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No se juzgue el tema de insólito. No se halla fuera el amor de cualquier especulación retórica o de estudio en nuestros días, ni mucho menos, aunque podríamos desviarlo hacia un planteamiento realista, escéptico, pero caeríamos en el error. Habría métodos como Ia poesía, el ensayo, la ciencia, para desengañar al más audaz. Pensemos que el tiempo es el secreto para todas las concepciones amorosas. Nos gustaría meditar acerca de ese sentimiento esencial, hoy en decadencia, tan traído y llevado en otro tiempo mejor. Ese sentimiento, ¡ay!, poco conocido por el hombre, al parecer sólo destinado a la visión e inspiración de poetas y escritores. Amor como fuente para las más grandes obras literarias y acciones de la Humanidad; fuente de vida espiritual y de belleza. Para la belleza no puede periclitar dicho sentimiento; no puede desaparecer en el hombre.Aun viviendo sólo de los sentidos, "el hombre se entregaría al ejercicio de la forma y del pensamiento" por medio de la noción de la belleza, hubiera dicho Schiller. Hegel decía que lo bello "era una manifestación sensible de la idea". Demos al amor el sentido que le diera Platón como principio, o sea, lo ideal y lo cristiano; el sentido que le inspiraron Dante, Petrarca, Cervantes, Víctor Hugo, en el Renacimiento y el Romanticismo. Sin embargo, cediendo un poco en lo esencial, quitémosle el valor monolítico de la iniciación, y hoy veremos cómo en la novela, el teatro y el cine, ya no es el amor el tema central. Pero siempre será el amor, en sus formas integrantes, como en Eros lo vemos, un tema de lo más hermoso. Como protagonista esencial, no lo encontramos en los clásicos griegos, en nuestra vocación cristiana, quiero ,decir; acaso me guste en los platónicos y siempre en Homero. En la leyenda y en la misma Historia, el manantial lo hallamos en el cristianismo. Homero parece legendario, y está la "cuestión homérica", que habla por los investigadores de la Iliada y la Odisea como simples concatenaciones de poemas antiquísimos. No olvidemos a Hesiodo, con su "Edad de Oro". Nuestro Cervantes nos dio a Dulcinea, prosa que nos basta para imaginar el amor. Inglaterra tiene a Shakespeare y Shelley, quienes fueron entre los mejores que sublimaron la idea amatoria. Hay que acercarnos a nuestros contemporáneos Ortega y Gasset, Antonio Machado y García Lorca, y beberemos del manantial más hondo, entre prosa y poesía. No podemos apartarnos de la poesía -singularmente-, y aportamos a Bécquer, que supo decir el ensueño amoroso, educar en lo sentimental a generaciones enteras con sus versos cadenciosos, formando escuela; y su prosa influyó igualmente, puede que en el 98. Para el filósofo Hegel, el amor arquetipo hacía que la misma religión quedaba subordinada a él. Nuestra Santa Teresa hace del amor, sin darse cuenta, tránsito al cielo, casi convirtiendo en divino el amor humano. Parece cosa de milagro, y puede que lo sea. Con la santa de Ávila asciende en el amor místico San Juan de la Cruz, y es que su poesía hace soñar humanamente, nadie como él. Gerald Brenan, el gran hispanista inglés, escribió la prosa de estudio más transparente y oscura que conozco sobre el místico de Úbeda. En nuestro tiempo, observando mejor, aparece el amor pluralizante. Si no me equivoco, habría que hablar "de amores", no de amor. El propio Stendhal habla en su tiempo de "amores", aunque su libro lo titule en singular. Así, en nuestro tiempo, cabría el concepto de formas vitales, sociales, familiares, naturales, circunstanciales, de eso que llamamos amor. Y es que ocurre, además, nunca como hoy, las palabras toman significados diferentes al paso del tiempo. Otros amores. Uno quisiera literatura de misión, no de testimonio, que encontramos gregaria, digamos el amor de Dios, como lo descubrió Santa Teresa; el amor a una hermana, en versos hondos, de Francisco Villaespesa; siguiendo lo familiar, el amor al tío, que nos relata Aldous Huxley, y que vibra en la pluma minuciosa, transparente de Azorín; el arrobamiento infantil de Pemán por una tía suya; la materna ternura de un poeta maldito francés; recordemos el amor fingido a una anciana, en "Los árboles mueren de pie", de Alejandro Casona. Y otros amores, abisales, de Safo, y el incesto de Lord Byron, que fue el escándalo de Inglaterra en el siglo XIX. Y en las leyendas, el caso en este instante, más atrayente, sería el amor tan discutido por la crítica, de Isabel de Segura y Diego Marcilla, llamados popularmente "Los amantes de Teruel". Es interesante lo que Stendhal llamaba mi "españolismo", a su manera apasionada de sentir el amor. Era un tímido y por eso amaba los caracteres fuertes. Escribió una glosa sobre Don Juan y Werther, en los que él encontraba una ambivalencia. Su heroína Clelia Conti, de "La cartuja de Parma", es famosa por su sensibilidad, e igualmente trata a otras mujeres, francesas todas. André Maurois sabe hermanar bellamente sobre los personajes de Stendhal y Balzac, esto es, en el "amor-pasión". Existe el "amor-evasión", que inspira la Madame Bovary; y está también el amor "de la fantasía o realidad", de las mujeres de Proust. En este último novelista, lo mejor es el amor de las adolescentes, muchachas que huelen a rosales en flor y a playa de provincias. Y aquí damos fin a un tema tan sugeridor como el tratado, inagotable de suyo como pocos.
RICARDO DE VAL Valencia
(Publicado en El Trullo de Agosto de 1978) |
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