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Cuando uno piensa en tiempos pasados y rememora episodios que dejaron huella en su alma, la añoranza le sumerge en una especie de felicidad y le transporta a interioridades reposadas de no fácil explicación. Y si, además, estos pensamientos se refieren a lugares y personas inolvidables por su trascendencia emotiva, que calaron hondamente en nuestra sensibilidad, resulta imprescindible dar rienda suelta al sentimiento, como medio de expansión liberadora, permitiendo que sus viejas impresiones afloren y se explayen a gusto tratando de comunicarlas a los demás. Este es mi caso; el caso de un hombre enamorado de Requena, porque este nombre fue siempre para mi como un señuelo motivacional del que hice bandera desde tiempos ya lejanos; a partir de entrar en su conocimiento, cuando a mis doce años, por vez primera, pisé esta bendita ciudad en mis inicios estudiantiles. ¡Requena me cautivó y me hizo suyo instantáneamente! Creo que a partir de entonces mi ilusión se hizo requenense, aun sin por ello renunciar a mi patria chica ventamorina, que también es requenense en sus entrañas y en sus vertientes. Y en aquella primera visita al barrio de La Villa, de manos del ya fallecido requenense Enrique Loines, cuando ante el palacete del Cid, o ante la ciclópea mole de la Fortaleza, o bajo el arco del Ovejero, o contemplando las arquivoltas del Salvador y Santa María, o soñando linajes ilustres en los pétreos blasones de las portadas, tanto se impresionó mi espíritu, y tanta paz se remansó en mi corazón. Y comprendí enseguida que Requena era algo superior e imperecedero; algo así como un monumento total, inasequible a mi pequeñez, a mi ignorancia y a mi indefensión. No es extraño, pues, que tanta hermosura en arte y en historia me atrajera como un imán gigantesco atrae al hierro mejor forjado; con una corriente imposible de definir; como algo que te subyuga y te sugestiona. Y quise reunir en un todo las piezas sueltas que mi desbocada imaginación barajaba, hasta llegar a comprender que el significado de aquella grandeza ten fa sus motivos en hombres y en hechos, en una forja de circunstancias de trabajo y heroísmo, en una amalgama de luchas, sacrificios, ilusiones, ansias de libertad, gestos y actitudes; temple de un carácter singular, que, como el acero toledano, puede romperse en un momento dado, pero jamás doblegándose. Y todo lo que hablaba de Requena tuvo para mí una importancia de valor extraordinario: la lectura de los poemas de Serrano Clavero; la fantástica Historia de Herrero y Moral -antes de que Rafael Bernabeu pusiera en claro con su documentada pluma los hitos vivos y exactos de la historiografía local y comarcal-; las citas sobre Requena de los novelistas Pérez Galdós y Alfonso Dánvila; la lectura de un viejo romance sobre el concierto de las bodas de las hijas del Cid en Requena; las citas en el libro "El sitio de Baler" que el general Martín Cerezo hace elogiosamente sobre nuestro paisano Loreto Gallego, uno de "los últimos de Filipinas"; la emotiva y romántica leyenda del "fantasma de la Villa"; el entronque de mi pueblo, Venta del Moro, con los históricos devenires requenenses; y finalmente, las vivencias de su costumbrismo, su hidalga y generosa hospitalidad; todo ello dejó su influjo y su acento, de tal manera, en mi ser, que fue acicate y estímulo para desear mi total inscrustación en lo que en principio sólo fueran visitas e impresiones. ¡Quién había de suponer que el mismo lugar donde mis inquietudes estudiantiles solazaban su descanso -la fuente del Peral- sería un día mi propia casa! iY quién había de pensar que mi esposa e hijos serían requenenses por naturaleza, hecho y derecho! Todo fue posible gracias a mi natural inclinación hacia Requena. Y hubo de suceder sencillamente; tangible realidad de la meta soñada y apetecida en los vitales horizontes de mi, a veces atribulada, existencia. Y como el tesoro socio-cultural requenense es inagotable, cual corresponde a su importancia y recia contextura, tras mi vinculación casi definitiva, he querido servir a Requena en mi oficio de educador y en mis actividades extraprofesionales. Y al descubrir nuevas citas o al recrearme en las antiguas, sigo pensando que aumenta mi pequeñez ante la imposibilidad de abarcar en toda su dimensión el gran nombre de REQUENA, pues aún siendo bueno, todavía es poco lo que se habla sobre ella... A veces me alegra lo que algunos novelistas (Max Aub o Rodrigo Royo) cuentan enalteciendo lo requenense, y otras veces me entristece y encocora la falsedad de algún otro -tal es el caso de Fernández de la Reguera, cuando en su libro "Los últimos de Filipinas" pone en tela de juicio la hombría de Loreto Gallego-, y en algunos otros casos en que se ha querido minimizar o desvalorizar lo que Requena representa en el acervo cultural e histórico de la Castilla valenciana, o de la Valencia castellana; para la cuestión es exactamente igual. Al pergeñar estas líneas no me mueve solicitud de reconocimiento. Yo ya recibí paga más que suficiente cuando Requena me abrió sus brazos para contarme como un hijo más, de lo que estoy orgulloso. Mi vida ya ha empezado su declive; no sé si llegaré a la senectud. Pero de cualquier manera, entonces como ahora, mi corazón irá renovando bríos para seguir en la búsqueda de todo lo consustancial requenense, y seguiré glosándolo y cantándolo hasta que mis fibras sensibles puedan vibrar. Ello no es, ni más ni menos, sino una pequeña muestra de lo que Requena merece. ¡Y quien ofrece lo que tiene o puede, no está obligado a más.
F. YEVES DESCALZO (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1979) |
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