Por JOSÉ MARTÍNEZ ORTIZ, Cronista de Utiel

(Trabajo premiado en el Certamen Literario celebrado con motivo de la XXVII Fiesta de la Vendimia)

 

 
  (Viene del número anterior)

     AL MÁGICO CONJURO DE LAS LETRAS

     He dejado, de intento, para final, la evocación más sugestiva. Aquella íntima, personal y directa. La que se adentra con ímpetu en lo que es motivo de mi afición y preferencia.

     Ha servido de estímulo en ella; la visión, desde uno de los balconcillos interiores del Ayuntamiento requenense, del patio del primitivo Instituto de Enseñanza Media.

     Y para hacerla más real, más viva, más fuerte, he tenido la suerte de trasponer los umbrales de la bella puerta surmontada en triple blasón, con las armas de los reinos y las de la Orden del Carmelo por los que se extendió aquélla.

     Todavía, bajo el alero adintelado, el letrero evocador de "Instituto Nacional de Enseñanza Media", centro que vino a ocupar parte del antiguo convento.

     Han sido las letras aquí cursadas las que me han hecho revivir días lejanos. Felices tiempos sin pesadumbre. Sólo el hatillo de los libros y todo Un mundo de futuras promesas aún no despiertas.

     Requena, allá por los años 30, estrenaba su Instituto. Y una nueva muchachada asistía a sus aulas abiertas en lo que fueran dependencias del Carmelo, que aquí, en esta ciudad, tuvo una de sus mejores fundaciones.

     Hoy, con gozo ilusionado, he puesto los pies en el pavimento del patio cerrado, entonces, en su tiempo, los pasillos del Instituto. Como techo de este claustro, los barrocos florones en yeso y los emblemas de la Orden con cabezas aladas de querubines.

     Alas angélicas las de aquellos jóvenes que se abrían a la vida en las enseñanzas de lo que se llamó el Bachillerato Elemental, que ya confería el título de "don", y el superior, que potenciaba las carreras universitarias.

     La clase de Literatura, hoy ocupada por las dependencias de la Fiesta de la Vendimia, tenía sus paredes exornadas con "posters" con los nombres de los españoles que en letras florecieron y los títulos de sus más famosas obras: Tirso y "Don Gil de las calzas verdes"; Calderón y "La vida es sueño; Cervantes y "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha"; Alarcón y "El sombrero de tres picos"; Valera y "Pepita Jiménez" Estos mismos, fielmente recordados y otros que para mí eran: banderas de libertad y de ensueño, quedaron prendidos en mi mente y fueron con los años como una llamada, una invitación a la vocación preferida.

     Pero otro más fuerte sentimiento, al menos temporalmente, anidóse en mi pecho en el tiempo  que me cobijaron los muros del viejo Instituto del Carmen.

     Entre el ir y venir del claustro al patio en los días soleados de la primavera o en los fríos del invierno riguroso requenense, con el libro abierto entre las manos, estudiando .lecciones de Historia Natural o de Francés, sobre aquellas páginas que los ojos repasaban una y otra vez, me nació la alegría del primer amor.

     ¡A ti debo, Requena, este mi primer entusiasmo, mi platonismo, mi enamoramiento, puro y dulce como la intangibilidad de mi adolescencia!

     Eran los años del teatro cine Romea, recién construido, donde se celebraban los festivales escolares, actuaba de vez en cuando alguna compañía dramática y se proyectaban las películas de Carlos Gardel. Aquel "beso prolongao" del tango argentino, rodando por el "empedrao" de la ciudad porteña, era el mío suspirado, jamás ofrendado sobre la piel de la inolvidable compañera. Fue tan sólo un conversar, un anhelo de verse, un mirar a hurtadillas en las clases, sin trabas en los recreos, Un aprender deleitándose en aquel sentimiento incipiente, de un amor sin mácula, sin malicia, superior al que cantaban las obras de los románticos.

     El embrujo de aquellas horas quedó para siempre en los muros del Instituto, tan sólo por eso de mi bien querida Requena, en las flores de aquel arbusto que creció en su patio, en el aire y en el garbo de aquella juventud, con que la ciudad se engalanaba una generación tras otra.

     Y junto al Instituto que de él nació, el convento de los Carmelitas Calzados de Requena.

     A estos frailes observantes de la primera regla, debe Requena los solares de su hoy rica iglesia, del Instituto, del Ayuntamiento con la calle colindante hasta el Portalejo y de la Glorieta.

     El templo fue inicialmente gótico con notables muestras de este estilo en las nervaturas de la bóveda, en una bellísima puerta de arcos lobulados, que da acceso a la sacristía y en las columnas ocultas por la yesería. Posteriormente se revocaron muros y techumbres y se construyeron altares de diverso gusto.

     Hoy parroquia de San Nicolás por el estado ruinoso de esta iglesia, la más antigua de Requena, el Carmen, guarda la imagen de mayor veneración de los requenenses: la Virgen de los Dolores.

     También veneranda y de tradición, la Virgen de la Soterraña, de cuyo original retablo sólo quedan fragmentos y un buen cuadro recientemente restaurado. La iglesia posee otros de mérito así como también vasos sagrados, esculturas y custodias que forman un interesante tesoro artístico.

     Y Se enriquece también con un conjunto de devociones vinculadas a los misterios y pasos de la Semana Santa, con la Cofradía de la Vera Cruz, a la que se afilió el Cabildo requenense en los tiempos áureos del Imperio de los Austrias.

     Estampa de Requena, la más noble, la religiosa, en mí evocada por el Viernes de Dolores, vivido por la ciudad con unción mística.

     Con sublime añoranza, acaba mi recorrido, espiritual y físico, por esta parcela de la geografía urbana requenense.

     Me duele decirle adiós a esta urbe señera.

     En ademán de despedida echo mi blanco pañuelo al viento, aquí mismo donde he terminado la deliciosa andadura. En la portada de traza renaciente barroquizada de la iglesia del Carmen, en la que en esta hora el sol, que está madurando las uvas del ancho campo requenense -dilecto majuelo de España- arranca destellos de oro viejo a las venerables piedras. Su luz y su tibieza son para mí como el chorro de mosto que ha de llenar los bajillos de las bodegas y que luego clarificado en el vino que da fama a la tierra, ha de servir para brindar en el íntimo y cotidiano ágape de los requenenses.

     Por ellos y por Requena, al conjuro mágico de la presente Fiesta de la Vendimia, elevo yo mi copa, llena hasta el borde, de mis evocaciones líricas y mis querencias.-Laus Deo.

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1975)