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En gran parte somos como es nuestra casa, y no podía ser más que de Antonio Villanueva la casa número 28 de la requenense calle de Desamparados; puerta grande, trabajada, patio estrecho, pero regio, escenas mitológicas en los frescos, comedor humilde, abundantes lienzos y en la chimenea una cornamenta de ejemplar de cabra hispánica salida de una cepa centenaria y, por fin, al fondo, el estudio del pintor. Villanueva, además de pintor personalísimo, es buen compañero de diálogo; he quedado solo con él en su estudio y como alumno estoy siempre presto a aprender sus enseñanzas que se salen de sus lienzos. -Buenas tardes, amigo Antonio; vengo a charlar un rato contigo. -Muy bien, con mucho gusto, pasa y siéntate. -¿Qué me cuentas? -Vaya contarte algo que tú no sabes, y es de mi infancia. Yo nací en el Batanejo en 1910; a los dos años de edad nos trasladamos a la calle de Somera, de la Villa, junto al palacio del Cid; allí viví hasta los 15 años; ya me hervía el gusanillo del dibujo y siempre que podía dibujaba, donde fuera, en las paredes, en el suelo y en un bloc que llevaba siempre conmigo. -¿Qué estudios realizaste hasta esa edad? -Los únicos estudios que tuve fueron tres o cuatro inviernos que asistí a la Escuela de Artes y Oficios de Requena, donde don Fernando Morencos me formó en el dibujo -yo le quería mucho y él me estimaba-; a los ocho años iba ya con mi padre a llevarle la comida y a estar con él; eran otros tiempos, no había lo de hoy, y luego me las arreglé de mayor para aprender a leer y a escribir, por las noches. |
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-¿Después hiciste otro tipo de estudios? -No, ningunos; el esfuerzo que yo he podido hacer, como digo, que venía del trabajo del campo y me ayudaba a leer por las noches. -¿A qué se debe tu tendencia hacia el paisaje? -Yo soy un enamorado de la Villa, he vivido en ella; ha sido y es en mi pintura la línea maestra. -¿A qué escuela pertenece tu pintura? -Yo no pertenezco a ninguna escuela pictórica. Aprendí en un principio dibujo; la pintura no la toqué hasta que no aprendí fotografía, que fue cuando me casé, y entonces me desligué de la agricultura, sacando a la familia adelante. Luego me di cuenta que mi vocación era pintar y me dediqué a ello sin más maestros, por mi propia voluntad. -¿Cómo has creado y desarrollado tu técnica? -En un principio hacía unos cuadros más clásicos, pero mi intención era otra; cogí un cuchillo de la cocina e inicié unas pruebas; las primeras las tiré, luego fui formando esta técnica hasta conseguir calidades más interesantes; hay quien se divierte viéndome pintar y quieren imitarme señores que ya están formados y viven de la pintura, pero no lo han conseguido. |
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-¿Te identificas con algún pintor de tu momento? -Esos señores, que yo les llamo grandes, me gustan; sobre todo me ha gustado mucho siempre Muñoz Degrain; me ha encantado esa manera que tiene tan personalísima, inmejorable, Sorolla; un Goya, un Velázquez, todos. -¿Cuál ha sido tu momento artístico más importante? -Pues a decir verdad, los momentos más importantes son los principios, sin ayuda. -¿Cómo concibes un cuadro y cómo desarrollas esa idea inicial? -Yo soy un soñador, eso sí; creo que me lleno de fuerza cuando me acuesto y empiezo a ver cosas y a formarlas mentalmente, y luego me levanto con un hormigueo y unas ansias de pintar que es lo que me da el hacer lo que hago, yo no digo que gran cosa, pero lo que hago... -¿Cuáles son tus cuadros más queridos? -Los quiero a todos, pero hay callejones más importantes por la situación, como el Paniagua, el Ovejero, el Segura; hay infinitos ángulos en la Villa donde poder pintar. -¿Qué harías con la Villa? -Hacerla un monumento completo toda ella; tenemos varios, pero en conjunto, si hubiera dinero y nos ayudaran y con señores preparados, esa Villa sería maravillosa. Creo que en la provincia de Valencia, ni en otras provincias, pueda haber rincones que pudieran quedar como quedarían los de la Villa; nuestra Villa sería mejor, lo dice un requenense. He pensado muchas veces: La Villa, llegar a esa calle de Santa María, a esa portada, a esa reja de Santa Teresa, que se asomaran y en vez de ver allí garbas de alfalfa y aperos de labranza, que vieran una cama y un crucifijo, que el visitante viera allí que estuvo esta señora; falta ambientarlo; cosas hasta cierto punto fáciles, otras no tanto, porque esa Villa necesita ser saneada. El palacio del Cid podría ser un museo maravilloso y no sirve para nada. -¿Qué opinas como pintor de las portadas de Santa María y el Salvador? -Puedo decir que son maravillosas; son las dos casi gemelas; cualquier pintor, mejor o peor, se extasía, como me ha pasado a mí cuando las he pintado; es maravilloso, no obstante, y lo tienen merecido; son monumentos artísticos nacionales. Muchas gracias, Antonio, hasta pronto.
SELlGRA (Publicado en El Trullo de Junio de 1977) |
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