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Por JOSÉ MARTÍNEZ ORTIZ, Cronista de Utiel(Trabajo premiado en el Certamen Literario celebrado con motivo de la XXVII Fiesta de la Vendimia)
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2 LA ANDADURA EMOCIONADA (Viene del número anterior) Ecos adormecidos de blancas y suaves manos, acariciando las teclas del sonoro piano. Susurro de voces y melodías de pájaros cautivos. La frescura diáfana de la risa femenina, ahogando el goteo de la fuente, que vibraba en alma hasta perderse en la lejanía del corredor. Aroma intenso que subía de las flores del huerto -huertos de Requena, cerrados, monjiles- con las rosas primeras del año. La severidad de un cuarto que servía de despacho y que tenía sobre la mesa, con un viejo tintero de salvadera y una campanilla de plata, un montón de papeles con contratos y escrituras, réditos y censos. En los anaqueles de la biblioteca, libros con vidas de santos y otros curiosos de las más diversas materias, con lomos y tapas de pergamino. La estancia de la chimenea, donde se hacía la vida seis meses al año, viendo consumir, en las largas veladas, los añosos troncos de almendros y carrascas, crepitando al fuego y alternando con los ceporros, que rápidamente se avivaban en su combustión con una gavilla de sarmientos. Todo ello, índice de esa Requena representativa de su clase, que escribió brillantes páginas de su historia. Dejando en el aire sueños y fantasías, me adelanto al nacimiento de la calle de los Desamparados, la vieja Caracuesta, y allí, en su mismo arranque, la vivencia de la otra Requena, que con la dicha complementa su existencia y es el otro estrato social de mayor importancia, la Requena agrícola, centenaria, nutriéndose de su campo ubérrimo. El portalón abierto ofrecía el anchuroso corral entre castellano y manchego. Al fondo, en la cuadra, consumiendo su pienso, las caballerías de la casa de labranza, y arriba, junto a la pajera, el zureo de los palomos, que se mueven altivos, entrando y saliendo de su palomar. Dentro de la casa, el trajín de las mujeres, con los trebejos de cocina y el "amo", sentado cerca del trullo, con las puertas pintadas de verde, arreglando sus aperos. Una fragancia de alfalfe seco, de geranios y madreselvas, envuelve aquella atmósfera de bucólica paz y dé sosiego, de honesto y continuo trabajo, en la inmensidad del tiempo requenense, devanándose, siglo a siglo, en holocausto del cultivo de la tierra ,que produce incansable, primero el cereal, luego la morera que alimenta el gusano de seda, finalmente, el vino, Como un chiquillo que corre a la aventura del juego, es la bajada a las Ollerías. Allí, a la derecha, están antes los contornos del Batanejo medieval. El trabajo del cuero con el martilleo en los batanes, de tan noble resonancia en la literatura española, unido al modelado del barro en los rústicos obradores de las Ollerías, en una de las ocupaciones más remotas de la historia del hombre y aquella que va a orientar su sensibilidad artística. De la mansión solariega de uno de los títulos de más rancio abolengo de Requena, el de los Cárcel, cuyo escudo campea sobre el dintel que corona neoclásico frontón, como remate de la noble portada a la casa del más humilde de los alfareros, sin señal externa alguna de su linaje, ni, siquiera el emblema del gremio, y cuyos huesos moran eternamente bajo las estrellas del cielo requenense, en el Campo Santo cercano, a la otra parte del puente de la Santa Cruz. Por aquí fue en un tiempo lejano la entrada a Requena, viniendo de Valencia. Por este puente gótico-renacentísta, que ha salido incólume de los avatares de los hombres y los tiempos y que es un notable y sencillo monumento, cuyas piedras, sillares encajados sin mortero de unión, cual lo hicieran ya los antiguos, son menos numerosos que los hechos y lances que aquí se sucedieron y que hacen viva la historia del gran pueblo de Requena. Brotando del muro que lo encauza, la fuentecilla -una más de las muchas de Requena-, que