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Frases puestas por la leyenda en boca de don Álvaro de Mendoza, Conde de Castrogeriz, cuando al intentar asaltar nuestra Villa el 7 de enero de 1468, el socorro divino envió a San Julián en favor de los requenenses; y cuya leyenda puede rememorar el amable lector en el capitulo XXII de "Estampas requenenses", trazado con la habitual gracia y maestría de don Rafael Bernabeu. Desde aquella fecha, la tradicional devoción de los requenenses a San Julián y su fama de milagroso ha perdurado y perdura en nuestros días. Hace años se ofrecía un chavo al santo para alcanzar éste o aquél favor en una angustiosa necesidad. Hoy, que sigue recibiendo la ofrenda monetaria de sus devotos, podríamos decir, en frase muy actual, que se autofinancia. Y así es, pues, las obras de restauración de su capilla, sus fiestas. Sus necesidades se cubren con lo que "gana el santo", cuyos "jornales" siempre fueron cuidadosamente contabilizados por la familia Moya-Segura, vecinos suyos en la Cuesta de las Carnicerías que, de antiguo, ejercieron patronazgo en la Capilla. La ermita dedicada a San Julián en la torre llamada de Enmedio, recayente a la Cuesta de las Carnicerías, tenía, con las sucesivas variaciones que hubiera podido haber, la misma traza que la que hoy se conserva, dedicada al Santísimo Cristo, en el final de la cuesta de su nombre. Es decir, la parte baja dedicada a Capilla y, encima de ésta, dos pisos más utilizados como viviendas. Una tarde del año 1929, los vecinos de las viviendas situadas encima de la capilla del Santo, notaron ciertos movimientos y la formación de grandes grietas en sus moradas, signos inequívocos de que aquello se venía abajo. Dieron cuenta a las autoridades, avisaron a los vecinos del peligro y pasaron la noche desalojando su vivienda. A la mañana siguiente, los albañiles reconocían el estado ruinoso del edificio, viendo la urgente necesidad de apuntalarlo y marchando para proveerse de los elementos necesarios para ello. Y cuando habían desaparecido los niños que normalmente tomaban el sol a la puerta de la capilla, antes de la entrada a las inmediatas escuelas, a las nueve y media, con gran estrépito, se derrumbaba toda aquella vetusta edificación sin producir daños en personas u otros bienes, quedando la cuesta completamente interceptada y llegando los escombros hasta el balcón de la casa de don Miguel Moya. Inmediatamente se procedía al desescombro y, a ruegos de doña Encarnación Segura y Moral, se intentó el rescate de la talla del santo, que fue encontrada intacta, tras practicar un gran hoyo en la montonada de piedras y palos, debajo y protegida por tres enormes sillares. Hubo gran expectación y jolgorio ante la aparición de la empolvada talla, que se llevó a casa de Eusebio Monsalve, en la plaza del Castillo, pasando a venerarla casi toda la población. El hecho fue considerado como portentoso, y las mujeres de la villa comentaron durante mucho tiempo el milagro de San Julián. Tras estos sucesos, y con la preocupación de la erección de una nueva ermita para el santo, doña Encarnación Segura se puso al habla con don Antonio Sinalde -Arcipreste-Párroco del Salvador, a la sazón-, de cuya conversación, y ante la falta de recursos de la Parroquia, se autorizó a dicha señora para recabar fondos a tan piadoso fin. Y doña Encarnación, acompañada de su hija Leonor, tarde tras tarde, fue visitando a sus amigas y conocidas, explicándoles su proyecto y recibiendo ayudas, sin que tuviese ni una sola negativa a sus pretensiones. La recaudación obtenida alcanzó a la construcción de la ermita, pero quedó inacabado su enlucido interior, retablo, pintura, etc. De nuevo, doña Encarnación se puso en marcha y, por no volver a molestar a los vecinos donantes, se dirigió con su petición a los requenenses ausentes, sin que, tampoco, ni uno solo de los requeridos dejase de hacer su aportación. Al fin quedó completamente terminada la capilla, con su campanita y todo, que se bautizó con el nombre de Leonor. Una tarde de 1936 fue saqueada la capilla, prendiéndose fuego a los materiales combustibles que en ella había, incluida la talla antigua de San Julián. Como consecuencia de algún golpe, o como fuere, saltó la cabeza de la imagen, rodando por la empedrada cuesta y quedando oculta en un rincón, en donde fue encontrada al día siguiente por una chica, que la entregó a doña Encarnación Segura. Hubo comentarios en voz baja sobre un nuevo portento de San Julián. Hoy sólo queda de la antigua capilla, y de lo que en ella había, la cabeza de la talla de San Julián, colocada por el escultor don Joaquín Tormo Catalá, sobre tronco tallado por él, y que costó 1.500 pesetas en el año 1940. LUIS GIL -OROZCO RODA (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1974) |
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