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El hablar del vino y la Medicina ya lo han hecho médicos con auténtica autoridad en esta materia y así consta en la ya rica bibliografía del vino y a lo que poco se puede añadir. Para mí constituye una satisfacción las horas dedicadas a pensar y releer la historia del vino, un tanto interesante y curiosa, y meditar lo que representa el vino y el agricultor que cultiva la vid, en la vida española. El vino es uno de los más antiguos bienes de la civilización humana. Una tradición babilónica conoce la vid como el árbol del Paraíso. El vino es bendición de Dios. El vino de las bodas de Caná tiene una profunda significación simbólica. La historia del vino es tan antigua como la historia del hombre. El valor intrínseco del vino obedece a una serie de saludables atributos contenidos en cada uno de sus componentes. El vino es un nutritivo y tónico estimulante de la fisiología humana, utilizándolo con moderación. El vino deriva del latín vinum, que quiere decir vigor, fuerza. Al mosto se le considera como una leche vegetal, compensando su deficiencia en proteínas y grasas, por la mayor cantidad de azúcares, vitaminas y sales que confieren a un litro de mosto 880 calorías, en vez de 600 que tiene un litro de leche. De ahí que podamos considerar al mosto como uno de los productos más importantes para la nutrición humana, con la ventaja de su fácil absorción. Hay muchas formas de beber vino. Lo más aconsejable es tomarlo en las comidas, y en este sentido, en cuanto a vinos y comidas, existen variedades de opiniones, habiendo determinados tipos de vinos que se adaptan a comidas concretas. El vino es utilizado, también, como condimento, sobre todo el oloroso de Jerez, que da un excelente sabor a los guisos. El vino es saludable en las comidas; es digestivo, abre el apetito, es estimulante, es bueno para el organismo y es alimenticio. Da fuerzas, da energías, vitaminas, tonifica y da calor. Es sano si no se abusa, sobre todo conveniente en las comidas, para las que es la mejor bebida. Fuera de las comidas se debe tomar para alternar con los demás y como base de comunicación humana. El vino, además de ser agradable, posee en muchas ocasiones, virtudes propiamente curativas. Los antiguos lo empleaban como desinfectante de las heridas y estimulante de su cicatrización. Muchos bálsamos prodigiosos que los guerreros llevaban al combate, tenían por elementos eficaces el vino y el aceite. Con esta mezcla curó San Lucas al herido, y el ciego castellano las heridas del lazarillo. Los viejos vinos de Ribadavia y de la Mancha, sobre todo los de la parte de Ciudad Real, reiteradamente alabados por Cervantes, y también los generosos del Sur, eran vehículo frecuente en las recetas de nuestros antepasados. Todavía hay médicos que siguen recetando vinos yodotánicos o ferruginosos o de quina; y con ellos se curaban los niños escrofulosos o las doncellas cloróticas o los varones deprimidos, exactamente igual que con las drogas modernas. Y probablemente su eficacia no dependía tanto del yodo o de la quina o del hierro, sino de la última línea de las recetas en las que se leía "vino de Jerez, o de Málaga o moscatel, cantidad suficiente". Esta cantidad suficiente bastaba para disipar el fantasma de la enfermedad. El peligro está en conocer la frontera entre lo agradable y vivificante y lo nocivo; entre la dosis útil y la tóxica. "EI vino que se bebe con medida, jamás hace daño", decía Cervantes. Pero, ¿cuál es esa medida? Difícil es precisarla en un dictamen general, porque lo característico de las substancias que pueden ser tóxicas (y en realidad todo puede llegar a ser tóxico) es que su acción, buena o mala, depende mucho más que de la dosis, de la sensibilidad del que la ingiere. Decía Marañón, que en esta vida, el secreto de la bondad y de la malicia, de todo, de lo bueno y de lo malo, no está en las cosas que se consideran malas o buenas, sino en la bondad o maldad de los individuos sobre los que actúan. Ocurre, pues, con los venenos materiales como con los morales, que son más peligrosos por la malicia de los que escuchan, que por la gravedad intrínseca de lo procaz o de lo escandaloso. Mas hay una regla infalible para separar en el vino y en cualquier otra cosa, a la vez agradable y peligrosa, lo útil y permitido, de lo dañino; y esta regla nos la da la ascética; el vino es bueno, mientras lo bebemos bajo el dominio de nuestra voluntad; mientras puede el bebedor dejar de beber cuando quiera. En cuanto la voluntad se doblega ante la necesidad del gusto, en cuanto no nos podemos pasar sin nuestro vino, es que hemos traspuesto la frontera de la tolerancia y hemos entrado en la zona de la esclavitud, que casi siempre, sin excepción, termina