Desde mi más tierna infancia siempre fui gran amante de los juguetes.

     Admiraba, pedía y esperaba preciosos coches eléctricos, deliciosos trenes que en su caminar por vías irreales me hacían viajar a mundos fantásticos, donde imperaba el amor y la inocencia.

     Mundos sin príncipes ni hadas.

     Mundos sin tanques ni cañones.

     Fantasías reales, ansias de esperanza.

     Limitarme a admirar el caminar del tren no me satisfacía. Necesitaba saber y conocer el porqué y el cómo del mecanismo.

     Cuando destrozaba esa máquina de tren y abría sus entrañas, es cuando realmente admiraba y quería al juguete.

     Bonito juguete sin motor, es la monotonía diaria que termina con nuestras inquietudes, convirtiéndonos en instrumentos de terribles niños que nos utilizan.

     Mi infancia pasó y me tengo que enfrentar al dilema de vivir sin despertar.

     Empujar para subir.

     Sucumbir por ayudar.

     Soñar y despertar son una misma cosa debatiéndose en mí.

     Procuro seguir jugando eludiendo las trampas de los demás. Imagino el maravilloso tren de la Fiesta de la Vendimia, cargado de belleza y alegría, amor y fantasía. Disfruto y agradezco las delicias externas: Reinas, Corte, festejos, etc. Pero como niño destrozón procuro abrir las tripas del tren, para quererlo y amarlo más profundamente.

     En ese complicado motor se encuentran gran número de piezas claves, que funcionan sincronizadamente para mover al juguete.

     Muchos niños presencian el circular del tren sin comprender la importancia de cada pieza, sin pensar que cuando una falla el tren se detiene.

     Fantástico y juguetón quiero expresar mi más profundo agradecimiento a todos y cada uno de los engranajes que forman el convoy de la Fiesta de la Vendimia.

     Tomemos todos el tren que, conducido por Requena, llega siempre felizmente al fin del viaje.

 

JUAN IRANZO

 

 

 

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1978)