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Duerme tranquila, no despiertes, absorbe la vida en su convite de muerte.
El sol descubre destellos de oro a la cresta de un cerro; la esmeralda del campo recobra fulgores de luz que en la tarde se pierden.
Un perro rompe el silencio, del cuello por una cadena, atado a un carro en la galga, camina con pereza la senda.
Fresco por la temprana hora, el murmullo de voces de unas gentes vaivea en el aire. Doblan el camino de los olivares, la bóveda verde-gris de sus ramas acompaña el andar.
Serpenteando un promontorio en el trayecto se sitúan arriba, todo el campo ya lo divisan.
-¡Ahí está la viña!
Y la víctima, silenciosa, en el último adiós que les da a sus hijas, lágrimas de rocío, pone en sus mejillas; da la sensación de que sus brazos de sarmiento con la ropa de sus hojas ocultarlas quisiera.
Se detiene un carro. De él bajan dos chiquillos y una vieja. Un hombre, con tez morena, comida coloca a una mula que desenganchada fuera, también desatado el perro queda.
Una mujer trae pan, pan y sardina. Uva, sardina y pan. Delicia grandiosa de la humildad de los manjares.
-Herencia hermosa, chiquillos -les dice-, ésta que a mí me dejara mi padre.
La oruga de la tijera aceitada. Un cesto de empalagado mimbre. Unas piezas de tela grandes que son un faldar viejo.
Inicia el sol la subida al medio día y en la viña a la cepa a su amado fruto se le hace el destete, meridiano de la mayoría de edad en octubre alcanza está en su mejor lozanía.
Se las llevan para con un viejo trullo casarlas. El las guardará, panza oscura, hasta el alumbramiento.
De la vid sus hijos en la crianza se formarán limpios, transparentes.
El sol, soñoliento, va extendiendo desde poniente su mano de cobre. El verde llanto del campo su fulgor va apagando.
Y la viña, durmiendo tranquila, no despertará hasta que de nuevo engendre.
(Publicado en El Trullo de Agosto de 1980) |
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