otra bien distinta es consumir por ostentar o para despreciar, con manifiesta provocación de los menos favorecidos por la fortuna y creando un clima de necesidades innecesarias, valga la paradoja, que induce a los más irresponsables (entiéndase una buena parte de nuestra juventud y muchas personas mayores) a sentir en derredor suyo una serie de apetencias, que titulan necesidades, sin medios honrados de satisfacerlas. Una buena parte de la delincuencia tiene aquí su origen. Para vivir mejor sería conveniente dosificar con prudencia el consumo, clasificar con nitidez lo que son reales necesidades y lo que son meras apetencias, lo que es vital, lo que conviene a un desarrollo de nuestro bienestar y de nuestra personalidad y lo que es francamente superfluo o meramente ostentatorio. Y lo que es más importante, deberíamos evitar a todo trance que nuestros hijos crezcan creyéndose habitantes del País de las Maravillas, porque las concesiones al capricho y las nefastas lecciones de nuestro despilfarro adquirirán en ellos hábito y vendrán a constituir su regla futura de vida. Y ¡ay de ellos si, ya mayores, no han conseguido situarse al nivel que les permita disfrutar de todo aquello a que creen tener derecho! Es impresionante y lamentable observar, como lo hemos observado a diario, que la población infantil y adolescente que cursa estudios (citamos precisamente el hecho concreto de nuestra observación) tira al cesto de los papeles montones de bocadillos de pan con queso o fiambre dentro, intactos o apenas mordisqueados, cuando, en otras ocasiones, una población entera hubiese hecho cola para recibir unas migajas de lo que ahora tan ostensiblemente se desprecia.

     Seguiremos, si nos lo permiten, haciéndonos preguntas sobre cuestiones en las que habitualmente resbalamos, porque decimos que la vida es así. Y, sin embargo la vida es y será como queramos vivirla.

UN OBSERVADOR

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1974)