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La comitiva se adentraba en las frondosidades de la viña. El carro y la caballería habían quedado en la casilla, junto al camino, al cuidado del perro, fiel guardián que avisaba si algún extraño se acercaba a sus dominios. El hato, en el interior, al fresco, esperando saciar el apetito y reparar el esfuerzo de la familia que componía este grupo.El día, radiante, anunciaba felicidad, paz, trabajo, amor... Sol, luz y calor... Verdores de campiña... Lujuria de frutos, que aguardaban la caricia de las manos femeninas, para que amorosamente los separaran de la cepa. Seguían cruzando la viña para empezar en un punto estratégico, según las palabras del abuelo. Porque allí estaba toda la familia. Tronco y ramas; y hasta hojas. Los abuelos, sus hijos y sus nietos... Era la viña preferida del abuelo. El, en su mocedad, había ayudado a su padre a plantarla, la tenía cuidada con esmero y dedicación. La amaba, era como otra hija, preñada todos los años, para una vez llegadas estas fechas pariera el fruto generoso. Llevaban los capachos, podones, oncetes, tijeras... Llevaban ilusión, satisfacción, deseo de recoger la uva nueva... Llevaban el eje familiar, el abuelo y la abuela. Cuando llegaron al final de la viña se situaron cada uno junto a una cepa. Anhelantes, con brillo en los ojos, con emoción. Porque iban a presenciar el acto de gracias, que todos los años se repetía, con solemnidad, con palabras roncas, con la verdad de la gente humilde y sencilla. El abuelo paseó la mirada por su gente; por toda la tierra que dominaban sus ojos; por todo el cielo... y dándole a la abuela unas tijeras le dijo: "Mujer, ya puedes comenzar." Y la abuela se inclinó sobre la cepa, busco un racimo grande, prieto de granos, hermoso, lo cogió con la mano izquierda y acariciando sus uvas cortó el cordón umbilical del hijo con la madre; separó el racimo y lo fue sacando de entre el verdor de las hojas, dándoselo al abuelo. El lo cogió entre las palmas de sus curtidas manos y lo fue elevando hacia el cielo, hasta. adoptar una posición de ofrenda. Señor... Dios éste es el fruto de la vid, logrado con tu ayuda y el trabajo del hombre, el cual te ofrecemos... como primicia escogida... Te damos gracias, Señor... Todos los presentes fueron haciendo la señal de la cruz sobre su frente, continuando sobre la boca y el pecho, culminando con la cruz grande que abarcaba las cruces anteriores... Y, acto seguido, empezó la vendimia. |
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El cielo estaba limpio, el verde de los pámpanos estallaba de colorido, presionado por la intensa luz del sol, la tierra se esponjaba al sentir el alivio del fruto... Y los hombres se afanaban en dejar las vides libres de los racimos maduros, que irían al lagar, donde serían transformados en el VINO. VINO, sangre, néctar, vida... Y mientras estos hombres y mujeres, que habían visto al abuelo y a la abuela ofrecer las uvas al cielo, pensaban si este rito tendría los mismos protagonistas en la próxima cosecha. Hasta entonces, el abuelo decía... -¡Ha empezado la vendimia...! TONY (Publicado en El Trullo de Agosto de 1979) |