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El primer taponazo del día lo da el grifo del lavabo con su bofetón de cloro que ofende, no tanto por su pestilencia como por su desigual medida. Hay días en que la casa huele a cloro como si se hubiese bañado en solución Dakin. Tal vez sea éste el precio a pagar, según el baremo de una civilización saturada de apremiantes antisépticos. Pero que no se peca en el medio sino en la proporción. Lo de "dar de beber al sediento" ya no puede practicarse como simple fórmula de puridad cristiana sin exponerse a que el "favorecido" lo rechace con un "¡esto no hay quien lo beba!". Ya no es posible escapar del obsesivo olor y sabor que se han apoderado de nuestra pituitaria y que nos avisan de que algo está actuando para la guarda de nuestra salud. Pero, ¿hasta cuándo? Saltando un poco las barreras de lo vedado, este pasado verano fuimos al encuentro de la Naturaleza, virgen y arisca, libre de cloros y de "antis" de todo orden, para gozar de unos hipotéticos banquetes de agua pura y libre en revancha de los obligados vahos del cotidiano cloro urbano, pero la experiencia tuvo sus inesperados y sorpresivos fallos. En plena Sierra de Gredos, salvadas las contadas excepciones del casi inaccesible Alto de la Menga o el Puerto de El Pico, veíamos los caudalosos y cristalinos arroyos serranos cantando sus himnos triunfales a la libertad y a la vida, pero flanqueados de trecho en trecho por unos sobrecogedores y dramáticos carteles previniendo contra los peligros de la imprudente ingestión de aquellas aguas "no cloradas". Hasta en la alta montaña nos perseguía el fantasma de la lejía que presta a nuestro medio ambiente un clima de perpetua colada. En las nobles y bellas ciudades de la Castilla cereal y almenada donde las fuentes de sus plazas son auténticos monumentos en los que la linfa compone un alegre canto a la Creación, hay un tufo homogéneo a cloro que da la impresión de que uno no ha cambiado de lugar. No se te ocurra pedir un vaso de agua porque la respuesta es siempre la misma: -Como buena, sí que es buena; pero le ponen tanto cloro... Hay que hacer un alto, y otro, y otro, porque el calor aprieta. En un bar o cafetería de una deliciosa ciudad abulense accedo a la barra, donde un grupo de jóvenes, aliviados de ropas innecesarias, departen alegremente, con los ojos enrojecidos y los párpados hinchados. Vienen de la piscina, bronceados y atléticos, pero heridos por la causticidad del cloro en sus conjuntivas. Uno de ellos que está junto a mí, entre las nieblas de sus ojos irritados excruta las filas de botellas que tiene enfrente y ordena: A mí, un whisky, por favor. El fámulo le llena el vítreo cilindro de cubos de hielo y él pone el mejunje, que el joven paladea sin demasiada fruición. Me atrevo y le pregunto: -¿Ya usted le gusta eso?... -Hombre, no mucho; pero al menos no tiene cloro. -Y esos trozos de hielo, ¿de qué están hechos?; ¿acaso de agua mineral?, ¿no están tan clorados como el agua con que le han enjuagado el vaso? Me miró con sus pupilas enrojecidas, en las que había un celaje de sorpresa. Y, sin darle tiempo a reaccionar, me dirigí al mozo del mostrador y le pedí: -A mí, póngame algo que no tenga cloro. Y largándome una fuentecilla con un "detallito" de aperitivo, me sirvió -¡naturalmente!- un suculento vaso de vino tinto. (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1975) |
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