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¡Oh, vosotros que arrebatáis la libertad a los hombres! ¿Qué le responderéis a Dios cuando os pida cuenta de tan brutal sacrilegio? HARRIET BEECHER STOWE: "La Cabaña del Tío Tom"
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El odio es un sentimiento con el que estamos excesivamente familiarizados. La justificación más moderna del odio en su manifestación más deplorable, el terrorismo, afirma que la violencia es el único medio de conseguir los objetivos perseguidos. Los medios de comunicación de masas, en muchos casos, auspician el odio colectivo, objeto de cálculo político y de manipulación en defensa de posturas dogmáticas y cerradas. Suelen adoctrinar con nuevas supersticiones y preconizar la aniquilación de un enemigo real o imaginario que, según su palabrería, llevaría a la solución definitiva ;de todos los problemas. Los que odian olvidan que las reformas son más dificultosas que las revoluciones. Necesitan más temple, más tacto, más inteligencia y más paciencia. Olvidan, también, que las revoluciones sólo deben producirse como última salida en una situación extrema e insoportable. Frente a los epígonos de la violencia se encuentran los defensores de la razón, incomprendidos y pocas veces escuchados. La lucha no violenta contra la injusticia, la mentira y la opresión es la única alternativa válida. La historia, en muchas ocasiones, ha sido una historia del odio que engendra violencia, pero no hemos de ser tan pretenciosos como para considerar que la no violencia militante es un invento de nuestros días -recordemos los mártires cristianos perseguidos por los emperadores romanos-. No obstante, hoy es más necesaria que nunca. La lucha no violenta se asienta en el convencimiento de que con métodos inhumanos no se puede construir una sociedad más humana, y no olvida que todas las revoluciones -realizadas teóricamente por amor a la humanidad- han institucionalizado el terror en una de sus etapas. La lucha no violenta anuncia una época nueva en la que los conflictos y diferencias -que siempre existirán mientras haya vida- no se resolverán con expedientes, "trancas" o bombas atómicas, sino por medio de acuerdos en todos los niveles. La lucha no violenta presenta nuevas perspectivas a la vida en esta tierra; abre una gama de posibilidades aún inexploradas, sólo vistas como utopías. Hace realidad la máxima política: "el arte de hacer lo posible y que sea posible lo que hoy es imposible". Preconiza pautas de conducta entre personas sanas que no piensan en aniquilarse mutuamente. Es, hasta ahora, la forma más sublime, más pura y, a la larga, puede llegar a ser la más eficaz de todas las luchas; porque no se trata sólo de transformar estas o aquellas estructuras deshumanizadas, sino, sobre todo, se intenta mejorar a los hombres. Esta lucha no actúa según las estrechas abstracciones de raza, generación, nación, clase o religión -grandes aglutinantes de los hombres a lo largo de la historia-. Actúa global y racionalmente. Todavía son mayoría los que se mueven, aunque no lo reconozcan, por las sendas del odio y la violencia, no dándose cuenta que están en clara contradicción con sí mismos. Por otra parte, ninguno de nosotros sabe las dificultades del camino pacífico que lleva a un mundo más razonable y humano, ni siquiera sabemos si ese mundo tan sólo existe en nuestra mente, si es pura entelequia. Pero todos somos conscientes de que el suicidio de la humanidad es posible; lo sabemos hasta tal punto, que ya lo hemos convertido en tópico del habla coloquial. Aquí radica la grandeza de la no violencia; ofrece la posibilidad de penetrar científicamente en la realidad a través de análisis serios -históricos, económicos, sociológicos que diagnostiquen nuestra situación humana para obrar en consecuencia. Me olvidaba: las ciencias sociales también están imbuidas de prejuicios ideológicos, partidismos y sectarismos; en definitiva, de odio y violencia. Una vez más hay que repetir el mensaje de Dios: paz a los hombres de buena voluntad. La voluntad de paz debe ser algo más que un deseo; debe ser la meta, el imperativo categórico que la humanidad debe tener como guía. La paz sería la celebración permanente de la Navidad. Federico Martínez Roda (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1974) |