En los pueblos agrícolas, al pie de ciertos esquinazos sin aceras, son frecuentes unos pedruscos más o menos labrados -los guardacantones- que mantienen a raya las ruedas de los carros y el mordisco de sus cubos.

     Algunas de nuestras esquinas -con o sin guardacantón- adquirieron, según veremos, cierta notoriedad, y hasta alcanzaron el honor de incrustarse en el vocabulario popular (Ese reloj va con las esquinas del Matáero... Dióle esquinazo... Es más asno que un guardacantón...).

     Pero como si las esquinas o cantones supieran a poco (y aquí tenemos, entre otras, las de los Chulos, Haro, Bolós, Verdú, etc.), ciertos cruces urbanos fueron bautizados con los nombres de Cuatro Esquinas o Cuatro Cantones, elevados las más de las veces a la condición de lugares estratégicos y hasta de juegos infantiles.

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     Hacia el siglo XVI, entre la plaza de la Villa, la calle de la Purísima y el callejón del Horno de Piñuelo o del Perejil, se mencionan los Cuatro Cantones, donde estuvo la Casa del Concejo que reconstruyera en 1552 Mateo de Urquiza; la tercera de las cinco que, sucesivamente, tuvo nuestro pueblo, La primera, en tiempos de los jueces reales, se instalaría en el moruno Alcázar (a principios del siglo XIV, por su estado ruinoso, el concejo de la villa se reunía en la sacristía de San Nicolás); la segunda, al constituirse los Ayuntamientos hacia 1350, alzóse poco después en las Cuatro Esquinas del Rosario (entre la muralla y el pozo comunal de la Purísima); la cuarta, construida en 1685 por Ponce de Urrana entre la plaza de la Villa y la calle de la Cárcel; la quinta dio principio en la llamada Sala de Novicios del Carmen (de aquí el nombre de "la Sala" que todavía se da a nuestra Casa Consistorial), cuando fuimos segregados de la provincia de Cuenca.

     Otras Cuatro Esquinas de notoria popularidad fueron las de la Puerta de Valencia (en lo alto de la cuesta de las Carnicerías) y las del cruce Carretera-Olivas-San Luis.

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     En los primeros años de la presente centuria, el maestro don Manuel Mera dio a la estampa una pieza teatral titulada Cortar la rastra, en una de cuyas escenas se alude a cierto guardacantón inmediato a la capilla de San Julián Mártir. Precisamente donde descansó a su padre cierto sujeto que lo conducía sobre sus espaldas camino del Asilo.

     Según la referida obrita, el anciano lamentaba su triste destino, diciendo: ¡Aquí mesmamente descansé yo a mi padre cuando lo llevaba ande tú me llevas agora!...

     La reacción del hijo fue rápida: A casa, a comer lo que tengamos; pos no quió que hagan conmigo lo que usté hizo con el agüelo... y cargó de nuevo con el autor de sus días.

     Y allí, sosteniendo ruinas, quedó el guardacantón donde es fama que "se cortó la rastra".

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     En las Peñas tenemos un esquinazo de nombre rumboso: la esquina de los Chulos.

     La primera referencia que tenemos de tan castizo topónimo data de fines del siglo XVIII, cuando el licenciado don Antonio Montés hizo la nueva división parroquial. En ella se menciona al final del Estrecho de las Arenas "la esquina de Antonio Martínez alias el Chulo" que, sin duda, dio nombre al lugar, de la misma manera que Pedro Ferrer "el Viejo" lo dio a la calle Larga de las Peñas que, al perforarse las Higuerillas, se llamó calle de la Libertad.

     No resulta, pues, aventurado suponer que los portadores de tan cascabelero apodo descenderían de aquel Antonio Martínez que dio nombre a la esquina de los Chulos, y que el último vástago de dicho linaje bien pudiera ser el bueno de Miguel Cerdán (q. e. p. d.).

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     Frente a nuestra Estación de Enología tenemos la renombrada esquina de Haro (casa de los García de Leonardo).

     Diremos, a este respecto, que al proyectarse la carretera de las Cabrillas, en nuestra calle de San Carlos y en sus inmediaciones se fueron levantando grandes paradores y edificios con nobles portaladas, como los de Moliní, Peinado de la Mota, Oria, Omlín, Fernández, Núñez de Haro, Ruiz de la Cuesta (con un hermoso blasón), Herrero, etc.

     Los Núñez de Haro, como los Peinado, los Navarro Zamorano y algún otro, procedían de Moya.

     Don Ramón Núñez de Haro y Carcelén ocupó dos veces la alcaldía de Requena (mediados del pasado siglo) y fue también diputado provincial. Su hija doña Emilia Núñez de Haro y Peinado contrajo matrimonio con el general don Juan Pereira Morante, que tan estimables servicios prestó a nuestra ciudad, y al que le fue dedicada en 1925 la avenida que va desde la llamada esquina de Haro hasta la "Mano del Cojo".

     Se llamó esquina de la Argolla o de "Mosiú Simón" a la que hay entre la plaza del Arrabal y la calle del Carmen (parte izquierda).

     Para quienes "todo lo preguntan", diremos que "Mosiú Simón" era un tintorero francés que aquí se estableció (en la calle de los Tintes, al final de la de la Plata) con otros tintoreros malteses.

     En la referida esquina de la Argolla hubo hasta 1832 un pequeño enrejado a modo de jaula donde los rateros, amarrados a una argolla, eran expuestos a la vergüenza pública con el fruto de sus rapiñas durante los días festivos.

     Junto a la Argolla existió una amplia balconada "de palo" desde la que los miembros del concejo de la villa, en virtud de una antigua concordia, podían presenciar los espectáculos y regocijos populares que se celebraban en la plaza arrabalera.

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     Otra esquina no menos famosa en los anales pintorescos de nuestra tierra fue la del Matadero, considerada algo así como el meridiano requenense, a cuenta de "patatas y cebollas" (léase relojes defectuosos).

     Según cierto romance carnavalero de los tiempos en que don Delfín Alís construyó el Matadero Público (1895), en la parte recayente a la carretera se construyó un flamante reloj de sol que siempre fue blanco de chuflas y bromas debido a que la barra indicadora, víctima de algún accidente (sin duda, de algún certero "peñazo"), no podía tener "peor sombra", ya que cuando salía el sol, es fama que marcaba la hora de comer, contrastando con otro reloj de sol que había sobre el Pilón y Abrevadero del Portal que, al igual que las puntuales campanicas de las Monjas, siempre "funcionó" a las mil maravillas.

EL CRONISTA DE LA CIUDAD

(Publicado en El Trullo de Junio de 1976)