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| Imaginemos que existe, en algún lugar, un registro en el que quedan sentados los acontecimientos festivos trascendentales. Imaginemos que hay que conceder prioridades cuando un acto -por su excepcional mérito o por su evidente oportunidad-, ha tenido por reflejo una brotación plural en el amplio campo de las celebraciones coincidentes. Será preciso entonces determinar si concuerdan el mérito y el momento para dar a la Fiesta primigenia el lugar que le correspondería en ese hipotético registro. Mientras, durante el largo consumo de calendarios que van desde Mari-Castaña hasta hace treinta y cinco años, la Vendimia era solamente la sufrida práctica de un menester campesino sin solemnidades, sin poetas... nadie redimía al viñador de sus frecuentes y añejos dolores, pero todos querían participar de sus menos frecuentes gozos. Pero un día -un buen día- estalló la novedad victoriosa. Y lo que había sido desde siempre riqueza, trabajo, vocación y culto, para ser dolor o alegría, abundancia o desolación, sacrificio o gozo, se hizo Fiesta de repente. Y pidió su inscripción en la primera línea virgen del quimérico registro, donde tomó el número «uno y único» y se llamó Fiesta de la Vendimia. Esto era Requena, pueblo puntero, a caballo de Valencia y Castilla, y en el año 1948. Contaba mucho en la vida de un pueblo singuIar, de raigambre viñadora, que tenía su suelo esponjado de vides y cavas, dentadas de muescas que marcaban vendimias infinitas desde más allá del recuerdo. Y fue, por que tuvo que ser. Pero simultáneamente saltó la misma carcasa allá en las lindes atlánticas. Y Jerez, la ciudad nobilísima que comanda la inmensa llanada gaditana, placenta de los inimitables vinos «que se tornan por la nariz», pidió también su puesto para compartir con Requena las albricias por el nacimiento de la primera Fiesta de la Vendimia. Después, y como dando el espaldarazo al proverbial acierto de su creación, han proliferado las Fiestas de la Vendimia en importantes enclaves vinícolas de España, que forman el cerco de este prodigio con que saldamos cada otoño la andadura que comienza con los primeros brotes de la Primavera. Mueren, para vivir, las uvas dulces y viven para gozar los «caballeros de la viña» en el mágico rito de la transformación. Los caminos se peraltan para el paso sereno de las óptimas cosechas. Todo sale de su limbo impreciso para concretar en la homérica Vendimia. Y Requena -vendimiadora, señora y labriega-, se entrega al templado frenesí de su XXXIV FIESTA DE LA VENDIMIA, exhibiendo ese «número uno» con el que recibió en sus albores y para siempre, su primera «denominación de origen».
(Publicado en El Trullo de Agosto de 1981) |
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