Esta crónica, en la que hay dos personajes, el tiempo y yo, he tardado en escribirla más de medio siglo. Todo ese tiempo ha venido conmigo fermentándome, siendo mi propia canción. Vino en mi ayuda ese fenómeno llamado "poesía", que persiste en el hombre, en mí mismo, pese a ese pesimismo vital que oprime infundadamente al hombre.

     Canción de infancia, mi terruño, la comarca entre el río Cabriel y Requena, un trozo de Castilla agregado voluntaria y bellamente a Valencia. El medio siglo y yo puede ser historia, porque hay un vínculo entre nosotros con voluntad hacia delante, pero vista esa historia desde esta orilla mía. Una concepción, un tiempo perdido en trance de ser recobrado, como estilo.

     Mi historieta o canción -a lo Proust, ,Ponchielli o Debussy- en la que mi "yo" se desparramaría por mi tierra, comienza allá por el segundo año de la primera guerra mundial; dicho así porque mi colección de cromos de la guerra ya abultaba. Y comienza en Requena. Una tarde y una noche. Al día siguiente prosigue en una aldea del término: Los Pedrones. Al otro, en el bosque cercano.

     Bilbao, Paterna, Los Pedrones. Mi padre era jefe de puesto de la Guardia Civil: En Bilbao, por cuyas alturas y hasta el santuario de la Virgen de Begoña había de pasear mi melancolía de niño convaleciente de seis años; en Bilbao, no tuve otros juguetes que trozos de piedra negra y reluciente y pedazos de hierro.

     Los guardaba en una caja de cartón debajo de la cama. Vivíamos, realquilados, en un cuarto con balcón a la calle del General Castaños, a espaldas de la ría. La conquista de mi tierra comenzaría por el bosque encantado de Los Pedrones, aldea perteneciente al municipio de Requena.

      Como remedio de mi tristeza de Bilbao, durante tres años había jugado con mi caballo grande de cartón y madera, preciso, en Paterna. Para nuestro nuevo destino iba muy bien mi caballo: para tal tierra, tal caballero andante, que era yo. Me lo compraron mis pobres padres en Valencia.

     Mi caballo colgaba detrás de la descomunal carga de los muebles, carga bamboleante, en un carro grande de mudanzas: el caballo mi tesoro todavía, fue la admiración de todos los chicos de Requena, que le vieron entrar y salir de la posada y le siguieron detrás de mí a la mañana siguiente, hasta enfilar por el camino de la Portera, suave loma arriba.

     Mi madre y Pili -tres añitos, ojos de azabache y parla incansable- habían llegado a Requena en el tren y se acomodaron alegremente en el enorme carro.

     Mi padre y yo -por turnos a pie, junto al carretero, que iba cantando- rebosábamos de alegría, en mi cabeza la aventura más grande, digna de un caballero. Volvíame para contemplar al autor de mis días, admirado de sus mostachos y de su tricornio.

     Detrás, el carro gigante, por una vereda, dando tumbos; un viaje de leyenda. La aldea, que nos esperaba, la carretera, la posada y el polvo.

     (Años y años; ahora es inevitable la sugestión de versos con castellanía de Ramón Pérez de Ayala, de Antonio Machado, de Enrique de Mesa, soñando el cronista con aquel carro y sus personajes. Viéndome medio siglo atrás, hacia la aldea, sueño con los grandes personajes infantiles creados por Galdós en "Miau", por Palacio Valdés en "El señorito Octavio", Rafael Sánchez Mazas en "La vida nueva de Pedrito de Andía", por Sánchez Ferlosio en "Alfanhuí", por Manuel Salceda en "Zapatos sin cordones".)

     Mi padre era el jefe del puesto, y tenía a cuatro guardias bajo su mando, y era admirable, tal vez con la imagen confusa del caballero andante que yo me traía de la escuela de Paterna; era su misión el hacer justicia, teniendo por divisa el honor; defender a los débiles contra los malhechores del campo, de las aldeas, caseríos, casas de labor, casonas señoriales, que se alzaban entre los pinos; perseguir el mal que se cernía con los incendios o en forma de lobos que atacaban ovejas o campesinos y sus falías. Yo soñaba con auxiliar algún día a mi padre, puesto en peligro.

     Terminó, pues, la aventura de mi caballo y ahora manejaba la honda con gran destreza; me había enseñado a manejarla el hijo de un pastor. La llevaba como arma fija rodeada a la cintura. Le ponía un gordo guijarro en el hojal, en medio, sobre el que fijaba mi mano izquierda, apuntando y, dándole media vuelta sobre mi cabeza, la disparaba soltando el ramal izquierdo; la piedra iba por el aire con enorme fuerza, y puntería también. Tiraba a las urracas, a los cuervos, a los búhos, parados en las copas de los pinos; a los infelices conejos que saltaban por entre la maleza. Conseguí que me admirasen en el caserío del cuartel: los guardias, los campesinos, mi padre..., mi madre, siempre sufriendo, pero yo no me extravié jamás en la pinada. Mi único miedo pánico era a los alacranes que salían por debajo de las piedras. Una cosa conseguí también, feliz: ser "un salvaje".

