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En esta hora en que se desangra el trigo por las heridas de sus amapolas, todo su amor vibrante de corolas, todo su pan que se promete amigo, ha de ser dulce departir contigo. (Guillermo Díaz-Plaja. Poesía junta)
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Ya los había visto, creo que fue el verano pasado, cuando iba hacia mi pueblo manchego. Están en un cerro pobre, segando. Allí no va la máquina. Es un pedaño pequeño y difícil. Entre los tres hombres suman, estoy seguro, más de doscientos años. Son los últimos segadores. Doscientos años al sol, con los sudores perdidos de muchos veranos. Pero allí están "escribiendo sobre los pedernales" como decía el inmenso Miguel Hernández. Están otra vez ahí, en esa loma que arde, sacando brillo de plata antigua a sus hoces heráldicas. Y están ahí, encorvados, desde antes de que en el horizonte se hubiese alzado el pavorreal del día que incendió la cúspide del monte... Me acerco a ellos. Están con el uniforme duro de la faena, con su peto de lona que les protege del finísimo sable de la espiga y con sus dediles de cuero que son como zarpas de gato montés. Son como aquellos hombres que pintara Zabaleta desde la ventana de su cuarto de Quesada. Sus figuras tenían, no obstante, en aquellos momentos, suaves contornos: el día anterior hubo tormenta y el aire estaba amarillo, verde y limpio como la casulla de un párroco joven. Dios les guarde. Levantaron la cabeza del rastrojo. Me miraron a mí y enseguida al coche que he dejado al borde de la cuneta. Están atando unas gavillas de trigo que tienen la cintura dorada y la cabeza negra como los leones del pobre Negus. La tarde, que revienta, sabe a pan candeal. Quizá puedan perder unos minutos... "Ya vamos quedando pocos, ¿sabe usted?" Me apedrean las chicharras. El sol los traspasa como si fueran arcángeles en una iglesia del ochocientos. "Lo mejor es como se vive ahora, aunque la siega se acabe. La gente joven no quiere, y, además, cada vez hay menos campos de trigo, se come menos pan, y las máquinas, las máquinas esas hacen lo que antes hacíamos treinta hombres." Llegan los tres, mejor dicho, llegamos los cuatro a la conclusión que lo mejor es como se vive ahora... Revolotean unas avispas entorno al botijo que está protegido del sol por la coraza de pleita de unas albardas. "Lo mejor 'pa' cuando pican las avispas es la cabeza de ajo." Nos reímos un poquito, lo justo, porque se están diciendo grandes verdades en el vientre de la tarde. "A ver, échame la Robustiana." "Es como le llamamos nosotros a la botija del agua. Tiene tantos nombres, sabe usted, como el zaguán de las mujeres." Me suenan aquellas palabras a Evangelio. ¡Esas palabras profundas de las gentes del campo...! "Hemos segado de noche más que de día. Ya no tenemos el mangote de cuero que había que tener puesto por si la hoz se soltaba...; la mies corta como una navaja barbera." Se acabaron ya aquellas cuadrillas de seis y hasta veinticinco hombres que salían de los pueblos a la madrugada, caballeros en burros tristes o en mulas de canela, hombres recién afeitados, las orejas recién estrenadas, la mujer en la ventana iluminada todavía, camino de la siega. Se iban los segadores, cantando, diciendo adiós, escoltados por el ronco son de la caracola marinera. "Teníamos nuestro manijero, que era el que se ocupaba de nosotros; y también el encargado de la comida, el aniaguero; él era el de la olla, el del cocido, el de las gachas, el de las migas, el del gazpacho..." ¡Gazpacho del segador! Agua fresca de la botija, aceite de oliva puro, vinagre de vino agrio, pan duro a remojar, tomate a grandes trozos cortado con la navaja albaceteña, y cebolla; y también ajo; y sal gorda, de la que se llevaba en la media fanega... Les estoy aligerando algo el trabajo y creo que ,me lo agradecen. "Si tuviéramos que contarle todo... Empezamos cobrando, hace ya tantos años, por seis reales y el condumio. Esta tierra nuestra, y no es porque seamos de ella, da muy buenos segadores. También los valencianos eran buenos, sabe usted... Se llevaban tres surcos por hombre y por delante. Y mire usted cuando más cantaba uno más se segaba." Todo está inventado, amigos de la ciudad. Antes del hilo musical que dicen que eleva la moral del trabajador de las fábricas de hoy, ya los segadores, hace medio siglo, cantaban agostados sobre el surco, con la hoz en la mano, para no cansarse; con el corazón en la boca y el resuello de un animal herido. Les digo adiós con tristeza. Tristeza de marcharme, bien lo sabe Dios. Les dejo allí, como monumentos de sí mismos, diciendo adiós con sobriedad y esperanza. Ellos me traen a mí el recuerdo de varios años de mi niñez, de una época muy dura, recuerdos de un pueblo pobre, y de hombres y de mujeres muy tristes. Pero en donde los niños éramos felices porque nadie había borrado los milagros de nuestras frentes: Cuando la estrella de los Reyes Magos no era todavía de cartón, y cuando a los niños los traían del cielo azul cigüeñas muy blancas... Hoy es bueno evocar a esos hombres segadores, a esos hombres que se nos están yendo, ahora que tenemos el milagro diario del pan abundante sobre nuestros manteles, el abrigo de la casa encendida, y el goce inefable de la paz en las tierras de España. Andrés López (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1975) |