En el último número de EL TRULLO, editado por la XXVII Fiesta de la Vendimia, iniciábamos una sección, cuya continuación se prometía, si nada se oponía a aquel intento, que pretendía someter a la consideración del público lector una serie de circunstancias, de situaciones y acontecimientos que de un modo u otro vienen a limitar o ensombrecer el bien que todos nos deseamos, que constituyen una rémora a nuestra natural aspiración de vivir cada día mejor.

     Nada, al parecer, se opone a que continuemos, y así lo hacemos.

  • Las calles perpendiculares y paralelas a la avenida del General Varela, de nuestra ciudad, al sur de la misma, siguiendo el precedente que a título de prueba estableció la calle de Colón, fueron dotadas de aceras y de calzada en fábrica de hormigón, lo que modificó favorabilísimamente no sólo su perspectiva urbana, sino que también sus condiciones de uso. Los vecinos, hoy mejor dotados económicamente que en otras ocasiones, y con mayor predisposición a colaborar en la mejora de los bienes de uso público, aceptaron generalmente de buen talante, y hasta con alegría, su responsabilidad económica. Pero la obra, transcurrido un tiempo más bien breve desde su conclusión, acusa serias deficiencias, que amenazan en progresión creciente y que se acusan más sensiblemente por contraste con la respuesta observada en las obras de la calle de Colón. Y entonces los vecinos, que pagaron con billetes de los buenos, se preguntan: ¿No viviríamos mejor si las soluciones técnicas y la calidad de los materiales empleados hubiesen sido tan buenos como nuestros billetes? ¿Podemos esperar solución inmediata a un mal que se agravará con el transcurso del tiempo?

  • La avenida del General Varela, durante los meses de julio y agosto últimos, fue objeto de un repavimentado asfáltico que la dejó muy bonita. Pero han bastado tres meses para que empiece a acusarse una alarmante desintegración del aglomerado. El razonamiento de los vecinos de sus calles adyacentes, expuesto más arriba, es de completa aplicación a este caso. ¿No viviríamos mejor si cada cual en su puesto de trabajo, en su momento y con empleo de los materiales adecuados, nos sintiésemos responsables del resultado de nuestra obra? ¿En qué forma, justa y razonable, puede convencerse a los vecinos de esta avenida de que no se ha empleado su dinero con descuido? O, lo que sería mejor, ¿puede llevarse a cabo una reparación general con cargo al responsable de tal desaguisado?

  • La asistencia a un espectáculo público, y específicamente a una sesión de cine, por ser el más popular de los espectáculos, implica saber que se concurre al salón de proyección con otras muchas gentes tan interesadas como nosotros en disfrutar de él, y que, de igual modo que nosotros, tienen acceso mediante el pago de una cantidad de dinero. Y en la convivencia civilizada con nuestros semejantes, cuya técnica ha debido sernos enseñada o debemos aprender urgentemente, es indispensable tener presente que nuestra libertad de hacer lo que nos venga en gana se ve limitada precisamente por el respeto que debemos a la libertad de los demás, de acuerdo con la naturaleza del acto a que asistimos, condiciones del local, etc. Es impropio de gentes que, probablemente, en otros momentos de sus actividades diarias exigen sus derechos y se consideran plenamente metidos en la civilización del último grito, sentir una completa indiferencia y una total falta de respeto hacia el resto del personal que ocupa la sala, con ademanes, voces, fuertes pisadas cuando no carreras por los pasillos, comentarios en voz alta en el curso de la proyección, voces o gritos desaprobatorios si la película no gusta, y, si acaso fuere esto poco, el murmullo sordo., incompatible con un nivel mínimo de silencio, a que conduce la masiva dedicación a roer pipas, cual si una legión de diez mil ratas estuviesen trabajando denodadamente a nuestro alrededor. ¿Qué diría cualquiera de los que así gamberrean en una sala de cine si su empresa propietaria -bajo el supuesto de que exista alguna con sensibilidad cívica suficiente- usase rectamente de su libertad negando al gamberro el acceso a la sala? Probablemente invocaría a voz en grito su derecho a acceder a un espectáculo que se titula público, con pleno olvido, en cambio, de sus más elementales deberes. ¿No viviríamos mejor si, sea cual fuere el nivel cultural de la persona, recordamos -y es bien sencillo- aquel principio que dice: "Lo que no quieras para ti no lo quieras para nadie"? Si asistes a un acto público y a ti no te molesta el ruido piensa que a otro sí que puede molestarle, y si a ti, en esta u otra concurrencia pública, algo podría molestarte y quisieras evitarlo, ahora tienes la ocasión de no hacer en perjuicio de los demás lo que en otras ocasiones no querrás que hagan contigo.

     Seguiremos.

UN OBSERVADOR

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1974)

 

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