Conforme se van sucediendo las ediciones de la Fiesta de la Vendimia, se ve con más perspectiva el esfuerzo y la ilusión que han derrochado la gran mayoría de los hombres que por ella pasaron. Pero, sin embargo, y hablando con los pioneros de la misma, escuchando los relatos de las primeras verbenas, anécdotas de las salidas a cobrar las cuotas, de las reuniones que forjaban paso a paso, los aconteceres y los posteriores resultados de las Fiestas, etc., por eso digo, que hablando con los primeros componentes, que fueron el GRUPO ARRABAL, y al cual estoy muy vinculado, por lazos diversos, llego a asombrarme entre sus relatos y mis propias vivencias, del cambio tan grande que se ha operado, tanto en la organización, desarrollo y realización de esta Fiesta, que por ser pionera en honor de la Vendimia, merece de los requenenses su total apoyo, su constante lucha por mejorarla, la constancia de lograr que nunca se acabe, para que llegue a centenaria, como este año cumple sus treinta de vida.

     Recuerdo mi época de muchacho, cuando la Fiesta se celebraba, casi en la Glorieta. La racha de bailes veraniegos, alrededor de la tómbola, con el circuito de cuerdas delimitando la zona de baile de la de paseo, el bar llevado por miembros de la Fiesta, sin la sofisticación de las bebidas actuales. En la etapa navideña, los bailes del Bolero, adornado con esmero y mucho trabajo. Los primeros "Trullos", hojitas esperadas como «maná», donde se recogían las noticias, sucesos y novedades, chascarrillos y articulillos, que si entonces hacían las delicias de los lectores, hoy, con la comparación en el tiempo de los escritos, nos deleitan y nos recuerdan toda la época que fue, desde la primera piedra, hasta nuestros días. Los primeros monumentos al vino que se plantaron en la plaza del General Mola, junto a la fuente, con el asombro de ver caer ríos de vino en los días de la Fiesta. Las primeras Ofrendas a nuestra Virgen de los Dolores, en aquellas misas de campaña, también en la Glorieta. Hechos todos, recordados en vivo y contados a quienes no tuvieron la suerte de contemplarlos cuando acontecieron. Tiempos pasados, en los cuales el pueblo vivía intensamente el entorno festero y aportaba ideas que han contribuido a sentar la base de la actual configuración de la Fiesta.

     Ya se ha comentado en otros artículos el quehacer de los vecinos en relación con el adorno de las calles, que las circunstancias, y no vaya analizarlas ahora, han cambiado este aspecto, que yo creo básico, en el sabor popular que pretendemos tengan nuestras fiestas. Primero porque: era una delicia, recorrer las calles y valorar el esfuerzo y el trabajo, a veces tan mal comprendido, por quienes debían de juzgarlos y que en muchos casos difería el fallo del jurado con la apreciación del resto de los requenenses. Segundo, porque los visitantes descubrían una ornamentación distinta de lo conocido, en cuanto a adornos de calles se refiere, por su tipismo, por la originalidad demostrada y por el gran trabajo que les suponía a los realizadores, casi siempre los propios vecinos, cuando dichos visitantes admiraban los resultados, que tantas veces, echando la mirada hacia detrás, recordamos con un gran cariño. Mencionaré, sin menospreciar a los demás, aquel techo de botellitas de penicilina, llenas de vino, que cubrió un año la calle de Anselmo Fernández, «El Portalejo», y pregunten a los vecinos de dicha calle, cuánto tiempo estuvieron preparando tal detalle, para que fuera la admiración de propios y extraños. Y otro capítulo importante, era la cantidad de «bujes» empleados en trenzar guirnaldas, que tapizaban, de balcón a balcón, los cielos «verdes» de nuestras calles; que entonces se adornaban, casi por obligación.

     Podemos recordar también, mirando hacia el ayer, los cambios que han habido en los largos de los refajos, bordados y hasta en colores y sus dibujos. Repasando los «Trullos», vemos con detalle la evolución realizada, pues velando por la pureza del traje típico, creo que hoy se ha llegado a lo que podíamos llamar, aproximación actualizada. Vemos en nuestra revista, cómo fueron largos, cortos, con vuelo, etc., pero reconozcamos que como se llevan hoy, se adecuan más a la realidad histórica del traje típico femenino requenense.

     En fin, recordar esto es, en mi modesta opinión, rendir un homenaje de gratitud y cariño a los que comenzaron la Fiesta y a todos cuantos colaboraron, con sus ideas, esfuerzo, trabajo y muchas horas de su tiempo, en cometidos muchas veces anónimos, que han servido para llegar a las metas que conquistó la Fiesta de la Vendimia, que es decir Requena. Pero que por mirar hacia el pasado, no tenemos que conformamos con lo ya realizado, sino que tenemos la obligación, como requenenses, de seguir incorporando nuestro trabajo y nuestra ayuda, para superar lo hecho y seguir escalando la promoción de algo, que si lo crearon unos hombres, que se deben sentir orgullosos de lo realizado, también es verdad que los que tomamos el relevo en años sucesivos, y los que no hayan pertenecido aún y lo hagan relevando a los actuales, tendremos que hacer balance en otros pocos años más, y comparar si fuimos dignos continuadores de una obra que se hizo por y para Requena. Para que nos conocieran en el mundo, un poco más, a través de la exaltación del trabajo de la vid, a través de su Fiesta y que se resumió en el slogan que lo dice todo.

«REQUENA, DONDE LA VENDIMIA ES FIESTA»

A. M. D.

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1977)