trae en su cantarino verter, cadencias de églogas y madrigales. Vuelvo atrás con las alforjas llenas de impresiones. Me falta darle la vuelta a la Glorieta y hacia ella dirijo mis pasos. Me guía, al coronar la cuesta del Asilo un rumor de voces. Son las de las mujeres que salen de un horno, el de la calle de Verdú Diana, último tramo de la dividida calle del Carmen. Y donde ésta se acaba, en el ángulo entre el saliente y el mediodía del aludido parque, la denominada de Antonio Pérez Sánchez, "el Trillero", que lo cierra. ¡Qué loable gesto de gratitud el de Requena hacia este hombre no nacido en ella y que es tenido como modelo de alcaldes! En la parte de arriba de esta calle ábrese la del pintor Martínez Checa, requenense ilustre, que promocionó, como hoy se dice, la inclinación estética de los requenenses con la creación de la Escuela de Artes. Y a poco de entrar en ella, uno de esos típicos rincones con pasadizo, desde el cual y volviendo de pronto la vista atrás, descúbrese una sugestiva panorámica: en primer término, la Glorieta y su arbolado y detrás, la bóveda corrida de rojo ladrillo hasta la Biblioteca; más allá, la Casa Consistorial, los tejadillos de una Requena tranquila, recoleta, decimonónica, y por encima de todo y al fin, un lienzo de la mordida muralla del torreón del vetusto castillo. Allí está el símbolo de la Requena hidalga y señoril; la ciudad de los caballeros y los santos, una pequeña Ávila en los confines de Aragón y Castilla. La Requena del puerto seco, de las alcabalas y los ganados; de los conquistadores de Indias y de los juristas, políticos y letrados. Todos aquellos que dieron honra y prez a la tierra en que se meció su cuna. Y pensando en ellos, por la acera de la que ahora se llama del General Mola, me encamino a la Casa del Ayuntamiento, pasando por la puerta de una de las más grandes y suntuosas mansiones de la linajuda Requena. Es la casa que las gentes llaman de las Salvá, por las hermanas propietarias que ahora la habitan. Es expresiva de su pasada grandeza la decoración pictórica de la que aún hay vestigios en la fachada y los azulejos policromos de los alféizares de las ventanas. Contigua y antes formando parte de ella, está el Colegio Convento de las monjas de la Consolación, sobre cuyo zaguán se muestra un balconcillo de forja con la indicación del año 1898. ¡Qué sugerencias nacionales las de esta fecha! ¿Cómo se sentiría en Requena el abandono de las colonias? Testimonio hay de heroica elocuencia en un hijo de Requena, en lo que atañe a la bravura con que se defendieron las hispanas tierras, allende los mares de Cuba y Filipinas. En este archipiélago y en la acción de Baler, obtuvo un humilde requenense, Loreto Gallego García, a quien tuve el honor de conocer, la Cruz Laureada de San Fernando. La entrada de la Casa de la Ciudad es pretenciosa, con su pórtico de doble columnata. Ostensibles los dos escudos de Requena: El más antiguo, hoy actualizado, con los emblemas heráldicos de la llave, el yugo y la estrella, alusivos a su posición estratégica, su engarce en la corona de los Reyes Católicos y su integración, hasta el siglo XIX en las tierras de Cuenca, entre los cuernos de la abundancia, referentes a su feracidad y riqueza. El otro, advino en el año 1836, cuando se le otorgó a Requena el título de Ciudad, dibujándosele entonces el Hércules que rompe yugos y cadenas de esclavitud, pregonando con sus propios símbolos y con el del trabajo, los dos grandes logros del momento, libertad y victoria. Dentro del Ayuntamiento, en el Salón de Actos, se hallan presentes las efigies, en buenas pinturas, varias realmente admirables, de algunos de los hijos más ilustres de Requena. Allí toda su historia desde los tiempos de San Pedro Tomás a los del Ministro Cánovas. Historia y vida de un pueblo que fraguó su estirpe en el quehacer sencillo y glorioso a un tiempo, tanto con la espada y la pluma como con la reja y la podadera.
(Continúa en el próximo número) (Publicado en El Trullo de Junio de 1975) |