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Vicente Canelles, secretario de la Embajada española en Trípoli y hermano de la que fue Reina de la XXX Fiesta de la Vendimia Srta. María Canelles Montero, a petición nuestra nos envió el trabajo que publicamos. ¡Gracias, Vicente!
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| La frase está muy usada, pero hay días en que no puedo menos que preguntarme aquello de «¿qué hace un chico como yo, en un país como éste?». Y es que si vivir en el extranjero tiene siempre algo de aventura, en los países árabes esa aventura es increíblemente distinta. Parece hasta imposible tanto exotismo, una cultura, una mentalidad tan diferente, cuando tan sólo nos separan unos cientos de kilómetros: enfrente mismo de nosotros, nada más cruzar el Mediterráneo, que es tan «mare nostrum». como suyo, España junto a Marruecos, Libia frente a Italia y Grecia. |
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Y es que somos tan distintos... Los musulmanes acaban de estrenar el siglo XV de su era, y aunque a veces parece que es cierto que necesitan aún cinco siglos de madurez, en otras ocasiones dan la impresión de que cada uno tiene tras de él milenios de experiencia, de asimilar una forma de vida que, en cierto modo, tal vez nos convendría adoptar para que, por fin, nos cantara otro gallo que no fuera el del humo, la prisa y el ruido con que esta civilización nuestra nos ha cantado la nana y nos va a cantar el miserere. Tienen también, cosas en las que lino no sabe con certeza si sería preferible que se pareciesen más a nosotros o, como en el chiste, «que se queden como están». Me refiero a la prohibición de tomar alcohol. A veces pienso que, Mahoma sabía lo que se hacia al prohibirlo a sus fieles. Tal ocurre cuando los veo conducir como si fueran a apagar un fuego en el que se les quemasen camellos, cabras, mujer e hijos..., pero circulando además en dirección contraria a la normal, y por una autopista con tres carriles en cada sentido. Si tal ocurre yendo sobrios, ¿qué sucedería con algunas copas en el cuerpo? |
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Sin embargo, en esos días de otoño o primavera, en que el sol calienta la cara mientras el aire fresco entibia el mediodía, qué bien sabría una cervecita sentado en la terraza de una cafetería... Igual que le sentaría inmejorablemente un alegre y robusto tinto al cus-cus tradicional, picante y lleno de tiernos tropezones de cordero... Como el juego que podrían dar unas botellas de fresco y suave rosado, en las excursiones con comida (más o menos improvisada) sobre un tronco de palmera caído en una playa vacía y blanca, o sobre un capitel derribado en las increíbles ruinas de la Leptis Magna de los romanos... Como, por fin, el perfecto complemento que haría un vino dulce y oscuro, al amargo té verde en el que flotan algunos piñones. |
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Pero no, no hay ninguna posibilidad de todo eso tan añorado. En el país de la gasolina a 24 pesetas litro, hay que resignarse a beber refrescos americanos, zumos de frutas o, todo lo más, la pócima elegante del momento: el «bitter-beg gassir», que consiste, como su propio nombre sólo indica a los iniciados, en un bitter (sin alcohol, por supuesto) alargado al gusto de la víctima del brebaje, con el agua mineral local que, eso sí, es de burbujitas absolutamente artificiales. En tal ambiente, cuando el agua es el complemento menos desagradable de las comidas, ¿cómo no echar de menos desde este Trípoli de mis pesares las saludables fuentes de vino de la Fiesta de la Vendimia de Requena? Asegura el Corán que el paraíso está lleno de mujeres siempre hermosas y de fuentes que manan vino. El día que un árabe caiga por Requena en fiestas creerá así, sin lugar a dudas, lo que nosotros sabemos desde siempre: que ha encontrado un rincón del paraíso.
Trípoli, noviembre de 1981. |
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| (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1981) |
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