La cosa venía ya de antiguo. Venía «de siempre». Había en todos un larvado sentimiento de impotencia y de frustración. Y en un impulso de patriotismo herido y lacerado amor a lo nuestro, F. Javier Martínez Roda lanzó su desesperada alarma en un artículo brillante aparecido en EL TRULLO de la Primavera de 1974. Su título, «Muerte en Requena», era una severa advertencia a quienes debiendo, y hasta pudiendo evitarlo, veían, en medio de una pasividad irritante, la degradación progresiva de nuestro impar barrio de «La Villa», abrigador de un codiciable tesoro histórico que Requena parecía olvidar.

     Lo que para toda comunidad humana sería legítimamente un banderín de enganche para una guerra de reconquista de un pasado que está al vértice de su desmoronamiento, para nosotros no pasaba de ser un hecho anecdótico para el que teníamos una gran capacidad de lamentación. Pero poco más.

     «La Villa», con todo su contenido de testimonio y evidencia de un pasado histórico prepotente y glorioso, se transformaba -lo que de él iba quedando en pie- en una especie de «ghetto» gitano, a cuya etnia habrá que agradecerle el que aún quede piedra sobre piedra, a pesar de sus monstruosas deformaciones producidas por la incontrolada acomodación de lo habitable. Ni siquiera la otorgación de la condición de Conjunto Histórico-Artístico, en 1966, redimía a «La Villa» de la lepra corrosiva del tiempo. En todo caso, lo convertía en un barri-momia en incontenida degradación.

     Pero ahora parece ser que, en esa iluminada lotería de «rehabilitación del patrimonio», organizada por la Dirección General de Arquitectura, Requena juega fuerte y segura con miras a la repristinación, con criterios de perdurabilidad, del bellísimo Barrio Histórico de «La Villa», de Requena, que con Morella y Altea han merecido la atención oficial a nivel de Estado, para hacer realidad aquello que, aún alimentando ilusiones, pacía en el árido prado de las realizaciones imposibles.

     El singular barrio musulmán y medieval, que en todas sus direcciones tiene sus limitaciones fronterizas «de cuesta a cuesta», volverá a ser la «Villa» dentro de la ciudad. Dejará de ser un sector marginal para recobrar su condición de barrio-rey, con la afloración de sus caracteres arquitectónicos, urbanos y de subsuelo, que fueron el glorioso estribo sobre el que descansó uno de los períodos-yunque en que se forjó la historia de un pueblo que no hace jamás testamento ni dimite; porque Requena, que un día lo fue todo -con su corazón latiendo en «La Villa»-, sigue siéndolo todavía y mantiene su ilusión alerta para serIo siempre. Y una dignidad histórica exige la conservación de su «zona de respeto», con su imponente fortaleza, sus templos monumentales, sus casonas blasonadas y sus casas institucionales, para orgullo de propios y admiración de extraños. Esta es «La Villa» que pretendemos reivindicar del olvido: «La Villa» que avanza por el sur de la ciudad como una barbacana, para asomarse a las rutas comerciales del mundo, como celosa de que le roben su reposo de siglos.

     No es menguada tarea lo que se pretende, pero amantes tiene la «causa», de los que mucho debemos esperar.

     Y hay actuaciones anteriores que allegan valores operantes al proyecto. Se estudian y sopesan los más complejos cálculos para la solidez y la pureza de la realización. Y lo demás hemos de ponerlo entre todos.

     Aquí, en el seno del viejo barrio, está el germen de lo que puede ser -de lo que debe ser- la vuelta a la vida de un tesoro histórico que de tan puro, de tan «nuevo», haya de ser llamado «el viejo» Barrio de la Villa: un día guerrero; penitente, prócer y viñador.

     Y aquella «Muerte en Requena», cuyos temores compartimos, en su día, con F. Javier Martínez Roda, bien pudiera ser, por el celo patriótico de los requenenses y las ayudas y estímulos de los organismos oficiales, una venturosa «resurrección» en la que todos estamos comprometidos.

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1981)