Como los números de esta revista gráfica, EL TRULLO, se producen con una periodicidad de cronología variable y, por supuesto, sensiblemente distanciados unos de otros, habíamos reservado para esta sección algo que estuvo muy de actualidad, fastidiándonos a muchos vecinos, hace unos meses, pero ya felizmente resuelto: nos referimos a una fuerte interferencia fantasma que tuvo a los televisores de una zona céntrica de Requena bailando en la cuerda floja de su práctica inutilidad por hacerse imposible o muy defectuosa la recepción de las emisiones diarias. Hubiésemos querido traer a estas páginas aquella anormalidad, para averiguar y corregir el origen de tal interferencia, y, no siendo posible por la razón que arriba se apunta, pusimos personal y particular empeño en colaborar con la autoridad y aun promover iniciativas vecinales para conseguirlo. Y lo conseguimos con la colaboración de un equipo técnico de la Delegación Provincial de Información y Turismo, pero ¡oh tierra, trágame! vino a descubrirse que la interferencia la provocaba una avería desconocida existente en la antena instalada en la propia casa del que esto escribe. Aprovechamos la ocasión para pedir disculpas a los vecinos a quienes involuntariamente molestamos durante varias semanas en la misma medida en que nosotros mismos sufrimos las mismas molestias.

     Y ahora cambiamos el tercio y volvemos sobre una vieja cuestión que parece que todo el mundo quiere eludir o ignorar, ya que es inimaginable que no tenga solución, pese al peligro y las grandes molestias que origina: aludimos al cruce de vías públicas que se produce entre el desvío exterior de Requena de la Carretera Nacional III de Madrid-Valencia con la carretera de Albacete y acceso a Requena por la Avenida de Valencia, Avenida de Lamo de Espinosa y la llamada carreterilla de la Mano del Cojo. Después de haber incurrido en el lamentable fallo técnico de desaprovechar las muy favorables circunstancias topográficas naturales para darle acceso a Requena, en esta punto, a través de un túnel bajo la Carretera Nacional III, la situación actual de desamparo en que se encuentra este cruce (sin semáforos, señalización de preferencias y sin la presencia de agentes de la autoridad que pongan orden en el tráfico, salvo rarísimos y brevísimos momentos), conduce a una situación de peligro permanente y a veces inminente de colisión entre vehículos, que no se ha reiterado cuanto es de imaginar (y no son escasos los accidentes que se han producido) gracias a la tremenda molestia que representa pasarse de prudente, por si acaso, y esperar, cediendo en favor de los vehículos que circulan por la Nacional III, cinco, diez, quince minutos, hasta organizar una cola de gente ya nerviosa y excitada, o jugarse el tipo intentando el cruce en un breve instante de discontinuidad en las caravanas que circulan por aquella carretera, particularmente los días festivos y sus vísperas por la tarde. ¿No viviríamos mejor y aun no tendríamos algo más segura la existencia si, de igual modo que lo hemos constatado en muchas ciudades del litoral levantino, unos semáforos distribuyeran el tiempo y la oportunidad con equidad entre los vehículos de una y otra procedencia? Y, si ésta fuese una solución difícil, ¿no se nos prestaría un gran servicio si, especialmente los días festivos y sus vísperas por la tarde, se montase un servicio de distribución del tráfico a cargo de los agentes que se considerasen más idóneos?

     Ahora, con una música parecida, nos vamos a otra parte: el cruce de la calle de Colón con la de San Agustín, ambas de esta ciudad. Este cruce, bajo la apariencia de una confluencia normal, sin una específica peligrosidad, es verdaderamente traidor en tres de sus cuatro posibles consideraciones, es decir, sea cual fuere la dirección que siga un vehículo con excepción de la bajada de la calle de Colón y derivación hacia la parte izquierda de la calle de San Agustín. La visibilidad es prácticamente nula respecto de cualquier perpendicular hasta que el morro del coche está francamente metido en pleno cruce, y entonces ya es tarde para rectificar si no se ha llegado allí con una extremada precaución. Son circunstancias de agravación su inmediata proximidad a una vía de fuerte circulación como la Avenida del General Varela, el aparcamiento permitido junto al edificio de Correos y Telégrafos y en su parte opuesta de la misma calzada, y la ausencia total de señalización que obligue incluso a la detención o a considerar obligadamente una preferencia de paso. Ya se han producido colisiones en este cruce. ¿No se contribuiría a vivir mejor, o quizá simplemente a vivir, señalizando o dirigiendo el tráfico en este cruce?

     Y, finalmente, planteando una cuestión de naturaleza radicalmente distinta, ¿qué opinaría cualquier ciudadano del mundo si, con ocasión del riego de la feraz huerta valenciana, se viese inundada de agua cada ocho o diez días la Plaza del Caudillo o la Avenida del Barón de Cárcer? Pues esto es lo que le ocurre a una zona de la Avenida del General Varela, la arteria urbana número uno de Requena, que recibe la legonada procedente en su origen de la calle de San Agustín y a través del primer tramo de la calle del Concertista Gíl-Orozco. Y esto viene ocurriendo, salvo en invierno, desde hace ya bastantes años. Puede ser que el problema que plantea sea de solución difícil, no creemos que sea de solución imposible y nos cuesta mucho trabajo creer que el hecho haya pasado desapercibido por su reiteración dentro de cada año y por los muchos años transcurridos desde que lo venimos observando. Entonces, si estimamos en lo que vale nuestro urbanismo, ¿por qué no hacemos algo para vivir mejor?

UN OBSERVADOR

(Publicado en El Trullo de Junio de 1975)