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En el hito amoroso donde castilla empieza; donde el sol de Levante da su luz mañanera para que alumbre a España la aurora limpia y fresca de cada nuevo día que anuncia un ansia nueva, la Creación y el hombre con celo, amor y entrega, han llenado con carne de trabajo y amores la cíclica osamenta, la osamenta de siglos que vertebra la vida y el alma de Requena.
Sus bíblicos viñedos, sus lujuriantes vegas dan la medida justa, como la de un poema, del amor hecho surco y hecho espiga en la gleba, como quien tiene a Dios en exclusiva y sella su alianza con la Naturaleza, para ser con Dios mismo ese fruto agridulce de un sabor no maduro de un verdor de promesa.
Y en un azul de pájaros, de nubes y de estrellas que se asoman, golosos de mirarse, a las aguas inquietas de un río que aún es niño por donde el sol navega, el, buen Dios peregrino nos empuja con mano blanda y suave para entrar en Requena.
Y entramos en sus calles de cal, de sol y piedra por una de esas cuestas que huelen fuerte a Historia ya heroísmo y a gesta; por una cuesta parda, siempre por una cuesta: ¡porque es siempre ascendiendo como se entra en Requena!
Y en las calles silentes de la Requena vieja hay un rumor de paces que sólo se percibe con el alma despierta; y apenas si pisamos con nuestra incierta planta las recomidas piedras, un grito de blasones desde la clave misma de nobiliarias puertas pregona para adentro -espuma de recuerdos- su herida del costado que es trabajo y leyenda.
Y junto a la rapsodia, ilustre y vigilante, de sus piedras morenas, aún se ve en las ventanas marginales de las casas modestas de su antañona Villa -como una pervivencia de las cosas pasadas que aún son vida y costumbre- la garrucha y la cuerda en perenne vigilia, aguardando pacientes la plural y homérica cosecha... y un fresco de recuerdos puebla las soledades sobre las viejas cavas de la impasible espera.
Yo he buscado afanoso por los viejos rincones las huellas, ya borradas, de mis pies en la tierra y sólo he visto el rastro del Cid y de Babieca, de severos hidalgos, de monjas peregrinas y de asedios y guerras.
Y es cuando he comprendido, quizá por vez primera, que un día un requenense hirvió de amores patrios y atravesó los mares con fiebre de epopeya -tal vez siguiendo el paso de los Conquistadores o quizá con un Cristo y un sayal de estameña- y llegó hasta las cumbres de los Andes ingentes y, enfermo de nostalgias, hizo fecunda siembra dejando la semilla de un nombre y un estilo que se llamó Requena.
Y esa gota escindida de la arteria materna dio sangre a nuevos pueblos, dio vida a gentes nuevas... ¡y desde entonces mismo ya nacen requenenses en las roqueñas cumbres de la América inmensa! ¡Oh, Requena de Indias, peruana Requena!
Y he comprendido ahora, mirándome en los hombres de esta bendita tierra -que son el mejor vino de su histórica cepa-, por qué se ha hecho el prodigio de tornar en deleite, de tornar en riqueza, de fundir en amores, de convertir en fiesta la gestación morosa, la gestación fecunda de la Naturaleza. Es el pródigo sino del hombre que, amoroso, de Dios todo lo espera. y orquestando el esfuerzo viril y fecundante, volcándose en la hacienda Con un amor de génesis y una ilusión de asceta, ha creado ese vino en que juntos se miran el rubor y la sangre, recitando un poema con métrica de dulces, carmines y corintos a la frutosidad virgen del vino de la tierra! del vino que tiene su puesto en un cuadro, o en una partitura o en un tierno poema. Vino para los brindis, vino para la mesa, vino para el altar, vino para la fiesta...
El sol ya no se pone sobre el mundo que riegan en largas singladuras los vinos de Requena. Se ha vertido el esfuerzo por el área extensa que, cubriendo distancias ; y saltando fronteras, flama a los cuatro vientos la cárdena bandera de un mensaje de vino, de un mensaje de fiesta...
Tomemos nuestra copa rebosante de vino para encender el brindis por la Vendimia nueva. Bebamos esta sangre de las bíblicas uvas que ya recorre, ardiente, del mundo las arterias y libemos con pausa porque el trigo ya espera con un sueño impaciente de ardiente Eucaristía, arañando el misterio de las tibias paneras, para ser Sangre y Cuerpo de las consagraciones en gracia de Dios mismo para la vida nueva.
Por eso la Vendimia un día se hizo fiesta; que porque Dios nos hizo monjes, soldados, nobles, artistas o poetas, ¡tienen color de sangre los vinos de Requena! JOSÉ Mª SÁNCHEZ (Publicado en el Trullo de Agosto de 1976) |
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