Estaba la viña verde

y yo la estaba mirando.

Adivinaba, goloso,

debajo del verde pámpano

la gracia de los racimos,

redondos, prietos, cuajados,

como senos de muchacha

cuando se turgen por mayo.    

     La tarde, que era tan clara,

es de la noche adelanto.

     La viña, que estaba verde,

yace echada en un sudario...

 

N. PEREZ SALAMERO

(Fragmentos del "Romance de la viña verde")

 

     Cuando desde su cátedra de Mantenedor, Nicolás Pérez Salamero nos mecía con su saudade de la «viña verde» en el péndulo que juega con la suerte incierta del nacimiento del vino bíblico -ya a las puertas de «la Fiesta que destila azúcar»-, nos iba conduciendo con sus versos, apagando chicharras y encendiendo mariposas votivas en el vaso familiar, al dramático momento, tantas veces vivido y siempre temido, del furibundo «nublado», con su carga de rabia y exasperación.

      Era una doliente evocación de la viña madre, de la viña buena vencida en el holocausto de sus racimos, ardientes de promesa y esperanza, pero ya rotos y sin vida por el pedrisco. La Vendimia -culto y rito- moría antes de nacer bajo el manto letal de la gélida metralla.

     No faltó ningún año a la cita el fantasma de la "mala nube", con mayores o menores elementos de destrucción.

     Y, sin embargo, la ilusión del viñador era lo único invicto en medio de la desolación. "Aquella negrera y aquel retronío", como plañía el viejo poema de Serrano Clavero, no lograron paralizar nunca la mano creadora del "caballero de la vid"... ¡Otro año más! ¡Adelante!

     Y la Vendimia era fiesta y era más fiesta porque el dolor es nuestro y, con él o sin él, la sabemos santificar como está mandado.

El negro orfeón de grajos

que escupe sobre la tarde

su llanto sucio y macabro

no pudo aniquilar a la "viña verde", que tantas veces se volvió blanca.

     Pero la viña tiene ahora -tiempos nuevos- un vecino iracundo y temible. Las manos aviesas lo atizan y las fuerzas del averno lo mueven con lenguas gigantes que pueden poner un epílogo escalofriante en la viña que tiembla ceñida por un colosal cinturón de fuego. Es el monte. Es el bosque, aliado y camarada de la bucólica cepa durante todo el año y que comparte con el pino el milagro de la fecundación en una dualidad de égloga y de paisaje.

     Hace poco, el agraz -virgen aún de azúcares arcadianos- ha hervido dentro de su pabellón frutal por la embestida del atroz incendio, que ha sembrado de miedos telúricos el arpa inmensa de las hilas. El fuego ha podido ser vencido, pero el miedo, no.

     Tiemblan todavía en los aires las no extinguidas vedijas de humo sobre un paisaje de carbón, y ya la Fiesta de la Vendimia extiende sus linos para las celebraciones populares por la llegada del vino joven. Es un acerbo gozo que impone su ley.

     Casi se han juntado en un suceso único el mal y el bien.

     La Fiesta de la Vendimia nació en Requena por imperativo de la razón y fue inscrita en el libro de los grandes acontecimientos para ser, más tarde, asumida por todo el orbe viñador. Y sobre este suelo tiene su monumento nacional para perpetuar la fiesta singular que entraña un triple compromiso, social, de honor y de fe.

     Y aquí está, con honores de tradición, de vocación y de riqueza, y con ardores de ímpetu popular, la fiesta, que sigue y seguirá siendo la GRAN FIESTA... a pesar de todo.

JOSÉ Mª SÁNCHEZ RODA

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1979)