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PEDRO, el leñador pobre, descendió lentamente de la colina donde se levantaba su humilde cabaña, meneando la cabeza con tristeza.Un frío crudísimo azotaba su cara, mal protegida por la gorra de orejeras y el cuello subido del anorak. La tormenta de la noche anterior había sido muy fuerte e inesperada; la nieve había cubierto los caminos con una gruesa capa, impidiendo, por algunos días, la llegada del camión de butano que estaba previsto para aquella mañana. Pedro respiró hondamente. Era Nochebuena y sus hijos no tendrían estufas donde calentarse, pues las de leña, abandonadas desde años atrás, no estaban en condiciones de funcionar. |
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De repente, algo que se veía parcialmente entre la nieve, paralizó por un momento los latidos de, su corazón; era un poste de la conducción eléctrica, roto por el vendaval. Tampoco sus pobres niños disfrutarían de luz en Navidad, ni podrían utilizar el calor negro. Las desgracias nunca vienen solas, pensó amargamente Pedro, mientras un pensamiento aterrador se fue abriendo paso, lentamente, en su cerebro. Si no había luz tampoco funcionaría el refrigerador, condenando a la humilde familia a la falta de alimentos frescos; y no habría televisión, pues su pobre aparato, adquirido penosamente años atrás, no podía funcionar con pilas, de las que sí había abundante reserva en la cabaña. La situación podría llegar a ser insostenible si la nieve duraba muchos días, pues el generador de gas-oil, gastado por el uso de muchos inviernos, estaba averiado y no habría modo de resolver la falta de energía en la casa. Tal vez su viejo Land-Rover hubiera podido circular sobre la nieve, una vez acopladas las cadenas que tantos servicios le habían prestado en otras ocasiones; pero, ¿sería capaz de ponerlo en marcha con aquella temperatura crudísima y sin poder empujarlo cuesta abajo como tenía por costumbre?. Pedro, el pobre leñador, recordó con nostalgia los tiempos pasados, cuando la leña se vendía a buen precio y tenía dinero para comprar lo que necesitaba. Ahora su negocio apenas producía para sobrevivir y le había obligado a dejar, siempre para el año siguiente, la adquisición de un coche más moderno; por ello, sólo disponía de su cansado "1.500", incapaz, a todas luces, de llevarle hasta la ciudad y proveerse de lo necesario. Sus hijos, sus pobres hijos, estaban condenados, pues, a pasar una Navidad oscura, fría y sin juguetes, pues éstos, encargados hacía días, esperaban empaquetados en la ciudad a que fuesen a recogerlos. Pedro se dejó caer, desalentado, sobre un tronco cortado y se puso a meditar sobre su triste situación. ¿Podría, tal vez, utilizar su antiguo transmisor de radio, como había hecho en otras ocasiones, para pedir ayuda? Funcionaba con pilas y en otros momentos de apuro le había prestado un servicio inestimable, comunicándole con la ciudad y permitiéndole esperar la llegada del helicóptero con suministros. ¡Sí, esta era la solución más adecuada! Regresó con paso vivo hacia la cabaña, saboreando ya, de antemano, el final de sus penalidades. Apenas le faltaban unos metros para llegar a la puerta cuando surgió, bruscamente, de su subconsciente, una idea terrible: ¿Acaso no estaba en la ciudad su transmisor, de modelo anticuado, como primera entrega del que, penosamente pagado a plazos, esperaba regalar a su esposa y tenía que recibir, precisamente en Nochebuena? Pedro no pudo resistir más; se dejó resbalar sobre la nieve y lloró amargamente. Dentro, en la cabaña, con la alegre ligereza de la infancia, los niños se disponían a montar su viejo tren eléctrico, buscando un enchufe que, este año, por primera vez, no funcionaría... JPS (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1974) |