Durante los últimos decenios, la fisonomía urbana de nuestra ciudad experimentó grandes transformaciones. No obstante, en los viejos parajes de la viejísima Requena existen rinconadas, en las que dormitan los siglos.

     Hoy corno ayer, a sus plazuelas y calles más importantes asómanse tímidamente menguadas y angostas callejas cuya vetusta traza la acusan sus desdentados aleros, sus tripudos paredones y su descarnada pavimentación: son los llamados callizos, callejuelas y callejones -con o sin salida-, de los que todavía quedan en el solar requenense algunas curiosas muestras, sobre todo en la vecindad de los monumentos más representativos del milenario barrio de la Villa.

     A este respecto, diremos que por San Nicolás superviven los seculares callejones de Tarás, Cantero y, entre otros, el moruno de Paniagua; por Santa María, los del Horno de Piñuelo, de Fargalla o del Perejil y el de los Toriles (cerrado al tránsito); por el Salvador, el de don Mariano Segura, ennoblecido por ilustres pinceles, y el de Mendoza o de los Huesos, con historias y leyendas de cuchilladas y de fantasmones que, cuando anochecía, a más de uno obligaba a acelerar el paso; por el Castillo, el típico callejón de la Fortaleza, donde se instaló hace más de un siglo el primer cuartel de la Guardia Civil que tuvo nuestra ciudad; por el Ovejero, los desaparecidos callejones que afluían a las Cuatro Esquinas del Rosario; por los aledaños del baluarte, al pie de la torre Redonda o de Enmedio (donde se instaló en el siglo XV la Judería, que antes estuvo en la Horra o Jorra), formáronse las callejas de Picazo, la Cava, Botica V Pavón (este último estuvo junto a la mansión de los Enríquez de Navarra).

     Cuando en nuestros arrabales, entre praderías y huertecillos, emergían el monasterio del Carmen y algún que otro molino, los colmeneros requenenses edificaron su «almazara de la zera» que fue el inicio de los Callejones o «casas nuevas del Arrabal», integrado por las callejas de Almázar o de la Almazara de San Antonio (que iba desde el Atajuelo o Portalejo hasta el Rincón del Candilejo), la de Jácaras (que recibiría este nombre por habitar en ella, hacia el primer tercio del siglo XVIII, el coplero Lucas de Jadraque), la del Rey de Francia (en el «desanche del Atajuelo», recuerda la breve estancia de Francisco I).

     Junto .a los Callejones del Arrabal no tardaron en surgir las callejuelas de Belda y de Gil Marco; las callejas del Diezmo Viejo y de la Taberna del Arrabal o de las Cojas, con la angostura de la Pasaílla.

     Recordaremos otros antiguos callejones arrabaleros como los de Nuestra Señora de la Soterraña, Peral, Horno de Ibáñez, Perul o de la Melguiza... Frente a este último, el de la Cava, del que queda el esquinazo de la Casa del Pósito o del Peso de la Harina. Asimismo, entre el Carmen y el Batanejo, se mencionan las callejas del «Gibado Marín», Cebrián, Herrerías Viejas, del Licenciado Montes, del Hospital... Y al final de la calle de la Plata, el callejón de los Tintes, cuando estaba en todo su apogeo el Arte Mayor de la Seda.

     En la barriada de las Peñas tenemos, entre otros, el antiguo callejón del Piojo.

     Tras darle vueltas a tan pintoresco como disparatado topónimo, diremos con el canónigo Muñoz Soliva (Episcopologio conquense) que en la ermita del Santísimo Cristo del Amparo y de Santa Catalina de Cuenca, contigua al cementerio «de los sacerdotes de la ciudad y sus familiares», celebrábase solemne fiesta anual a la que asistían el Cabildo catedralicio y el concejo de la ciudad, regresando procesionalmente cantando letanías. Al pasar la comitiva por un estrecho callejón que había frente al Convento de las Concepcionistas, en los arrabales, decían malas lenguas que sus míseros moradores lanzaban sobre el piadoso cortejo «piojos dé su propia cosecha»... Algo insólito que nos mueve a sospechar de algún conocedor de tan repugnante lance que, dándoselas de gracioso ante esta solitaria calleja de las Peñas, tuvo el pésimo gusto de compararla con el callejón conquense que dio nombre a la procesión famosa «de los piojos».

     Es un supuesto «razonable», ya que a lo largo de siete siglos, «la villa de la Estrella, de la Llave y del Yugo», estuvo estrechamente vinculada a «la ciudad del Cáliz y de la Estrella», la abuela de Requena, de donde venían los clérigos y los recaudadores.

 

El Cronista de la Ciudad

(Publicado en El Trullo de Junio de 1978)