Cuentan que ha mucho tiempo,

en una tierra lejana,

nació un día un arbolito

como por arte de magia.

Nadie lo había plantado

ni nadie sabía nada.

¿Qué clase de árbol será?,

la gente se preguntaba...

El arbolito creció.

De la noche a la mañana,

sin saber cómo ni cuándo,

se cubrió de flores blancas.

Nadie las había visto

más bellas ni perfumadas.

¿Qué nombre sería el suyo?,

la gente se preguntaba...

Sin saber cómo ni cuándo,

de la noche a la mañana,

el árbol perdió, de pronto,

sus flores bellas y blancas.

y ya nadie le hizo caso,

ya nadie le contemplaba.

Pero el árbol siguió allí.

Al cabo de unas semanas

un fruto redondo y verde

se advertía entre sus ramas.

La gente volvió a mirarle

en tanto se preguntaba:

¿Serán buenas de comer

esas bolas tan extrañas?.

     Mientras pensaban o no

si eran buenas o eran malas,

ocurrió que tales bolas

un vivo color tomaban.

¡Parecen bolas de fuego!

-gritó la gente, asustada

y, corriendo, se alejaron

sin atreverse a tocarlas.

Otra vez se quedó el árbol

solitario y sin miradas.

     Mas cuentan que, cierto día,

apareció en lontananza

un hombre, con un borrico

en cuyo lomo, sentada,

iba una hermosa mujer

y un niño, que dormitaba.

     El calor era agobiante...

Ni un soplo de viento en alza.

Al llegar junto a aquel árbol

de las bolas color llama,

la familia se detuvo

para coger unas cuantas

con las que apagar la sed.

Reanudaron la marcha.

El niño se despertó

y dicen que hacía palmas,

que su boquita reía

y sus ojitos brillaban,

porque unas gotas de zumo

le salpicaron la cara.

     La gente, por el camino,

con asombro les miraba

porque la mujer tenía

«bolas de fuego» en la falda

y el hombre, «flores de aquéllas»

en el final de su vara.

     Sin pararse a meditar,

a dónde el árbol dejaran,

volvieron todos a una,

mas allí no había nada.

¿Qué raro misterio es éste?

-la gente se preguntaba...-

 y no halló contestación,

pero la cosa está clara.

     El árbol bajó del cielo,

porque, en una fecha exacta,

sería oasis feliz

de la Familia Sagrada.

Cumplida ya su misión,

de nuevo en el cielo estaba,

que sus flores y su fruto

dignos eran de tal Casa.

y aunque se guardó el secreto

yo he sabido, en confianza,

el nombre de aquellas flores

y aquellas bolas extrañas:

El de las flores: AZAHAR;

el de las bolas: NARANJAS.

EMILlA LÓPEZ TOLEDO

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1977)