en el desastre. Y esta regla vale para todos los goces materiales, que como obra de Dios, es justo el paladearlos, pero sólo mientras no nos esclavice. El vino, además, es agradable, da alegría y levanta el ánimo. Se siente uno mejor, más animado, más eufórico, más expansivo, quita penas, quita inhibiciones, hace olvidar. El vino también es sociable, cordial y amistoso. Por regla general, el 80 por 100 de los españoles, cuando nos reunimos a charlar o a hablar de negocios, siempre hay una botella de vino en la mesa. Yo recuerdo de siempre, en esta nuestra tierra, que la mejor forma de celebrar un trato, ha sido y es el tradicional alboroque, es decir, el agasajo que hacen el comprador y el vendedor, o ambos, a las personas que intervienen en una venta; y este alboroque se celebra siempre con el buen comer y el buen beber vino como única bebida. Y para qué nombrar también la tan tradicional cuerva o sangría; la acostumbrada zaora de los quintos con la clásica bota de la tierra. El vino hace quitar la timidez, ayuda al diálogo. Es fraternal, social y religioso. Pero el vino, como decíamos, puede ser peligroso. Si se rechaza por parte de la gente, es por miedo. Sin saber por qué, parece que va unido a la borrachera. Sin embargo, veremos que por lo menos el 80 por 100 de los que se emborrachan, es por otros alcoholes (whisky, coñac, etcétera) y con el vino común apenas se da el 10 por 100. Lo que pasa es que se carga al vino toda la culpa, pero el vino es la bebida alcohólica más fácilmente controlable. Y esto es muy importante para la publicidad. Una comida estupenda, un alimento necesario para el crecimiento y nuestras necesidades, administrado en cantidades óptimas, fisiológicas y normales, es estupendo para la salud; pero no lo será así, administrado en cantidades no moderadas de tal manera, que siendo bueno, si es excesivo, sentará mal y producirá una indigestión u otras peores consecuencias. Pues bien, con el vino pasa igual, si se toma moderadamente y en cantidades recomendables, es saludable y sentará bien, y en cantidad excesiva es malo y producirá más o menos trastornos. El vino común no tiene prestigio porque se dice que es malo. Pero los vinos españoles, en conjunto, son buenos si no están adulterados. Si el español se va a otras bebidas es porque tienen más propaganda y porque tienen la idea de que el vino está falsificado. Se bebe menos vino porque hay otras bebidas que gozan de más prestigio, son más modernas y van cambiando los gustos. Además, cada momento tiene sus bebidas. Hay bebidas que refrescan más, por ejemplo la cocacola, fanta, cervezas, y en general se beben por snobismo. Al vino no se le hace la debida publicidad. Los médicos debíamos intervenir aconsejando el vino como complemento de la alimentación. Pero, ¡ojo a las bebidas alcohólicas!, y ya hemos hablado de la moderación, pues frente a todas esas cualidades y virtudes sobre las que hemos hecho hincapié, existe el drama tan actual y cada día mayor del alcoholismo crónico en su aspecto social; hay toda una serie de estadísticas recientes que dan la señal de alarma indicando que el aumento incesante en el consumo no ya del vino, sino de otras bebidas alcohólicas, ha llegado a un punto que adquiere gravedad. Se sabe que en España el número de alcohólicos supera el 3 por 100 de la población total, es decir, como mínimo un millón y medio de personas afectadas, alcanzándose un consumo medio anual de 14 litros de alcohol puro por habitante. Tanto, que entre los problemas de la salud, el alcohol ocupa el cuarto puesto por orden de importancia después del cáncer, las enfermedades mentales y el corazón. Clínicamente surgen las enfermedades del aparato digestivo y del sistema nervioso. A nivel económico interviene tanto en el absentismo como en los accidentes laborales en gran medida. Al alcohol se le achacan la cuarta parte de los accidentes de tráfico. El cálculo de lo que representan en España los gastos de hospitalización de alcohólicos crónicos y heridos en accidentes, se eleva a más de dos mil millones de pesetas anuales. ¿A partir de qué momento se considera que una persona es un alcohólico? Comúnmente se acepta definir al alcohólico como la persona "que ha perdido la capacidad para abstenerse de beber"; el no poder controlarse. ¿Cuáles son las enfermedades del mucho beber? La cirrosis hepática se ve, en efecto, muchas veces en bebedores, pero sabemos que el alcohol por sí solo es muy difícil que produzca esta grave enfermedad, si al mismo tiempo no hay infecciones, y sobre todo si no se tiene una predisposición especial del paciente. El alcohol produce, también: miocarditis, anemias, gastritis, hemorragias digestivas, enfermedades del riñón, pancreatitis crónicas, falta de