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La lectura de la obra «El exorcista», de W. Peter Blaty, y los comentarios de prensa sobre la película del mismo nombre, me sugirieron la idea de glosar algunos aspectos que, sobre hechicerías, brujerías y otras cuestiones análogas surgieron en esta comarca, desde que el Papa Sixto IV autorizó por Bula expedida en 1º de noviembre de 1478, a los Reyes Católicos «para proceder por vía de inquisición contra los herejes, sus fautores y receptores», hasta su total extinción como tal Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en el año 1820, primero del trienio constitucional en el reinado de Fernando VII. Es sabido la gran cantidad de personas que de uno u otro modo tuvieron algo que ver y entender en estas cuestiones: unos, como encargados de velar, por su carácter político-religioso, por la pureza de la vida católica y la moralidad de costumbres y el destierro de nuestros reinos de prácticas supersticiosas y heréticas, y que en ocasiones llegaron a manifestarse con una rigidez harto exacerbada (aunque en muy limitados casos) y que motivaron la negra leyenda que peyorativamente nos maltrató -y nos sigue maltratando, aunque hagamos todo cuanto sea por evitarlo- en los ambientes europeos llamados civilizados; los otros, como implicados en estas prácticas hechiceras, secuela de la animosidad contra los elementos judaizantes, la vida y costumbres de los moriscos españoles y la degeneración e impurezas de la sociedad de los últimos Austrias, causas que motivaron un estado de casi abandono total de la población, su analfabetismo y su desvío hacia todo lo que representaba fuerzas ocultas, supersticiones, engaños y falacias, explotados las más de las veces por vividores y «cuentistas» que obtenían con ello fáciles ganancias entre el vulgo, siempre predispuesto hacia lo mágico y sobrenatural, mezclando lo religioso con lo profano y lo demoníaco sin ton ni son, motivando procesos, juicios y procedimientos, casi siempre sobreseídos por falta de pruebas, o con una simple amonestación o penalización que únicamente alcanzaron mayor relieve en poquísimos casos. Entre los primeros, y con datos obtenidos de la «Historia de Requena», de don Rafael Bernabeu, se citan los siguientes: Don Diego Antonio de Trasmiera, Consejero de la Inquisición (1500-1560). Don Bautista Manzano, Familiar del Santo Oficio (acuerdo de 1588). Fray Gil Hernández Espejo, carmelita, Calificador del Santo Oficio, fallecido en 1605. Don José Felipe Fernández, Comisario del Santo Oficio, amigo del Archiduque Carlos, en 1706. Fray Nicolás de Cros. Calificador del Santo Oficio, amigo de Felipe V, fallecido en 1713. Don José Domingo Ferrer, presbítero, designado en 1738 Comisario del Santo Oficio. Y suponemos que algunos otros que en la época de vigencia de este Tribunal vivirían concretamente en la casa llamada «de la Inquisición» en la Plaza de la Villa, y de la que se conserva su escudo con los alegóricos signos inquisitoriales. Entre los segundos, aquellas personas que se dedicaban a practicar hechicerías y brujerías, engañando al prójimo y «sacándole los cuartos» con adivinaciones, sortilegios, empleo de «habas, cedazos, redomas, piedra alumbre, espejos, naipes, gotas de aceite, etc.», y los que se dedicaban a hacer conjuros de langosta, demonios, predicciones de ruina, encomendadores, loberos; los conjuradores, para «librarse de caer en manos de la justicia, para tener dicha, para ganar en el juego, para sacar tesoros, para evitar el mal de ojo, para librar de quintas»; los «echadores de maleficios, hechizar, aojar, ligamen, comedizos y bebedizos», por medio de pucheros, mejunjes, polvos, tierra, sapos, figuras y tijeras, etc.; los nominadores de palabras cabalísticas, los que facilitaban amuletos, bolsas, los desaojadores, santiguadores y saludadores, los ensalmistas, los donadores de cocimientos y emplastos; los que decían tener gracia en las manos por haber nacido con «velo» o por ser el quinto hijo; los desligadores de promesas sexuales y curanderos de la impotencia sexual y de otras enfermedades con filtros, sahumerios y hechizos amatorios; las supersticiones acerca de las ánimas; los muñequeros con alfileres atravesados; los brujos de escoba y torcida de candil, conjuradores con orines y sangre menstrual; etcétera... Muchas veces se alternaban o mezclaban los conjuros de objetos, astros, figuras, etc., con oraciones inventadas y propaladas por el vulgo y a las que se daba un valor sobrenatural: la oración de la Virgen, las de San Marcos, San Antonio Abad, Santa Elena, al Espíritu Santo y a toda la corte celestial; frases, unas veces enfáticas, otras ininteligibles, que, en una especie de mezcolanza mágico-sagrada, ponían los pelos de punta al más pintado, invocando a diablos, duendes, hadas y brujas; y no hablemos del temor que imponían las invocaciones a los difuntos y la profusión de leyendas sobre aparecidos, fantasmas, chupadores de sangre, etc. Pero alguien, en nuestros días, se preguntará si todo o algo de esto sucedía en nuestra comarca requenense y si la Inquisición hubo de tomar cartas en el asunto, tratando de reprimir tanta superstición. Indudablemente hubo casos de verdadera "risa", a los que no se dio la mayor importancia, pero hubo algunos otros en los que tuvo que actuar con firmeza, procesando a determinadas personas recalcitrantes en el uso y abuso de medios extravagantes con notoria influencia entre las clases ignorantes, y lo que todavía fue peor, entre personas que por su profunda