|
|
|
|
Esta tarde, una conversación me ha traído a la memoria la idea de que está naciendo una nueva fiesta. ¡La Fiesta!; no sé por qué me cubre un halo de melancolía al nombrar esa palabra. De modo inconsciente he cogido un TRULLO. Recorro ávidamente sus páginas manchadas por trazos negros: caras, reportajes, entrevistas... Intento encontrar entre sus hojas esa ilusión que se me escapa... poco a poco. Casi al final mis ojos tropiezan con un rótulo y mis dedos se detienen enmarcando las letras de unos recuerdos. No sé por qué, pero era algo dormido, algo muy mío que yo guardaba celosa y que ahora vuelve a mí casi sin querer. ¡Era todo tan distinto!... Al ver ese anuncio de calles adornadas para el concurso, se abren ante mí, de golpe, los recuerdos de hace unos años, once, doce... recuerdos de la Fiesta que cambiaba mi vida, que hacía despertar mis sueños. Al cerrar los ojos pasan por mi mente las caras de entonces: niños, hombres, mujeres, viejos que va se han ido... Recuerdo mi casa, mi plaza aquellos días... cuando, extrañados, los chiquillos mirábamos desde nuestros juegos los grupos de hombres que reunidos en cualquier puerta, al caer la tarde, hablaban y hablaban, a veces calmados, a veces con excitación. Mirábamos cómo las mujeres planeaban «la limpieza» de las fachadas, que ya estaban blancas. |
|
|
|
Entonces, entre nosotros se cruzaban frases entrecortadas, que sólo eran murmullos, frases que hablaban de muñecos, de adornos, de sabor a fiesta, y que morían al anochecer cuando la voz de una madre llamaba a cenar. Y en la cena, interrumpida una y mil veces por mi padre, que contaba a mi madre los proyectos, las ideas, cosas que con los ojos brillantes y la ilusión en el rostro iba recibiendo de sus labios, unos ojos sorprendidos observaban con interés todo lo que sucedía. Yo me esforzaba por captar todo lo que oía, todo lo que no acababa de comprender, para luego, cuando volviera a ver a mis amigos, contarles mi información con misterio, y recibir a mi vez las suyas que -claro está- coincidían aún sin quererlo. Mi recuerdo se interrumpe con una sonrisa, y de nuevo vuelvo a sumergirme en aquellos días; pronto comenzaba todo: las mujeres encalaban las paredes de unas casas viejas que cobraban nueva vida. Y nosotras, orgullosas de poder ayudar en algo, con un delantal por los tobillos y una escoba que apenas podíamos sostener, barríamos con tanto ímpetu como si de vaciar la calle se tratara, con el afán de que «todo estuviese bien para las Fiestas». Y al mismo tiempo, cuando los hombres volvían del trabajo, se reunían en un pequeño cuarto trastero de una casa, para montar un mundo fantástico, hecho de papeles, muñecos de paja, cartón y madera y, ¡cómo no!, de fantasía, cuyo escenario sería la calle. Recuerdo nuestras excursiones nocturnas y silenciosas, cuando de puntillas, con las luces apagadas, tropezando con todos los cacharros, y sobresaltándonos con el menor ruido, atravesábamos el oscuro «zaguán» de la casa para llegar a una puerta bien cerrada, y mirar por las rendijas, para sólo ver nuestros padres rodeados de un montón de papeles y cachivaches, que a nosotros nada decían, pero que nos hacían convertir en unos pequeños héroes por haber descubierto su eran secreto. ¡Cuántas veces nos descubrieron en mitad del camino! ¡Cuánta vergüenza y cuántas caras coloradas cuando nos sorprendían cuchicheando en la calle!... |
|
Luego, en vísperas de la Fiesta, la plaza era como un circo, llena de banderas, papelillos, cartulinas en las paredes y muñecos transformados en hombres y mujeres, gracias al esfuerzo de unos hombres que robando horas al descanso, alegraban tres días a la gente. Los chiquillos nos miraban con superioridad, porque «ellos ayudaban a poner los monigotes»... Ahora sonrío cuando me acuerdo de nuestras carreras al verlo terminado todo, de nuestras risas al leer los papeles, de nuestro ir y venir por todas partes, y de nuestro orgullo ante los banderines que nos acreditaban como ganadores de un premio en el concurso. Recuerdo nuestros continuos viajes al mesón, que estaba situado dos casas más abajo de la mía, acompañando a otros niños que no eran del barrio, mostrándoles todo con caras de entendidos, sintiendo que nos admiraban quizá con un poco de envidia. Mi Fiesta era aquel movimiento de gente, aquel barullo, aquella unión entre todos nosotros.. . Sólo eran tres días, luego, el final de la Fiesta era otra ilusión que esperábamos con alegría. La última noche, la calle era un «comedor» al aire libre, iluminado por una hoguera donde se consumían los restos de un trabajo. Y así, desde un escalón, al calor del fuego y la alegría, veía terminar la Fiesta «mi Fiesta». Hoy veo que ha perdido para mi parte de su encanto, que ya nada es lo mismo. Yo guardé esos recuerdos hace años, mi antigua calle ya no se adorna, y al pensarlo, siento mi corazón envejecido, y quiero volver a sentir esperanza, a creer que todo aquello volverá algún día. Por eso, al ver EL TRULLO y hurgar en mi pasado, al volver a vivir aquella Fiesta que era para mí tan importante, he vuelto a sentir la ilusión... que estoy perdiendo.
Mª E. HERRERO (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1978) |
|