Cuando se dispara el último cohete de la Fiesta de la Vendimia y se hace el recuento de cada experiencia, se barre la tienda y se echa a andar de nuevo «con lo puesto», acariciando nuevas ideas para que no decaiga en esplendor la manifestación festiva. Es lo natural. Pero no siempre se intuye ese valor nuevo que dé a la fiesta el factor de evolución que la diferencie. Quizá falla la inspiración o sobran los prejuicios.

     Y a lo largo de eso que impropiamente llamamos «ejercicio», que sabe a «administrativo» y a cotidiano, se producen hechos aleccionadores de los que se debe tomar buena nota para la práctica de nuestros modos. La Fiesta de la Vendimia, que «es nuestra», pero que no es exclusivamente «para nosotros», no puede permitirse ya olvidos, ausencias o pretericiones. La Fiesta de la Vendimia es esencialmente definidora.

     El día diez de septiembre, en la Feria del Vino de nuestra hermana -yo diría paralela- ciudad de Utiel, se celebró el DIA DE LA COOPERATIVA VINICOLA REQUENENSE. No por ser esta entidad la que asuma, en todos los casos, la representación de nuestro pueblo, pero sí fue estimada como indicador significativo que, en un orden de méritos iguales, puede recaer en otra de las corporaciones o comunidades que tienen capacidad para serlo.

     Lo cierto es que fue Requena, personalizada en la Cooperativa Vinícola invitada, la que era recibida oficialmente, con todo el honor que cumple, y se fundía en el festivo acontecer utielano, que tiene idénticas motivaciones que nuestra fiesta y se inspira en lo mismo y habla de lo mismo.

     Utiel estuvo a la altura que corresponde en cada momento. Y este momento se dio. Emotivo y cordial. Autoridades y pueblo se «sintieron». Más que una celebración, aquello tenía el sabor de un «reencuentro» de algo entrañable.

     No es infrecuente que en ese montaraz imperio de la fe, que es el remedio, nuestras gentes comparten con Utiel, gozosamente, sus mismos sentimientos.

     Su paisaje es nuestro paisaje. Su medio vital es idéntico al nuestro; y una comunidad de intereses, estilos y sentimientos nos convierte en una familia sin fisuras. Y el producto de nuestras vides, cultivadas con el mismo amor, que protagonizan el acontecimiento vendimial, corre el mundo entero al amparo de una común «denominación de origen»: Utiel-Requena es algo más, es mucho más que un mero rótulo comercial.

     Y si todo esto se produce y todo esto se celebra, ¿qué impide la integración en la Fiesta de la Vendimia de una embajada cabal que cubra esos mínimos trece kilómetros en los que una ausencia de fronteras enlazan, como un símbolo a considerar, la tramada amorosa y fecunda de nuestras gemelas vides?

     Cualquier sentimiento autárquico y exclusivo por nuestra parte está fuera de toda razón. Y aunque las cosas «están donde están», nada obliga a que «estén como están».

 
 

     El monumento a la vendimia, que tiene rango nacional, se irradia al mundo entero desde Requena, porque está promovido para ser el santuario de todo el orbe vinícola. Cuánto más Utiel, que ya nos ha sentado a la mesa de sus cordialidades, estimando en su total valor el llamamiento de un nuevo vínculo de abiertas identidades, que ya venía larvado de antiguo, y ha compartido con nosotros sus celebraciones y nuestro vino.

     Y en esta elaborada evolución de nuestra fiesta estaría muy en su lugar que, entre todos los sitiales desde donde lucen su gentileza y su familiaridad las Reinas o Zagalas Mayores que comandan el Estado Mayor de la Fiesta de la Vendimia, emergiera un nuevo sitial desde el que Utiel, hermano y vendimiador, dictara el fuero de nuestra identidad, sin subordinaciones y sin retos, pero que aportaría al gran acontecimiento vendimial -haciéndolo común-, un nuevo factor cordial para una «denominación de origen» que nadie había previsto en nuestros Consejos Reguladores.

JOSE Mª SANCHEZ RODA

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1981)