Esta poderosa institución, ennoblecida por el Rey Sabio, tenía a su cargo el fomento de la ganadería y la conservación de dehesas, abrevaderos, majadas, veredas, etc.

     Requena estuvo estrechamente relacionada con la Mesta desde los primeros tiempos de su reconquista, ya que la laborización de su suelo fue mucho más lenta que su desarrollo ganadero, al que deben su inicio nuestras primitivas entidades rurales.

     Por otra parte, recordaremos que el Cabildo de Caballeros y Escuderos de la Nómina del Rey gozaba de singulares privilegios sobre los rebaños forasteros que utilizaban nuestros pastos, percibiendo seis maravedís por cada «bestia de lana»; 12, si el ganado era mayor, y dos «borras» o borregos por cada millar de ovejas trashumantes. Estos últimos derechos dieron lugar al famoso privilegio de la «borra y asadura», que beneficiaba a los «caballeros heredados» con un «borro» por cada rebaño trashumante inferior a mil cuatrocientas cabezas y, «por la asadura», un carnero.

     Como el tránsito y permanencia de ganados «herbajantes» en beneficio de los de la Nómina era cada vez mayor, no tardaron en suscitarse competencias y rivalidades con la Mesta y el concejo de la villa; unos, defendiendo los intereses ganaderos, y otros, pretendiendo para el pueblo los beneficios que sólo gozaban los descendientes de los caballeros de conquista.

     En 1392, «con mala osadía así como a sedición e levantando al puebla», los alcaldes y regidores de la villa pretendieron hacer suyos los derechos sobre ganados trashumantes que los de la Nómina habían arrendado por mil florines de oro «del cuño de Aragón», a la vez que los de la Mesta intentaban «secuestrar» los derechos de «borra» en favor de los ganaderos, y transferir al concejo los de «asadura». Pero el Rey Pajazo, adalid de los caballeros requenenses, impugnó aquellas pretensiones y obtuvo sentencia favorable de la Chancillería de Granada.    

     Desde principios del siglo XV, cada dos años se instalaba en Utiel la «abdiençia» de la Mesta; y allí acudían los concejos ganaderos comarcanos con sus privilegios y reclamaciones.

     En 1486, el «alcalde entregador de Mestas», Alonso de Castro, deslindó la «Redonda» de nuestra villa, los Montes Blancos y las dehesas y boalajes. Eran éstos los de Hortunas (desde el Azud hasta la cueva de la Higuera), del Carrascal de San Antonio (desde las " vyñas que dizen de la Cruzata" hasta las "vinyas de Roçaleme"), del Arda! del Campo (desde el Azudejo hasta las cañadas Ayuso y Cayato), de Camporrobles (desde el llano de San Cristóbal hasta: el «Almolón» y camino de Mira)', de Fuencaliente (en las riberas del Cabriel,«con todos sus cogederos») y el de Mira (desde el vallejo del Friginal hasta la acequia de la Vega).

     Eran los tiempos esplendorosos de la ganadería, . en los que se prodigaban las incidencias entre el municipio y los de la Nómina, así como las infracciones sobre pastos y otros aprovechamientos, los acuerdos (concordias) entre municipios colindantes, formación de nuevas dehesas, roturación de terrenos, etc.

     Por entonces armó mucho ruido el pleito promovido por Mateo de Menaca ante el juez de Mestas Vélez de Jaén y en contra de Requena, que pretendía adehesar 4.000 hanegadas en Las Cañadas y «arromper» otras 200 en Los Prados. Al fin, en 1590 se libró una ejecutoria real en favor de nuestro Concejo, que solemnizó su triunfo con volteo de campanas, cohetes, «rapapiés», luminarias y "encamisas" a la morisca.    

     Pero el siglo XVII señala la decadencia ganadera por estas tierras.

     Fue en 1742 cuando, a instancias de la Mesta, se constituyó una comisión para incrementar la ganadería y señalar nuevas majadas. Integraban dicha comisión el regidor decano don Francisco de Carcajona, el procurador síndico don Joseph Enríquez de Navarra y varios ganaderos.

     En el señalamiento que, con tal motivo, hizo la Mesta, aparecen noventa majadas, con un verdadero despliegue de pintorescos topónimos, tales como el barranco de Espurrunchel (en la senda de Villar de Olmos), Cueva Sarnosa, barranco de Agua Amarga, Cabeza del Clérigo, Realengo de la Ochanda, «senda que va al río de los Azagadores», barranco de los Diablos, loma de los «machos cabrones», Cabeza Tudela, barranco del Agua (dando poseía unos «chirrichales» Francisco González, hijo de «la Morena», cuyos descendientes dieron nombre al manantial de los Morenos), las prehistóricas Pilillas, las Chichorritas, etc.

     Poco después, en 1759, la Mesta autorizaba al Concejo para que formase «tres dehesas cerradas de mil fanegas de tierra cada una» en el Reatillo, Campablo y Rebollar, lográndose con sus rentas redimir en algunos años viejos censos que importaban más de ochenta mil reales.

     En pleno auge del Arte Mayor de la Seda se constituyeron en nuestro término nueve extensas demarcaciones ganaderas (el censo de la ganadería lanar era de unas 20.000 cabezas). También la Mesta señaló nuevas vías pecuarias que sucedieron a las dos grandes veredas reales de la antigüedad: las de Hórtala y San Juan. Pero la ganadería ya no levantó cabeza, mientras que la agricultura, paralela a la industria de la seda, había experimentado un importante desarrollo al formarse y adjudicarse lotes concejiles de 20 y 30 almudes de terreno que antaño ocuparon dehesas.

     Y llegamos al «siglo de las luces»; precisamente el siglo en que nuestros abuelos se alumbraban con candiles; el siglo en el que aquí desaparecieron ganados y veredas, telares y tejedores; el siglo en el que se esfumaron por arte de magia los bienes eclesiásticos y comunales... volcándose afanes y esperanzas en la viticultura.

 

EL CRONISTA DE LA CIUDAD

(Publicado en EL Trullo de Agosto de 1977)