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Poniendo al día nuestras calendas, estamos ya en el punto más solemne de nuestro costumbrismo y de nuestras celebraciones, porque ya está aquí la primera efemérides del protocolo cristiano. La Nochebuena -¡lástima que haya una sola!- viene a ser en muchos casos el aglutinante que suelda más de una fisura familiar. Puede más un "felices pascuas" a su justo tiempo que cien fórmulas de comadre para caldear alguna zona fría en las relaciones humanas. La Nochebuena lleva una carga tal de comprensión y de tolerancia, que ella misma ha permitido -y hasta gozosamente- que se siente a su mesa, y en lugar de honor, un personaje pintoresco y extrovertido, con blancas barbas de estopa y mofletes de bebedor bávaro, que unas veces es Santa Claus y otras Papá Noel. Creo que habla otro lenguaje y es experto en sidras y rubias cervezas, pero es un visitante amable y cordial, que nos sonríe beatíficamente y hasta a veces apunta unos remeneos de zorcico que no repugnan a nuestros villancicos aromados de estrellas y portales de Belén. Nadie le pregunta de dónde viene, pero él se encuentra a gusto y feliz entre nosotros. Y, además, procura no tapar con su bonachona figura el Nacimiento que han construido la abuela y los nietos en el rincón de la sala, bajo un árbol nórdico, recamado de luces y floripondios, a quien tampoco le pregunta nadie de dónde vino ni qué hace allí. Es la moda, no hace daño y adorna. Bien está. Los hogares han hecho ya la recluta de quereres íntimos y el acontecimiento está montado con todo el amor que le cumple. La gente joven, formando grupos, ha callejeado haciendo su consumo de mejunjes y raras mezclas más o menos espirituosas, con nombres nuevos y sabores extraños. De estos sabores, admitidos por la moda, les redimirá la alquimia culinaria que espera, con su adobo de alegrías y de fórmulas heredadas, a ser devorada "en paz y gracia de Dios". Hay ya un ausente en el acontecimiento, del que se guarda un vago recuerdo..., quién lo recuerda: la zambomba. Pero, ¡oh, prodigio de la moda!, en su lugar salen a relucir unas rutilantes guitarras eléctricas que ya quisieran haber tenido los Magos de Oriente. Con alguna veladura de nota extraña, la Nochebuena enfila su curso de tradición, bien radicada en los corazones. Y es alegre y es generosa. Con tabaco rubio y todo. Y con whisky y con..., bueno, con todo eso. Pero hay un momento en que "todo eso" se para y se hace a un lado porque ha salido el vino a la mesa. Esto ya es otro cantar. De Nochebuena, claro. Pero otro cantar. Las botellas son manejadas por la persona de más autoridad. Administradas en su cabal medida y a su tiempo exacto. El vino tiene su rito. Blanco o tinto, recitan su papel ajustado a su peculiar función. Y la vieja botella del abuelo, que sabe de años dormidos en su rincón de la cava patriarcal, es traída en su canastilla horizontal para que el pulso del escanciador no mueva los posos que perturbarían la majestad robada al tiempo. Es la tregua que esta noche llena de sortilegio concede al vino, que, pese a la avalancha de modas extranjerizantes, no ha cedido su puesto irreemplazable. Después -¡hagan juego, señores!- todo vuelve a su ruidoso aire: el Niño del pesebre sonríe desde su lecho de pajas bajo el árbol que juega a sombras protectoras. Y los ojos azules de Papá Noel se cierran soñadores bajo sus cejas blancas de estopa. José María Sánchez Roda (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1974) |
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