De las Peñas vengo y a la Villa voy, o viceversa.

     Celebramos en nuestra ciudad, en pocos días, un racimo de fiestas de carácter local, corno son: San Nicolás (Patrón de Requena), San Antonio Abad (San Antón), San Sebastián, San BIas... Todas ellas con fiesta propia entre nosotros. Algunas de signo antiguo y de clara tradición ancestral, a las cuales voy a referirme, con rápidas pinceladas, para hacer honor al título del artículo.

     No pretendo hacer historia, ni voy a averiguar qué fiesta fue antes ni nada de eso. Sólo me ceñiré a los recuerdos personales que en los días en que se celebran y por su paralelismo, aunque diferenciado, inciden en los dos barrios altos: Villa y Peñas.

     Quizá en mis recuerdos se mezclen llamas de las dos hogueras, humo de petardos arrojados por distintas mayordomías, sabor a pan bendito de varios hornos, etc.; pero lo esencial en este recuerdo es que unas fiestas concretamente localizadas en dos barrios requenenses, y concretamente en el corazón de las Peñas y la Villa, se van apagando, si no en la celebración en sí ni en la ilusión de sus mayordomos, sí en el carácter intrínseco de su realización. Aclaro por qué, según mi punto de vista.

     Sabemos que cada una de estas festividades constan de varios puntos. Desde la «replegá» de limosnas, pasando por el rito del fuego y la pólvora con monumentales hogueras, su celebración religiosa con solemne misa y procesión del pan bendito, para finalizar con la «pará» o subasta de donativos, que cierra para el público estas fiestas.

     En síntesis, las dos fiestas tienen mucho de paralelismo, conservando cada una el arraigo y sabor de sus respectivos barrios. Pero difieren en detalles, entre otros la gastronomía, que son los que les confieren su tipismo y su denominación.

     Hoy que la colaboración de los barrio s de la Fiesta de la Vendimia es colorido a añadir a las fiestas que nos ocupan y que han enriquecido la aportación de tortas de pan bendito, presencia femenina y un cierto boato, sin los cuales no sabríamos cómo se celebrarían. Yo me quiero referir a las fiestas que se celebraban por los años 50, ya fielmente retratados en mi mente, contando los recuerdos de aquella niñez que se agrandan a través del tiempo, pero que arraigados en las tradiciones folklóricas de nuestra cultura creo que es bueno recordar.

 

     Guardo memorias en las que a plaza llena se agotaban las voces de los mayordomos que gritaban rompiéndose la garganta, elevando la voz por encima de los murmullos y comentarios de la gente, con aquel sonsonete de «Por dos pesetas..., a la una. Por dos pesetas..., a las dos. Por dos pesetas..., a las dos y media...» De repente una voz entre la gente subía la puja..., y vuelta a empezar hasta que se concedía el objeto. Pujadores que se conchavaban entre sí, se colocaban por la plaza y de acuerdo iban subiendo las pujas hasta tenerlas «maduras». Casi siempre salía el espontáneo, que cargaba con la cosa, por romper la subasta, sin saber de qué iba la cuestión.

     La chiquillería mientras se arrimaba a los puestos de los turroneros, para si su economía lo permitía comprar el alajú, caramelos, peladillas, o los clásicos bastones de caramelo. Y entre todo ello, los petardos de mano, que asustaban a nuestras hermanas más pequeñas, o no tanto.

     Hoy, está reciente, subimos a ver las «paras» y no podemos sustraernos a la nostalgia de otros tiempos pasados, que si no fueron mejores, sí nos hacían vivir con más atención y autenticidad estas tradiciones, que no se pierden, pero que, según mi óptica, bajan enteros, quizá por las circunstancias actuales, sobre todo de comodidad.

     De la Villa vengo y a las Peñas voy... Este dicho popular tenía que seguir funcionando, aunque nuestros barrios se hayan hecho mucho más grandes y poblados con nuevas gentes, a las cuales les puede interesar los acervos culturales-tradicionales que encierran estas fiestas que nos ocupan. Y otras más, como son la Virgen de la Caridad, muy localizada en otro barrio; la de San BIas, con la visita a la ermita, ya que no se puede llamar romería, etc. Todas ellas son nuestras y tenemos la obligación de transmitirlas a nuestras descendencias, procurando no desvirtuarlas demasiado con relación a su tradicional pasado.

     Que sirva este boceto de nuestras cosas para recordar que detrás de estas fiestas, que existen, hay hombres y mujeres que alientan estas fiestas de barrio y que por arte de su tesón y de su ilusión, y siempre de su amor por ellas, las mantienen y nos las ofrecen cada año.

     Mi sincera felicitación a las mayordomía s a las que me referí, y que no decaiga su ilusión para celebrarlas. Y termino con un dicho popular local: «El 20 de enero, San Sebastián el primero; detente, varón, que primero es San Antón».

 

A. M. D.

 

 
 

 
 

 

(Publicado en El Trullo de Junio de 1980)