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Por tercer año consecutivo, las viñas de la zona van a registrar una cosecha desastrosa. ¿Por qué? En 1976 las causas estuvieron claras, puesto que se reunieron los efectos del mildiu (con virulencia no conocida desde 1915) y los del pedrisco. Casi todos los viñedos de la comarca padecieron el primer azote; muchos, el segundo. Y, evidentemente, fueron numerosos los casos en que se acumularon ambos males. La supresión del follaje, en pleno verano, y el daño directo sobre los sarmientos, impidieron a las cepas el desarrollo de su actividad normal. Junto a la pérdida de cosecha, en ese año, las plantas quedaron imposibilitadas para "granar la madera" y para acumular las necesarias reservas, que habían de facilitar la brotación ,del año sucesivo. Estos hechos pueden explicar lo sucedido con la cosecha de 1977. En ese año, las viñas aparecieron con un fuerte ataque de clorosis, totalmente anormal, en relación con las tierras y los portainjertos de la zona. En efecto: la clorosis típica se produce, como es sabido, como consecuencia de una excesiva alcalinidad del terreno, por el hecho de haber empleado portainjertos poco resistentes a la caliza, o por una acumulación de ambas causas. Y es lógico pensar que, tanto la tierra, como los portainjertos eran los mismos que existían años antes, sin que se hubiera producido (ello era imposible) variación alguna. Por lo tanto, había que buscar el origen de esa anormal clorosis en causas ajenas a las habituales. Efectivamente, una clorosis que se presenta bruscamente, en viñedos que no la han padecido en muchos años anteriores, tiene que obedecer a motivos distintos a los citados más arriba.En cierto modo, puede compararse el amarilleamiento en las hojas de las plantas como la palidez en la cara de las personas: un síntoma de enfermedad o anormalidad. Pero sus orígenes pueden ser muy diversos. La clorosis del viñedo, en 1977, debe, con bastante probabilidad, atribuirse a la falta de reservas en las cepas, como consecuencia de los daños registrados en la campaña anterior. Y, especialmente, a la escasez ,de almidón y de potasio en la madera. |
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La falta de potasio se manifiesta claramente en las cepas por los fenómenos llamados "Flavescencia" y "Enrojecimiento". La primera, con tonos amarillentos en las hojas; la segunda, con coloraciones amoratadas. Ambas alteraciones son muy conocidas en los viñedos franceses, pero no suelen aparecer, con caracteres graves, en los españoles. Cuando se producen estos hechos, una buena medida es la aportación de potasio, a las cepas, en pulverización foliar, utilizando, para ello, el nitrato de potasa, en dosis de unos 700 gramos por cada 100 litros de agua. No es suficiente una aplicación, por lo que deben seguirse los tratamientos, hasta completar tres, con un intervalo, entre cada dos consecutivos, de unos ocho días. Así como el sulfato ferroso o los quelatos de hierro ejercen una acción muy beneficiosa, en los casos de clorosis caliza típica, estos productos no resuelven el problema, cuando la causa es la falta o escasez de potasio. Por último, queda la incógnita referente a la anormal cosecha del año actual. Conforme nos alejamos del momento inicial (daños sufridos en 1976) aparecen más confusos los hechos; y es más difícil diagnosticar las verdaderas causas del estado actual de los viñedos. Sin embargo, es evidente que las cepas que mantuvieron el follaje amarillento, en la temporada anterior, encontraron dificultades (aunque no tan acusadas como en el año precedente) para formar sus reservas. Lo que, lógicamente, influyó sobre la escasa producción de uva, en la temporada actual. Dado el aspecto de los viñedos en el presente verano, es lógico prever una cosecha normal, para 1979. Y puede considerarse que el trastorno sufrido por las cepas ha terminado, en sus efectos acumulativos, definitivamente. |
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Con independencia de lo expuesto, parece oportuno hacer referencia a un hecho interesante para el viñedo comarcal: la anormal climatología que viene registrándose en los últimos años, durante la primavera, con unas consecuencias perjudiciales para la floración y el cuajado de los racimos. Viene repitiéndose una cierta frecuencia de lluvias y, especialmente, una baja de temperaturas, que originan daños importantes sobre la cosecha a obtener. Los agricultores, habitualmente, acusan al clima de estos fenómenos primaverales; y pueden tener razón. Pero parece que no se trata de hechos sencillos, sino de un conjunto de circunstancias (algunas, de origen criptogámico), que son luego agravadas por las bajas temperaturas.No es esta la ocasión de desarrollar este tema. Pero sí puede aconsejarse lo siguiente: "parece" haberse comprobado una cierta modificación climática, en el sentido de favorecer la presencia de primaveras más frías y lluviosas de lo normal. Ante el frío, conviene intensificar el abonado potásico (a la salida del invierno). Ante las lluvias, interesa adelantar e intensificar los tratamientos contra el mildiu. Todo parece indicar que ataques precoces de esta enfermedad son causa (aunque quizá no la única) de la pérdida de racimos de flor en nuestros viñedos. (Publicado en El Trullo de Agosto de 1978) |