Es noche de aquelarre,

que horripila y desconcierta,

a personas que tranquilas

paz de Dios vivir intentan.

 

     La ciudad sufre angustiada,

en la densa niebla envuelta,

imponiendo un gran respeto

cual si estuviese desierta.

    

     Estrellas no se vislumbran,

medrosas, brillar inquietas,

pues la techumbre del Cielo,

por las nubes muy cubierta,

no fulgura en el espacio

su luz penumbrosa y yerta.

 

     Ni las auras se aduermen

susurrando en la floresta,

que aquilones iracundos

chirriando hacer las veletas,

hacen crujir asimismo

las ventanas entreabiertas.

 

     Y arremolinando nubes,

en vertiginosas vueltas,

con gran furia van formando

tan horrísona tormenta,

que en relámpagos y truenos

al prorrumpir violenta

fulminar con fiera saña

todo a su paso intenta.

 

     Cabalgando van las brujas

famélicas, enhiestas,

a caballo sobre escobas

con sus caras descompuestas,

esperando que las doce

en el reloj de la cuesta,

anuncien ya las campanas

para comenzar su fiesta.

 

     En esta noche horrorosa,

de maldición manifiesta,

unos hombres se reúnen

en una casa siniestra.

 

     Discutiendo muy atentos,

con argucias incorrectas,

sobre ocultismo hechicero

en una prolongada encuesta.

 

     Esperando muy contentos,

que por la magia dispuesta,

acudan ya los espíritus

de personas que están muertas.

 

     Sin saber los concurrentes,

si en dicha casa expuesta,

serán manes de varón

o las ánimas de hembras

las que entren por la puerta.

 

     Pero una voz de ultratumba,

que espeluzna y desalienta,

con sarcasmo va diciendo:

«Si es hembra hará una llamada

con elegancia perfecta.

Si es varón, hará dos,

de manera más resuelta.»

 

     Abusión, cábala gnosis,

brujería muy compuesta,

hechicera abracadabra

con teurgia predispuesta.

 

     Fragor, ruido, estrépito,

los espíritus despiertan

citándose al aquelarre

con su barahúnda impuesta.

 

     Y mesa que quieta estaba,

con sus patas imperfectas,

volando va por los aires

dando vueltas y más vueltas.

 

     Hasta que por fin se oyeron

llamadas tres en la puerta,

admirando a contertulios

que no lo esperan, ni aciertan

a comprobar de qué modo

el sexo se determine

de manera tan incierta.

 

     Mas pasando el umbral,

con guisa no muy perfecta,

un espíritu que entra

con decisión manifiesta.

 

     Para decir enseguida,

con una voz sepulcral,

indecisa, no concreta:

«Yo no soy aquel Merlín

de las historias que cuentan,

que soy un indefinido

que vende las gaseosas

en esta noche funesta.»

 

 

Antonio Cámara Fernández

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1979)