Cuando todavía las ilusionadas comparsas carnavaleras estaban en su apogeo, una de ellas -la de "Los Baturros" (1922)- popularizó la siguiente coplilla:

La jotica aragonesa

la inventó un aragonés,

pa curar tós los dolores

de la cáeza a los pies...

 
 

     La tal coplilla nos induce a remover -"de la cáeza a los pies"- nuestro copioso vocabulario popular, referido naturalmente a las partes exteriores e interiores de nuestros cuerpos (que calificaríamos de "serranos" si no fueran valencianos), así como de sus teclas y demás alifafes.

     Entonces, como ahora, las gentes se expresaban y siguen expresándose a la pata de la llana, fieles muchas de ellas a sus diquialuegos, sin importarles el plebeyo alborgazo ni las remilgadas terminaciones en ado e ido. Ellas se entendían y se entienden a las mil maravillas, pese a confundir el talento con la cáeza, la oreja con el óido, la astucia con el fato, la palabra con el pico... y siguen llamando toras a las mujeres bravas, mulas a las especializadas en "pares de coces", gatas a las cautelosas..., quedando diversos nombres de animales para resaltar humanos defectos (perro, lagarto, asno, picaraza, vaca, zorro, etc.), y por si faltaba algo, aún quedan los "gorriotes de canalera" y los "ratones coloraos".

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     Amparados, pues, en la clásica división de nuestro organismo, comenzaremos por la cabeza (calabaza, camorra, chola, "el terráo" donde se aloja el celebro). Descendiendo por la parte posterior del cuello, toparemos con el tozuelo, que, cuando reluce, Ilámanle morrillo; por delante, la papá (gala y orgullo de las mujeres sastifechas y bien repalpilfás). Subiendo unos pendamios, las barras (mandíbulas), el "seductor" hoyete (mentón), los morros (labios) y el apagavelas (nombre que aquí recibe alguna que otra nariz privilegiada).

     En el tronco, debajo de los lomos (que no todos los mortales arriman de buen grado), la cosquilleante loncha; más abajo, la corcusilla..:, mientras que por delante, en "la caja del pecho", la femenina espetera (que, sin duda, dio lugar a aquel inefable piropo: "¡No la echarán del baile!"). Y pasando de largo por ese semáforo del drupa o entestino, entre otras cosas que no vienen a cuento, la horcajaura y los entresijos.

     En los remos o extremidades, tomaremos nota de sobaqueras, bobanillas, golondrinos, zarpas, corvas, pantorras, espinillas y patas. Disparadas éstas hacia adelante, dan lugar a los puntillazos; hacia atrás, a los guiños o coces.

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     Sin volverle la espalda a nuestra rural jerga, nos colaremos por el camino "del aire" (de "los fuelles", de "lo vedáo", donde el galillo no da reposo a la nuez. En la ruta paralela, el garganchón da paso libre a todo "lo que entra por el aro". Y llegamos a esa "boca (sin dientes ni quijales) del estómago", a la que siguen un revoltijo de vísceras con nombres tan poco gentiles como los de melsa, mondongo, obispo, pajarilla, apéndiz, botija, posdata, etc. Recordaremos que todo este laberinto de albillos, de vueltas y revueltas, en donde tenemos un "ciego" que no vende "iguales", un "colon" que no descubrió nada y un final que es camino "recto". A lo largo de este humano alcantarillado, de esta industriosa travesía que comienza en la boca "y acaba donde termina", se producen expansiones y molestias para todos los gustos (retortijones, ensultos, regüeldos, flatos, desfecios, darreas, escorrentias, bosainas, agriores y amargores, ansias, gomitinas...)

     Pero, señores, "a grandes males, grandes remedios", pues para eso están las melecinas, indiciones, pindolas, devativas, pilmas, berbajiIlos, analisis y otros remedios (con minúscula y mayúscula) que mitigan dolores (también con minúscula y mayúscula), a los que no fueron ajenos en otros tiempos los "andadores" zurratripas o curanderos que, según los crédulos, nacieron "con manto" y se "especializaron" en combatir aliagones, garrotillos, encanijamientos, orzuelos, verrugas, cipelas, males de ojo, rodeadedos, atascos intestinales, etc.

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     Y entra en turno el triste escalafón de los "esgraciáus", pues no otra cosa son los tinientes, ojo guijas, esculáos, escalombrecíos, atornajáos, arguelláos..., a los que añadiremos las pavilelas y tontarrullonas, las chompas y zorritontas, las borruchonas y carrolocos... ¡Cosas de "niervos"!

     A este plebeyo vocabulario no son ajenas algunas "frases hechas" y de uso corriente, como "hacer de tripas corazón", "empinar el codo", "la purga del tío Cañamón", "revolverse las tripas", "tener muchos riñones", "no chuparse el dedo", "cambiar la peseta", "respirar por un colmillo", "ser largo de uñas", "entrar con buen pie", "no tener un pelo de tonto", "ojos al hombro", "no ve tres en un burro", "poner los ojos de borrega degollá", "lengua de hacha", "cara burro", "morros di haba", "dióle una patá al gamellón", "tripa bálago" y cien más. Y llaman "faltos" a los pobrecicos que están en "la higuera"; mientras que otros "se torcieron" y acabaron cogiendo "una mala vuelta"..., y a las que tienen "la tripa en la boca" les deseamos "una hora bien cortica" para "desocupar".

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     En esta tan intranscendente como vulgar recopilación fisio-filológica, no puede faltar la cosechilla de apodos alusivos al tema (Melláo, Ojetes, Morrete, Torcío, Manquíllo,Tarta, Calvillo, Manazas, Sordíllo, Tosecílla, Baboso, Morreras, Mearra, Paletas, Mocoso, Meota, Malandares, Peláo...

     No queremos dar fin a esta vulgarísima exposición sin aludir a una "extraña" enfermedad comarcana que, pese a su simplicidad, no debe estar catalogada.

Descúbranla en este breve diálogo:

     -¡Bendito, Petra!... ¡Pobre Nicolás!... Ayer, tan "roscachán"; hoy, de cuerpo presente... ¡Vamos, vamos!... ¿Y de qué ha muerto el pobrecico?

     -De repente, hija mía, de repente.

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     Al evocar aquella comparsa de Los Baturros (¡cuán pocos quedamos!), recordaremos que lucíamos preciosos chalecos rameados de los rumbosos tiempos del Arte Mayor de la Seda. El que yo llevaba me lo regaló una sobrina de don Bartolomé Ruiz de la Peña: el benemérito fundador del Barrio Obrero.

 

R. B. L.

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1981)