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Hendiendo el colosal océano del viñedo por el que navegan, a trechos largos, la Ciudad y los pueblos bajo la arboladura de sus campanarios, grisea la carretera, disparada de horizonte a horizonte, con un bullir de puntos movientes que se deslizan, opuestos y amenazadores, con el frenesí de una prisa no siempre razonable. La gente se va de vacaciones. A holgar, sin más, pensando que a la vuelta se lo encontrará todo hecho. Por las bandas marginales de la carretera, buscando el abrigo de los caminos rurales y agrarios, van sin prisa, con método, pacientemente, los que han renunciado al asueto veraniego. Son los hombres del campo. Los artífices del paisaje correcto y de la Naturaleza domeñada. La viña está en marcha. El tempero está al otro lado de la línea de fuego y hay que ganarle la partida. La viña es exigente y hay que acomodarse a su exigencia. Cada racimo en promesa es una pregunta sin respuesta. Y es preciso cuidar, minuto a minuto, las alternativas del agua de más o de menos, del frío o del calor que deciden a cada instante la suerte de la cosecha. Así se va templando el acorde vegetal que tiene su concertante en el solemne momento de la vendimia. Y el viñador, sin pensárselo dos veces, desoye la llamada de la holganza infecunda y se entrega calurosamente al cuidado de la promesa verde. Se sabe el músico mayor en esa orquestación del amor y el esfuerzo para que llegue a buen acontecer la gestación caliente de los vinos. Sabe el viñador que el vino es una cosecha de choque, sin concesiones a la pereza o al desaliento. Y riñe su batalla, a veces cruenta, para ver convertido su afán en un "siempre" gozoso y plural. Ya vendrá su veraneo, aunque sea cuando los calores remitan. Pero antes hay que lograr desbordar las piqueras con la siempreviva del vino joven. |
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Y cuando este milagro ya se presiente próximo, para que el celo y el afán del hombre de la viña hayan sido una fecunda verdad rezumante de razones para desdeñar la irrazonada desbandada de la carretera inmediata, celebrará el sumo rito, sacro y pagano a un tiempo, de la Fiesta de la Vendimia. Y cuando la carretera, fragorosa y atolondrada, devuelva a los lugares la legión de gozadores de la libertad, allí encontrarán al hombre del campo, al viñador -perito en atenciones y vigilias- que había quedado, ilusionado y militante, a golpes de corazón, atento a la mágica alquimia de la maduración, en el sitio DONDE LA VENDIMIA ES FIESTA. José Mª Sánchez Roda (Publicado en El Trullo de Agosto de 1977) |
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