Como ya sabrán ustedes a Japón lo suelen llamar por el universo mundo «el país del sol naciente», cosa además de poética y sugestiva, muy natural y acertada si consideramos que Japón (Nihon o Nippon en lengua vernácula) significa precisamente eso, origen o nacimiento del sol, lugar por donde éste sale. Esta denominación aparece por primera vez en la correspondencia comercial del siglo VII con China; Japón, que originalmente se llamaba Yamato, estaba situado al este de aquélla, era por lo tanto «el país de levante», mientras que la primera, en carta oficial de gobierno a gobierno y con evidente doble sentido sería llamada por el príncipe Shotoku Taishi «país donde el sol se pone». Imagínense ustedes la gracia que esto les hizo a los chinos, a ellos, que creían tener, y en muchos aspectos no les faltaba razón, la cultura más desarrollada del mundo en su momento, que habían aprendido a escribir hacia el 1500 antes de J C., que desde hacía unos ochocientos años se venían gobernando por medio de una burocracia elegida del pueblo según el grado académico o mediante exámenes.

     Mas perdonen ustedes que me haya ido un poco por la tangente, por las ramas del gran árbol de la historia. Lo único que en realidad pretendía era tranquilizar a aquellos de mis paisanos que temieran por la propiedad de su habla al decir algo como: ¡Oh Japón, bello país del sol naciente!, Japón, el gran país donde nace el astro rey... o cosa así, pues se trata, como ven, de un bonito pleonasmo justificado además por el indiscutible hecho geográfico de que, ya lo habrán supuesto, el Japón cae exactamente al este de Requena, es decir, en dirección al Picoeltejo, por donde, si mal no recuerdo, amanece en mi pueblo todos los días del año. Otra cosa es que lo digan (me refiero a los del sol naciente, claro) los americanos con su idioma gangoso, pobre y feo. Cuando ellos lo dicen sepan que cometen viciosa y reprensible tautología, amén de ser un zafio disparate astronómico, al menos mientras el sol no altere su sabia costumbre de salir por donde siempre ha salido, y espero que continúe «per sécula seculorum» pues no quiero ni pensar el lío que se armaría el día que a la Tierra le diera por invertir su sentido de rotación y empezasen a salir cosas por el oeste,

     En fin dejemos tranquilos a los americanos, que si ellos y otros como ellos hiciesen otro tanto el mundo sería una balsa de aceite, y pasaré a contarles algunas cosas de Japón, para que se hagan una idea de cómo es este país y de por qué me encuentro a gusto aquí.

     Una de las cosas que más he admirado de los japoneses desde que llegué es su afición a la lectura; en los trenes, por ejemplo, o el metro se ve a mucha más gente leyendo que en España u otros países de Europa o América, según me han confirmado también algunos amigos extranjeros. El nivel cultural del japonés medio es sorprendentemente alto y, ni que decir tiene, el de alfabetización es cien por cien. Por cierto, no crean que es fácil leer japonés. Para poder entender el periódico es necesario conocer dos sistemas de escritura silábicos de cuarenta y seis signos cada uno, más unos dos mil ideogramas que según el contexto tienen dos o más distintas lecturas. Así el carácter que significa «persona», podría leerse «hito», «nin» o «jin».

 
 

     Pues bIen; como consecuencia del nivel de cultura de este pueblo la actividad en todos los ambitos de la misma es asombrosa: las exposiciones de pintura que se Inauguran mensualmente en Tokyo podrían contarse por cientos, los conciertos por decenas, lo mismo podríamos decir del teatro, etcétera, y no sólo se trata de cantidad. Por Tokyo han pasado la Gioconda, las majas de Gaya, obras de Velázquez, impresionistas franceses, famosos cuadros de Picasso y un largo etcétera. Vienen constantemente los mejores directores, solistas y orquestas de todo el mundo. El número de publicaciones y la tirada de la prensa son también sorprendentes y admirables por sus proporciones. Además la gente, en general, es comprensiva y escucha a los demás; sabe y siente, desde hace muchos siglos, que nada hay absolutamente cierto, que nadie posee la verdad absoluta y que nadie es absolutamente infalible ni absolutamente estúpido. No en vano coexisten aquí dos religiones distintas de forma que el individuo que cree, cree en ambas, y el que no, una gran mayoría, en ninguna, aunque haya celebrado su boda, como es costumbre, según el rito sintoísta y los funerales de sus familiares bajo la imagen serena de algún Buda. A Japón, pues, además de «país del sol naciente» bien podríamos llamarlo «cuna o morada de la transigencia», y esto desde cualquier lugar de la Tierra.

 
 

     Aparte del hecho cultural y de lo interesante que es vivir en un país tan antiguo y diferente hay otra cosa, de la que tendríamos que aprender los occidentales, que me guata casi tanto como lo anterior, es el respeto al consumidor. Quiero decir que si aquí uno va a comprar almejas, por ejemplo, y no están en condiciones de comerse crudas el mismo vendedor le dice que las ase o que no se las lleve. Si bien es cierto que a la carne le ponen conservadores artificiales, los refrescos llevan colorantes, etc., también lo es que todos lo sabemos y a quien no le guste puede prescindir de comprarlo. Pero a nadie le dan «gato por liebre» ni mucho menos lo envenenan con aceite de colza.

     Por último una sugerencia: Ya que ustedes escriben lo de «Requena, donde la vendimia es fiesta», en inglés (me imagino que con la intención o la esperanza: de abrir los mercados angla-americano y británico a nuestros vinos) no veo razón para que no lo hagan también en otros idiomas. En francés por supuesto que no, pues parece que les sobra con los suyos. En árabe tampoco sería muy útil, aunque tienen una bella caligrafía. ¿Por qué no en japonés?, aquí hay más de cien millones de personas considerablemente más aficionadas al alcohol que los musulmanes y cada vez es mayor el número de los que saben apreciar la calidad de un buen vino

     Por si se deciden se lo vaya poner a ustedes.  Se escribe así:

 

 

 

Ernesto Martínez Valle

(Publicado en El Trullo de Mayo de 1982)