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Cuentan que ha mucho tiempo, en una tierra lejana, nació un día un arbolito como por arte de magia. Nadie lo había plantado ni nadie sabía nada. ¿Qué clase de árbol será?, la gente se preguntaba... El arbolito creció. De la noche a la mañana, sin saber cómo ni cuándo, se cubrió de flores blancas. Nadie las había visto más bellas ni perfumadas. ¿Qué nombre sería el suyo?, la gente se preguntaba... Sin saber cómo ni cuándo, de la noche a la mañana, el árbol perdió, de pronto, sus flores bellas y blancas. y ya nadie le hizo caso, ya nadie le contemplaba. Pero el árbol siguió allí. Al cabo de unas semanas un fruto redondo y verde se advertía entre sus ramas. La gente volvió a mirarle en tanto se preguntaba: ¿Serán buenas de comer esas bolas tan extrañas?. Mientras pensaban o no si eran buenas o eran malas, ocurrió que tales bolas un vivo color tomaban. ¡Parecen bolas de fuego! -gritó la gente, asustada y, corriendo, se alejaron sin atreverse a tocarlas. Otra vez se quedó el árbol solitario y sin miradas. Mas cuentan que, cierto día, apareció en lontananza un hombre, con un borrico en cuyo lomo, sentada, iba una hermosa mujer y un niño, que dormitaba. El calor era agobiante... Ni un soplo de viento en alza. Al llegar junto a aquel árbol de las bolas color llama, la familia se detuvo para coger unas cuantas con las que apagar la sed. Reanudaron la marcha. El niño se despertó y dicen que hacía palmas, que su boquita reía y sus ojitos brillaban, porque unas gotas de zumo le salpicaron la cara. La gente, por el camino, con asombro les miraba porque la mujer tenía «bolas de fuego» en la falda y el hombre, «flores de aquéllas» en el final de su vara. Sin pararse a meditar, a dónde el árbol dejaran, volvieron todos a una, mas allí no había nada. ¿Qué raro misterio es éste? -la gente se preguntaba...- y no halló contestación, pero la cosa está clara. El árbol bajó del cielo, porque, en una fecha exacta, sería oasis feliz de la Familia Sagrada. Cumplida ya su misión, de nuevo en el cielo estaba, que sus flores y su fruto dignos eran de tal Casa. y aunque se guardó el secreto yo he sabido, en confianza, el nombre de aquellas flores y aquellas bolas extrañas: El de las flores: AZAHAR; el de las bolas: NARANJAS. EMILlA LÓPEZ TOLEDO (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1977) |