fuerza en las piernas; enfermedades del sistema nervioso central; el delirium tremens. Muy conocida por todos es la intoxicación alcohólica aguda o borrachera común con sus síntomas de euforia y logorrea incoordinada o chistosa, trastornos de la marcha, etcétera. Pero lo que realmente representa una preocupación social es el alcoholismo crónico. La gota se considera, también, como un castigo del mucho beber, pero en general no hay ni un solo caso de gota de origen exclusivamente alcohólico. Tiene que concurrir otras circunstancias, como comidas muy copiosas, ricas en ácido úrico; grandes preocupaciones afectivas y psíquicas o infecciones focales, etc., y sobre todo una sensibilidad especial. Quiero que quede bien claro, que cuando hablo de alcohol no me refiero precisamente al vino, bebida de la cual hemos comentado todas sus virtudes y que produce un pequeño porcentaje de trastornos cuando realmente se abusa. Me refiero a las bebidas de gran porcentaje alcohólico (aguardiente y licores con su 30-40 por 100; coñac y whisky, 45-50 por 100; ron, 50-60 por 100, etc.). Pues bien, el alcohólico crónico, aparte de las dolencias físicas que padece y que hemos comentado, dentro de las alteraciones mentales también desempeña una baja muy importante. De entre las muy diversas enfermedades mentales que puede provocar el alcohol, citaré dos más importantes y, por consiguiente, las más frecuentes: psicosis de Korsakov y demencia alcohólica. La primera es una enfermedad mental en la cual el enfermo muestra una fuerte tendencia a contar historias fantásticas, a veces con alucinaciones que provocan estados de agitación. Desorientación en el espacio y en el tiempo, siendo corrientes los estados confusionales, la amnesia temporal e ideas delirantes. En la demencia alcohólica la evolución es hacia una demencia profunda, que se inicia en la pérdida de memoria, hacia un cambio intenso del carácter, acentuándose la decadencia física, incapacidad de pensar y razonar, hasta llegar a la anulación de la personalidad. La mayoría de la gente considera al alcohólico como a un ser capaz de ingerir enormes cantidades de alcohol. Aunque a veces sea así, se debe considerar que es mucho más perjudicial beber con cierta continuidad cantidades no excesivas en las que todo el alcohol es asimilado por el organismo, que coger esporádicas borracheras, ya que en éstas -en sus vómitos- se expulsa gran parte del alcohol ingerido. No es necesario embriagarse a diario, ni andar haciendo eses para ser alcohólico. Es un enfermo, que al principio, precisa del alcohol para vivir y termina no viviendo a causa del alcohol. El alcohólico bebe con avidez y no paladea la bebida. Nunca deja rastro de bebida en su copa, apura hasta la última gota y, a veces, pasa grandes temporadas sin que el alcohol sea capaz de embriagarlo, por más que lo desee, y ésta es la fase más desesperante del alcohólico: querer embriagarse para olvidar cuanto le rodea y no conseguirlo por más que beba. Quiero hacer hincapié sobre la peligrosa potenciación que experimenta el alcohol en combinación con los sedantes hoy tan usados o con los antihistamínicos, también muy usados hoy, por ejemplo, para curar un simple resfriado. Si esta mezcla la utiliza un conductor automovilista, no podrá enjuiciar, adecuadamente: las situaciones; su poder de coordinación está alterado y hasta puede llegar a dormirse en el volante. En este sentido, los médicos, cuando prescribimos estos fármacos, siempre advertimos que deben abstenerse de tomar alcohol. Después de todo lo dicho, mi opinión, al cabo de muchos años de ejercicio de la Medicina, es que los peligros del vino para la salud son mucho menores de lo que muchos autores dicen. Porque, por estas tierras, aunque sea solamente en la comida, se bebe bastante vino. Es muy corriente que en nuestras consultas, durante el interrogatorio que hacemos a los enfermos, nos digan que sólo beben en las comidas; pero si preguntamos la cantidad, con mucha frecuencia se nos dice que alrededor de medio litro en cada una de, las tres comidas. Y este litro y medio diario, durante años, no ha producido trastorno alguno. Es decir, que el número de enfermedades que se puede atribuir directamente al vino es muy pequeño. Claro que el decir esto, no niega la tragedia individual y familiar de los grandes bebedores. Pero este bebedor abocado a la catástrofe, es relativamente raro, sobre todo por estas tierras. La cuestión de la nocividad del vino es, pues, cuestión de cantidad. El exceso de vino es malo como todos los excesos. Sin excesos el vino es inofensivo y útil como ya hemos dicho repetidas veces. R. Luis Carratalá (Publicado en El Trullo de Agosto de Agosto de 1975) |
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