El tiempo, ese poderoso tirano que todo lo borra y avasalla, que nos hace olvidar las cosas que un día nos deleitaron, ha hecho que pasase al olvido un espacio recoleto que durante muchísimos años fue lugar de recreo y esparcimiento de varias generaciones; donde nuestros padres y nuestros abuelos pasaron horas inolvidables.

     Nos referimos a nuestra primitiva Casa de Comedias que, sucesivamente, desde hace cerca de un par de siglos, recibió los nombre de Teatro Carrasco, Camuñas, Jordá y Romea.

     No hace mucho, con el permiso del industrial señor García Sáez, penetré en lo que un día ya lejano fue santuario del arte escénico, al que tan aficionados fueron nuestros antepasados.

     Al poner el pie en aquel recinto, pensando que nada quedaría del secular coliseo, comprobé sorprendido que aún existía el romántico teatrito. Allí estaba su escenario, su techumbre con sus pinturas al fresco, sus palcos... y recordé las ilusionadas horas que allí pasé durante mi niñez; y pese a las reducidas dimensiones de la estancia, entornando los ojos y retrotrayéndome a tan felices tiempos, me pareció el Romea un teatro grande; como grande era aquella estufa que, además de ambientar la sala, servía para asar castañas, mientras en la pantalla finalizaba la primera jornada de Fu Manchú. Y nosotros quedábamos suspensos por si moría o no el Capitán Satán.

     Haciendo un poco de historia, recordaremos que este teatro se levantó a principios de la pasada centuria, cuando todavía la industria de la seda hallábase en pleno esplendor.

     Por entonces aparece como propietario de la Casa de Comedias o Teatro de Requena don Rufo Carrasco, cuyos descendientes lo vendieron a don Pedro Camuñas. Este señor lo mejoró en decoración y comodidad. Años después, doña Trinidad Camuñas, hija del anterior, lo vendió a don Carlos Jordá Roda, quien realizó importantes obras. Posteriormente fue dedicado al famoso actor don Julián Romea.

     Por cierto que, durante las primeras sesiones de cine que aquí se celebraron, a consecuencia de una alarma provocada por el incendio de la película, la gente se lanzó alocada por pasillos y escaleras en busca de Ia calle, pereciendo una niña en aquella triste jornada.

     En este coliseo, a lo largo de la pasada centuria, eran frecuentes las representaciones teatrales, ofreciéndose largas etapas de dramones a los que tan aficionados eran nuestros antepasados. Recordaremos a este respecto obras de nuestros clásicos, Zorrilla, Echegaray, etc. siendo los más famosos interpretes Juan Colom, Amparo Guillem, Julio del Cerro, Luisa Rodrigo y otros muchos. También nuestros aficionados hicieron las delicias de sus convecinos, recordando entre los actores a Antonio Zanón, Agustín Lechuga, Marcelino García, Luis Martínez, José Cebrián y otros, que lo mismo hacían drama que zarzuela, comedias y veladas familiares en las que cada uno hacía lo que sabía.

     En un programa de 1897 se anuncia una función de gala a beneficio de los españoles que combatían en Cuba. Veinte años después, otro programa nos habla de una singular compañía de liliputienses, algunos de los cuales, con medio metro de estatura, Iucían espléndidas barbas.

     También se celebraban en el Romea bailes de carnaval, desmontándose para ello las butacas del patio. Pero este baile no tenia comparación con la imponente "ola" del Teatro Circo.

     El Teatro Romea resultaba ya muy reducido, especialmente durante el verano y los días de la Feria de Septiembre. Por otra parte, su situación excéntrica hacía que muchas familias se abstuvieran de frecuentarlo en invierno.

     Ante estos inconvenientes, se pensó en construir un nuevo teatro en el solar de la antigua Casa del Consejo, en la plaza de la Villa; pero los tiempos no eran los más adecuados.

     Años después, por gestión del Conde de Villamar, se construyó frente al pequeño coliseo requenense el espacioso Teatro Circo, inaugurado en 1905.

     Por estos años hay quien recuerda aquellas pintorescas sesiones cinematográficas del Romea, cuando el cine mudo era explicado sobre la marcha. Y se recuerda al explicador; el minúsculo señor Juárez, bigotudo y tocado de negra levita, que a grandes voces y señalando con un puntero, explicaba las peripecias de la película; siempre imperturbable ante el frecuente pateo de la chiquillería en los momentos más emocionantes. Por lo que no era extraño que nuestro héroe, ante tan escandaloso jolgorio, exclamara una y otra vez "Sigue la caballería".

     Sobre el solar del Teatro Circo, en 1946 se construyó nuestro espléndido Teatro Principal. Luego, mientras el anciano Romea moría de puro viejo, venían al mundo el Cinema, el Cine Avenida.

 

César Jordá

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1976)