     El cuartel se había cobijado en un vetusto caserón, sin duda perteneciente a alguno de los Pedrón, fundadores ,de la aldea contigua. Pegado al cuartel un grupo de cinco o seis casicas de labranza; de ellas un horno y una tiendecilla. Unos carros, un gran montón de leña y un pino genial, sueño de amor su fronda, que nos cobijaba a todos. Tenía doscientos años, era famoso en el contorno y se le amaba como a un padre. Decían que bajo su grandiosa ramazón tenía lugar "el mentidero". Allí se murmuraba con risas y guiñas de picante picardía, se hablaba de la belleza pura de una moza de la aldea que se llamaba Amada. A ella el cantar, la guitarra, el acordeón. De la Virgen, del torero, de un amor...

     Un guardia soltero me llevó una tarde de domingo a la aldea para mirar a Amada y que la viese yo. No pude comprender su hermosura...

 

MAS SOBRE EL ACAECER

     Los guardias y yo, claro, íbamos hasta Los Pedrones, Casas del Caballero, Casas del Río. Cerca de esta última pasaba el río Cabriel con sus soledades y leyendas montaraces; decíase que moraban todavía en sus riscos animales de la prehistoria. Yo iba a "divertirme" con los guardias...

     A un arroyuelo, bajo frondas virgilianas, íbamos cada quince días las mujeres y los chicos; ellas a lavar, nosotros a llevar del ramal cada borriquillo cargado con la ropa. Los domingos, muy temprano, todos a una misa en la ermita de una casa señorial, en mitad del bosque; bajo la "navecilla", todo el contorno. Había chaval que venía de muchas leguas. Daban chocolate y churros...

     No me arredraban las tormentas. Podía vérseme después ,dialogando con la blanda lluvia. Caminar y caminar por el bosque, persiguiendo los ecos o el secreto en los diálogos de las aves. Miedo, sólo a los lobos; también a los alacranes. Contemplar las nubes viajeras hacia el mar, tumbado en un retamar, que me suavizaba el cierzo.

     Digo que sentí en mi inconsciencia la fuerza de la poesía naciente. No sé creo que debía ser como el hermoso salvaje apuntado, grato a Dios, es muy posible. Picarazas, pajaritas de las nieves, jilgueros y ruiseñores , no me huían. En cambio, de un ciervo al que hice huir, de urracas y cuervos, de pobres conejos, era el terror con mi honda. Realicé toda clase de fechorías y malandanzas, de las que hoy me avergüenzo.

     Pero escuché por vez primera el canto de diamante del gallo al alba, cornetín lírico, en el caserío. Para muchos hombres, he sabido que el canto del gallo al amanecer es cosa importante en la vida. Yo esperaba la hora del canto.

     Una tarde soplaba el viento en el pinar, y me pareció ver por entre la neblina correr a Amada, la moza de Los Pedrones, cuya belleza no sabía explicarme yo.

 

LA ESCUELA

     En el segundo otoño llegó don Pedro, maestro libre, trashumante, a ejercer la enseñanza primaria. Era todo un tipo de héroe de la cultura rural, campesina. Procedía de Requena. Habitó Un cuartejo en la posada aldeana. Instaló la escuela en un establo, poblándolo de rústicos bancos de madera vieja, una mesita para él y dos raídos mapas colgando en las paredes. Dábanos lección a veintidós chicos montaraces de los caseríos, empresa sobremanera heroica no había duda. Sus honorarios al mes: tres pesetas, o permanencia de un día en casa del alumno, a elegir. Vino a mi casa por la comida y la cena. Preguntado a los postres por mi padre, sobre mi aplicación, dijo así:

     - De aplicación..., cero. Eso sí, es el terror, con su honda, de grajos, cuervos y otras alimañas del bosque.

     Rieron don Pedro y mi padre. Pero mi madre puso mala cara. Dijo, luego:

     - A ese buen señor no le doy más de comer.

 

TREINTA AÑOS DESPUÉS

     Pasados treinta años desde los días de Los Pedrones, hallándome un atardecer de septiembre en la Feria de Utiel, mirando en una caseta para elegir un "recuerdo" destinado a mi pequeña Lena, noté que alguien me tocaba suavemente en un hombro.

     Me volví. Era don Pedro, el maestro de Los Pedrones, muy viejo, humilde y raído. Me había reconocido, ¡oh milagro! Reía y lloraba. Dimos una vuelta, sentándonos en un bar del Ferial. Todo era un sueño, y el pasado nos hizo llorar a los dos.

     - Pero, ¡mira que reconocerte después de tantísimos años, hijo mío! No te olvidé nunca, mi pequeño Juan Alenza...

     El recuerdo de la aldea vino conmigo toda la vida. Viajé y residí por allá y acullá, y un día en Requena me enteré de la muerte de mi maestro andariego, don Pedro. Son cosas que no se olvidan. Llevan dentro algo de "lo inexplicable". Durante los años que viví por la Castilla valenciana no perdí el perfume del bosque, de la aldea. Por algún tiempo decían de mí que era un rústico, muy travieso... y un soñador.

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1974)