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CUANDO, al fin, cedieron los ecos triunfales de la victoria isabelina, los prohombres requenenses se consagraron a levantar la desastrosa economía local. El Arte Mayor de la Seda, de tan brillante tradición, se volcó en esta empresa con ímpetu arrollador, rivalizando mercaderes y tejedores en restaurar nuestra esencial fuente de riqueza. Y lo consiguió en corto plazo, ya que, recién incorporados a la provincia de Valencia (1851), funcionaban aquí, además de numerosos tintes y telares de paños, de lienzos y cordellates, de estameñar y albornoces, nada menos que veinticuatro tornos y novecientos telares de seda, en los que se fabricaban tafetanes, "gros", sargas, damascos, terciopelos, pañolería y telas de paraguas, ocupando nuestra industria "un lugar de preferencia entre las primeras y más distinguidas de Europa, por su buen laboreo y tinte". Haremos notar que los más reputados mercaderes del Arte Mayor de la Seda eran por entonces don Estanislao Montés, don Fausto Robredo, don Pedro Laín, don Antonio Pedrón, don Aniceto Pérez Arcas, don José García de Leonardo, don Víctor Masiá, don Fabián Tena, don Silverio Díaz-Flor, don Pedro Oria... Para darnos idea cabal de este movimiento artesano -cuando las gentes trabajaban de sol a sol y eran felices con su pobreza-, recordaremos que en cada torno actuaban cinco hombres y quince mujeres; en cada telar, un hombre, una mujer y un muchacho. En suma: ocupábanse en la industria textil unas tres mil quinientas personas, cuando la población de la ciudad era de seis mil doscientas treinta y dos habitantes y la de las aldeas de tres mil doscientas cincuenta. De esta última etapa esplendorosa de nuestro Arte Mayor de la Seda tenemos a la vista un curioso Libro de Tegeduría, del año 1854.Trátase de un diario de mercader con la relacion de los tejedores parroquianos a quienes facilitaban madejas de materia prima, con indicación de nombres y domicilios, medidas y peso del tejido elaborado, entregas y precios en reales vellón, novedades y advertencias, etc. Entre los tejedores que figuran en dicho diario se suceden los Navarro, Monsalve, Donato, Mata, Ponce, Gil, Milián, Corachán, Crespa, Vives, Gómez, Combres, Cardete, Loines, Alcocer, Huerta, Moya, Burgos, Lechago, Gilabert, Alarte, Villanueva, Ribes y, sobre todo, numerosos Pérez y García; apellidos éstos que colmaron los padrones de labriegos y artesanos requenenses desde los primeros siglos de la Reconquista. De algunos de aquéllos -sin duda para facilitar su localización- se incluyen en el referido diario hasta los apodos (Nicolás Cárcel, Cachita; Luis López; Palletillas; Celestino Martínez, Peporrilla; Juan de la Crespa, Chinflito; Benito Pardo, Manzana; Antonio Sánchez. Panzaco la.. .). Tampoco faltan expresivas anotaciones marginales ("Doroteo Cano, San Cayetano, 20, se marchó como miliciano provincial"... "A Cándido Pérez le desocupó la mujer"... "Lucas AIcocer trajo el peine roto"... "Nicolás Gil se despidió de malos modos al decirle que retusaba la trama"... "Julián Montoya es abuja de consumos"...). |
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Hemos de destacar entre nuestros tejedores especializados, según consta en dicho libro, a Bartolomé Moya (tejía como nadie las sargas malagueñas y el "glasé"), a Calixto Ruiz y Pío Huerta (eran únicos en el doblete morado, azul y carmesí), a Tomás Zamora (se especializó en refajos rameados), a Carmen Ceballos (tejía dobletes de junquillo de doce palmos...).Incluye, por último, dicho libro, una relación de los artesanos del Arte Mayor de la Seda, así como de los vendedores que rodaban por ferias y mercados ofreciendo nuestras "capuchas zafranadas" o pañolones requemados (eran preferidos los de color grosella y grana sobre fondo negro), en cuyas labores eran consumados maestros Francisco Iranzo, Mariano Pérez y Tomás Martínez. Pero... sucedió que "el brillo, lustre y baratura" de los tejidos extranjeros, la mecanización de esta industria en otros lugares, la pérdida de mercados coloniales y, entre otras causas, los estragos que el cólera causó en Requena, dieron un rudo golpe a nuestra industria sedera; pues, si en años de bonanza se manufacturaban cincuenta mil libras de seda, hace ahora un siglo no se pasaba de las doce mil; acentuándose de manera alarmante la emigración de mercaderes y tejedores. Fue entonces cuando se lanzó un angustioso llamamiento a los fabricantes de la nación, invitándoles a que se establecieran en nuestra ciudad, en la que abundaban operarios habilísimos... Pero todo resultó inútil para contener tan tremendo colapso. De todas formas, nunca pudimos comprender cómo se perdió en tan escaso tiempo nuestra gloriosa tradición textil; diluyéndose con ella, sin pena ni gloria, aquel cantarcillo local que aludía a la superabundancia de tejedores:
EL CRONISTA DE LA CIUDAD (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1974) |