Desde que hace muchos años se modernizaron y agilizaron las vías y procedimientos mercantiles en nuestro país, el cultivo de la vid, experimentado con éxito pero con timidez en nuestra comarca, se extendió rápidamente hasta convertirse prácticamente en un monocultivo generalizado con alta significación cuantitativa en la producción vinícola del país. Por otra parte nuestra viticultura ha sido y sigue siendo una de las pocas alternativas que admite nuestro secano, como lo demuestra el fracaso obtenido en épocas recientes al intentar una dispersión de riegos climatológicos, con la apertura de nuevos y distintos aprovechamientos agrícolas.

     Y el vino, con las alternativas clásicas relacionadas con la situación internacional (siempre se ha dicho que el vino tiene excelente mercado en época de guerra y la naranja en época de paz), se ha venido defendiendo y haciendo posible la supervivencia de nuestros viticultores. Pero en los últimos tiempos se han venido observando tres circunstancias negativas para el mantenimiento V expansión del mercado del vino que, aunque no nuevas, quizá por los mejores medios de información y difusión de que disponemos actualmente, constatamos con absoluta claridad.

     Por una parte se dice -ves lógico que sea cierto- que el consumo nacional de vino ha disminuido en favor de la cerveza, refrescos y otras bebidas exóticas. ¿Mejor propaganda y más ágil mercantilización de estas bebidas que compiten con el vino? Probablemente sí pero téngase presente que tales bebidas han nacido y arraigado donde la viticultura era difícil o imposible, y en el área de influencia mediterránea donde la viticultura es floreciente resulta sospechosa la fácil implantación sustitutiva en muchos casos del vino, incluso en las comidas. ¿Explicación? Si el consumidor potencial de vino acude a un establecimiento donde se expende o se sirve vino, solo o formando parte de la comida, se expone, si lo adquiere o toma a granel y sin marca, a que le resulte módico de precio gracias al milagro, cuando todo es caro, de su inconfesable origen y de su escaso parentesco con la madre cepa; y si lo adquiere o, toma embotellado bajo marca, a que le resulte a tan alto precio como si se tratase de un raro producto oriental de importación. Es fácilmente demostrable que, aun en zonas muy productoras de vino, todo lo que haga el consumidor de una botella de vino bajo marca representa, según sea un establecimiento de venta o un restaurante, entre un 30 % y un 300 % de beneficio comercial sobre su precio en origen, según tipos, mientras que todo el proceso vitícola, vinícola y embotellador difícilmente da al padre de la criatura un 10 % de beneficio sobre el precio de coste. ¿Por qué esta descompensación? Véase la extraña y sospechosa autorización concedida desde la primitiva redacción del Estatuto del Vino, que permite a los restaurantes aplicar hasta el 200 % de su precio en origen, y quédese sin respuesta cualquier pregunta sobre la anarquía abusiva y tolerada en la mecánica comercializadora. Solamente se logra escapar de esta maldición, y no siempre, acudiendo a comprar en origen, pero esto sólo es posible a los que viven en tierras de vino y, ocasionalmente, a los forasteros. ¿Cómo podemos los españoles disfrutar de un producto abundante y barato, de exquisita variedad y calidad, si a la hora de la verdad es malo o carísimo? De ningún modo. Renunciamos al vino y lo sustituimos por cualquier potingue que, siendo de un coste muy inferior, soporta los abusos comerciales sin herir tan gravemente nuestro bolsillo. He aquí el éxito de sus competidores.

     ¿Y la calidad? ¿Y la autenticidad de nuestros vinos? El ejemplo reciente de las tres vendimias consecutivas de los años 1976, 1977 Y 1978, claramente deficitarias en cosecha de uva y excedentarias en vino demuestra hasta la saciedad la verdad hecha chiste de aquel comerciante de vinos que, en el lecho de la muerte, les decía a sus hijos: «... y recordad que si os veis mal, también de la uva podéis obtener vino». Probablemente en ningún otro sector de la economía española el fraude es tan conocido y, al parecer, tan aceptado. Los caldos de pozo, los filtrados de prensa de heces, las adiciones de piqueta, las fermentaciones con adición de azúcar, amén de los vinos que no llegan a tener relación alguna con la vid, justifican que las estadísticas sobre producción anual de vino carezcan de credibilidad y que las medidas más bienintencionadas sobre regulación de este mercado fracasen y aún escandalicen. ¿Que por qué se tolera el fraude? No es que se tolere, es que, según se dice, los organismos oficiales carecen de los medios humanos y materiales adecuados para perseguirlo a fondo. Sugeriríamos a las zonas vitícolas, como la nuestra, amparadas por Denominación de Origen, que si aspiran a la eficacia comiencen por gastar muy rentablemente su dinero creando y sosteniendo un equipo propio de veedores insobornables -si este extraño producto humano todavía existe- capaz de impedir que se venda como vino un sucedáneo competidor del vino y estafador del bolsillo incauto.

     Por último, es cierto que existen cosechas excedentarias como la de la vendimia de 1979, que obligan a la Administración a convertirse en paño de lágrimas de los viticultores en trance de ruina y que, a su vez, arruinan en su porción correspondiente las posibilidades de la cosecha próxima y las del Erario Público. Y nos preguntamos si países como Francia e Italia, primeras potencias mundiales de la vitivinicultura, sufren el mismo problema de los excedentes vinícolas, y los resuelven en buena parte exportando, con auxilios económicos que favorecen la competitividad internacional, ¿por qué no hace lo propio la Administración española si, de todos modos, ha de realizar un esfuerzo económico como el actual? Cuando menos este esfuerzo tendría la virtualidad de sacar el vino de nuestras fronteras y aliviar la amenaza del mercado vínico-alcoholero respecto de la cosecha siguiente.

     ¿Qué estamos instalados en una estructura de libre mercado? ¿Pero caben todavía mayores libertades con el vino?

 

P. GIL.OROZCO RODA

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1980)