formación religiosa llegaron a tener una credibilidad extraordinaria. Repasando los documentos procesales del Tribunal de Cuenca, a cuya provincia pertenecíamos, resulta que en el siglo XVI se incoaron 16 casos de hombres y 40 de mujeres; en el siglo XVII hubo 27 procesos de hombres y 57 de mujeres; en el siglo XVIII hubo 23 procesos de hombres y 27 de mujeres. (Como se observará, el elemento femenino dedicado a estas prácticas fue superior al masculino, cosa propia teniendo en cuenta la tendencia «celestinesca» y embaucadora de la mujer en todos los tiempos, y que me perdonen las mujeres.) En la entonces comarca o partido de Requena se ventilaron los siguientes casos: Legajo 350: Alonso de Berlanga, de Requena, año 1600, sentencia suspensa por falta de pruebas. Legajo 614: Felipe Torralba y Pablo Cortijo, Requena, sentencia penitenciada en 1715, con abjuración y vergüenza pública. Legajo 528: María García, de Villamalea, en 1744, suspensa. Legajo 562: Francisco González, de Mira, en 1763, suspensa. Legajo 106: Gil de la Puerta, y su hija Teresa del Puente, en 1529, con sentencia absolutoria; ambos eran de Moya. Legajo 444: Llorente Valmaseda, en Caudete, sentencia de amonestación. Legajo 444: Ana de la Calle, Utiel, amonestada, con la anterior en el año 1775. Legajo 426: Isabel Morena, Caudete, en 1737, penada con amonestación. Legajos 344 y 443: Todos los vecinos del Marquesado de Moya, en 1596 y en 1607, ambos procesos sobreseídos y suspensos. Legajo 550: Juan de la Rubia, Iniesta, en 1688, suspensa. Legajos 463 y 469: Pedro Zatapa de Torralva, en 1647, amonestado y penitenciado. Natural de Iniesta. Las penas impuestas en las sentencias condenatorias se redujeron a misas, oraciones, ayunos, abjuración en los autos de fe, azotes, vergüenza pública, destierro temporal y local, reprensiones, multas en raras ocasiones, cárcel temporal muy mitigada, y sólo en algún caso especial por su gravedad o reincidencia, cárcel absoluta, no dándose ningún caso grave en la comarca de Requena. A veces, los encartados hicieron uso de libros prohibidos en donde se contenían las fórmulas mágicas de los conjuros y ensalmos. Uno de estos libros fue el llamado «manuscrito de Requena», que fue encontrado en el año 1581 por dos mozos que marchaban a Italia en un huerto de Requena; era un cuadernillo manuscrito, en 69 hojas, con recetas para efectos medicinales y curiosas fórmulas mágicas, astrológicas, de hidromancia y geomancia, algunas muy raras y absurdas, sucias y obscenas, para fines extraños e imposibles: para "ingravidarsi la dona", «ad amorem», para que un hostelero no acierte a pedir la cuenta a los huéspedes cuando ya han comido, enrizar cabellos, fugarse de la cárcel, alcanzar memoria, hacer que aparezcan dormidos los hombres de un aposento, hacer plata de estaño; contiene un ritual con figuras para sacar tesoros, y un recetario disforme y bárbaro con virtudes de hierbas, salmos, y horas. Está escrito confusamente en castellano, italiano, latín y valenciano. (Cuenca, legajo 285, número 3.996, según noticias de S. Cirac Estopiñán en su libro sobre procesos de hechicería y la Inquisición.) Nadie crea que al desaparecer la Inquisición desaparecieron o menguaron las prácticas hechiceriles. De todos es sabido que siempre han existido en nuestros pueblos los clásicos saludadores, curanderos, echadores de cartas, aojadores y «desfacedores» del mal de ojo, etc., y especialmente en personas de baja condición, suciedad y pobreza, que han venido haciendo de su industriosa práctica una pingüe fuente de ingresos gracias a la ignorancia del populacho inculto, por desgracia tan abundante entre nuestros habitantes de las pasadas centurias y aún del primer tercio de nuestro siglo. ¿En qué lugar no ha habido un célebre fantasma, un curandero, un saludador o un nigromante, o varios de ellos, de los que todavía guardamos memoria los que ya pasamos del medio siglo de existencia? En 1829 se impuso una multa de 400 reales a Tomás Gómez, de Venta del Moro, «por haber saludado» al perro de Antonio Salinas y tener la costumbre de engañar con su supuesta gracia (de ..saludador de perros y rabias» a la gente ignorante. (Libro de Penas de Cámara de Requena.) Y, en el mismo pueblo, todavía por los años 20 y 30, el "tío Maneques" y su mujer, "la tía Corciolera" se dedicaban a echar las cartas a la juventud para atraer al sexo contrario, cobrando un real o tomando en intercambio una onza de pelo de mujer (del que se sacaban del moño las comadres cuando se peinaban al sol, y que yo no sé para qué lo querría el famoso "tío Maneques"). ¿Y qué me dicen de los curanderos que proliferaban por los caseríos de la Vega para curar el mal de ojo con sólo llevar «alguna ropilla» del niño afectado? ¿Y del curandero de Alatoz y del último que hubo hace pocos años en San Antonio, de los que tanto sabe nuestro amigo el médico don Francisco García Masiá? En fin, cumplido el objetivo propuesto, damos por terminado nuestro pequeño estudio de tan inagotable tema, dando gracias a Dios de que al fin se haya desterrado tanta incultura y superstición de nuestros lares y que al rememorar tiempos pasados para conocimiento de nuestros jóvenes de hoy, haya servido de risa para muchos y de vergüenza para los que siendo ya viejos fuimos testigos o protagonistas de hechos que hoy no tienen cabida en mentes ya cultivadas y ajenas a aquellos infamantes vicios de estulta ignorancia. FELlCIANO YEVES DESCALZO (Publicado en El Trullo de Junio de 1976) |
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