«Los requenenses no somos un pueblo valenciano de lengua castellana. Somos castellanos, y nuestro solar está en Cuenca. Nos preciamos de ello y de hablar el incomparable idioma del autor de las «Cántigas a Santa María».

     Don Alfonso X (el Sabio) conquistó definitivamente a Requena, poblándola de cristianos en 1295, fecha de la Carta Puebla. Vinieron 33 caballeros, dando a sus moradores el fuero de Cuenca y término de 40 leguas. Este documento está fechado en Alianza a 4 de agosto del año referido. Siempre fue Requena de la Corona de Castilla.

     El mismo Rey les da a los moradores de Requena, en 27 de agosto de 1309, el fuero de Toledo.

     Todos sus sucesores conservaron para Castilla a Requena, colmándola de mercedes y honores; Enrique IV le da el título de Muy Leal en 7 de julio de 1468, fechado en Toledo, cuando Requena no quiso ser de un Señor, originando el alzamiento en contra de Don Alvaro de Mendoza, a quien venció, según los requenenses de aquel tiempo, con la ayuda de San Julián en 7 de enero de 1468, desde cuya fecha es considerado copatrón de Requena este Santo.

     Los Reyes Católicos, en su Provisión dada en Tordesillas en 18 de marzo de 1476, «aseguran, juran y prometen a Requena» no dar ni enajenar dicha Villa, ni apartarla de su Real Corona en «ningún tiempo del mundo»... para que sus sucesores la mantengan siempre en Castilla.

     Después todos los Reyes de España tuvieron en gran estima a Requena. Felipe V confirmó todos sus privilegios y Fernando VI en 28 de septiembre de 1707, fechado en Madrid, concede a Requena los honorosos timbres de «Muy Noble, Muy Leal y Fidelísima».

     Cuando la división por provincias en 1833, Requena quedó en su Obispado de Cuenca y en su provincia. En 1836 fue honrada Requena por la Reina Gobernadora en nombre de su hija la Reina Doña Isabel II, con el título de Ciudad, por el heroico comportamiento y denodada defensa de la Villa en contra del rebelde Gómez y «todas las facciones reunidas», en 18 de septiembre de 1836.

     Y el año 1851, en 25 de junio, fue agregada esta población y su partido a la provincia de Valencia, y desde entonces «nos padecen los valencianos», y otros nos mandan ahora: «A la sierra..., a la sierra». En malhora, por lo visto, nos emanciparon de nuestro solar... «Ya nos vamos», puesto que no nos quieren. Cuando nos sacaron de Cuenca, no se pidió parecer a nadie. Es inexacto y totalmente gratuito cuanto se diga en contrario. Por un diputado provincial, con buenos pero errados propósitos, se pidió la agregación a Valencia, con vivos colores de gran necesidad y suma conveniencia.

     Hace 80 años justos que en el orden burocrático pertenece esta tierra a Valencia.

     Ni étnicamente, ni en el orden geográfico, ni en el histórico, podemos ser valencianos, y ahora menos, por querer desgarrar el lazo espiritual que aparentemente pudiera existir. Nos echan.»

X

 (8-9-31)

 
 

 

     Este artículo que acaban de leer fue publicado en septiembre de 1931 por el semanario «La Voz de Requena». Tal vez su destino era permanecer como una reliquia, simplemente como un dato anecdótico.

     Hay quien dice que la historia de España está regida por el movimiento del péndulo, y en este asunto, al menos, parece confirmarse la regla. Hemos vuelto al punto de partida tras 49 años de historia. Tal vez por eso el artículo se nos muestra hoy con una claridad diáfana y, sobre todo, rabiosamente actual.

      El año 1931, y con él la instauración de la República en España, trajo consigo un régimen de libertades democráticas. De entre todas las aspiraciones populares surgidas en aquella época, destacó sin duda, el tema de los regímenes autónomos. En Euzkadi, Sabino Arana había creado con su pensamiento las bases para un nacionalismo vasco. Mientras, en Cataluña, políticos como Cambó intentaban concretar en el campo de la política, todo un movimiento cultural y social, nacido en 1833 y que tuvo en la publicación de «La Atlántida», de Jacinto Verdaguer, su hito más destacado. A este movimiento se le llamó «la Renaixença».

     Todos estos sentimientos regionalistas ebullían peligrosamente en esta época, creando tensiones y dificultades de todo tipo. La aprobación de la Constitución republicana de 1931, supuso sin duda un escape y a la vez un cauce a través del cual canalizar estos sentimientos. La región que hoy llamamos País Valenciano no escapó a estas corrientes autonomistas. En Valencia una comisión inició los estudios necesarios para la consecución de un estatuto válido para toda la región, y aquí es cuando se produjeron los primeros roces con nuestra comarca. Muestra inequívoca de estas dificultades es el presente artículo.

     Hoy, en 1979, volvemos a las mismas. ¿Qué ocurre? ¿Qué oculto resorte se dispara cuando se nos habla de valencianismo? En la actualidad el proceso autonómico se ha disparado. La aprobación del estatuto vasco supone el comienzo del establecimiento de las autonomías. Ante la futura autonomía valenciana los requenenses debemos situarnos en prevención. No es una cuestión de ideología política. Si la autonomía va a suponer cambiar el foco del centralismo (de Madrid a Valencia), no queremos autonomía.

     Si la autonomía va a suponer el imponemos una cultura que no es la nuestra, tampoco queremos autonomía. Sólo a una autonomía regional, basada en la potenciación de las comarcas como entes naturales y en el respeto mutuo, podrá ser aceptada por los requenenses y por ella lucharemos como el que más.

     El artículo 143, párrafo 1, de nuestra Constitución, dice: «las provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes..., podrán acceder a su autogobiemo y constituirse en comunidades autónomas». Está claro que nosotros no somos una provincia porque entonces no habría problema. Nosotros a nuestro aire y ellos al suyo. Al ser sólo una comarca surge el problema. ¿Qué hay de una historia común? Nada. ¿Qué hay de una cultura común? Menos todavía. Es lógico y tendrá todo nuestro apoyo que se intente revalorizar la cultura «en valenciano», pero lo que no es lógico es que se nos intente imponer en Requena, cuando todos sabemos que nuestra cultura desde hace muchos siglos se desarrolla «en castellano».

     A pesar de todo los tiempos han cambiado, seamos realistas y no pensemos que ir a Cuenca sería la solución de nuestros problemas. Hoy no quedan, como en el 31, personas orgullosas de ser requenenses nacidos en Cuenca. Hoy todo nuestro comercio y actividad se encamina hacia Valencia y en ella debemos permanecer, ¡ahora bien!, en igualdad de condiciones para poder salvar así nuestra cultura y manera de ser. ¿Cómo permanecer en igualdad de condiciones? En este momento estamos en franca desventaja. La respuesta adecuada pasaría por potenciar y dar vida a nuestra cultura y expresiones más genuinas. En el campo político se podría intentar el establecimiento de una mancomunidad de municipios que abarcara a toda la comarca Requena-Utiel y en lo económico urgir a los órganos bancarios de la zona, y en especial a la Caja Rural, que ponga en marcha todo su potencial económico en beneficio de nuestra comarca. Sólo de esta manera podremos seguir sintiéndonos orgullosos de ser requenenses.

 

R.I.T.A.

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1979)