|
|
||
|
Tenemos un lugar en nuestra paseada, visitada y admirada Villa que ha sido, es y será mientras perdure, la admiración de tanta gente como vienen a visitar nuestro antiguo recinto. La plaza de Santa María, donde este edificio se encuentra enclavado es uno de los rincones más típicos, evocadores y bonitos de nuestra vieja ciudad. Esta antiquísima y señorial mansión, forma junto al templo de Santa Maria y las otras casas que la rodean, una placeta típicamente medieval, con su sabor intacto de aquellos tiempos, digno rincón de pintores, soñadores y artistas, y recreo fácil para los ojos de aquellos turistas que gustan de visitar lugares históricos. Como tantos otros lugares ha sufrido durante mucho tiempo el abandono, la dejadez y la indiferencia de sus dueños, y «ella» en sus entrañas habrá comprobado cómo era alabada y ensalzada por fuera por todos los que la han ido contemplando, pero abandonada y olvidada por dentro en sus necesidades más precisas para poder subsistir. Esta espaciosísima mansión, conocida por la Casa de Santa Teresa, ha servido durante siglos a nobilísimas familias ya extinguidas, y últimamente perteneció a los Ibarra y de la Torre, y a los Ferrer de Plegamáns. Su último propietario, el marqués de Caro, la donó al Ayuntamiento de Requena, aunque ya en estado muy lastimoso y ruinoso. Dicho Ayuntamiento tuvo que hacer rápidamente unas obras de consolidación provisionales en parte de sus paredes y tejados, pero hoy vuelve a pedir a gritos ayuda para no hundirse. |
|
|
|
La Casa de Santa Teresa fue, según la tradición, refugio de la Santa cuando vino a Requena para reformar la orden de los frailes carmelitas, ocupantes del antiguo convento carmelitano, primero de esta fundación en Castilla. Es muy conocida por fuera, y ha sido pintada y fotografiada muchas veces, pero pocos la conocen por dentro. Por eso mismo voy a tratar de describirla un poco: Su puerta de entrada, de un estilo renacentista, está presidida por un precioso escudo de la noble familia de la Torre y de la Mota. Su patio principal, nada más entrar a su izquierda posee un poyo para subir a los caballos; al frente, un poco a la derecha, quedan vestigios de una pequeña capilla. A la derecha de este gran patio con un buen artesonado de madera de mobila, se puede ver el arranque de una interesantísima escalera de estilo renacentista, que llega al segundo piso, y al lado del inicio de dicha escalera hay una puerta que daba paso a una gran bodega con tinajas, hoy totalmente llena de escombros. En el primer piso hay un vestíbulo y a derecha e izquierda varias puertas que dan acceso a diversos compartimentos, algunos de los cuales se hallan en malas condiciones. Tiene una gran sala con una altísima chimenea y al lado una habitación muy hermosa con dos balcones de barrotes de madera originales, uno de los cuales se abre al callejón de Piñuelo y otro tiene una hermosísima vista que da cara a cara al Templo de Santa Maria. En el último piso o terrado es curioso ver las enormes vigas que sostienen el tejado colocadas en forma piramidal, las cuales forman el ángulo de la casa que da a la plaza de Santa Maria y a la calle del mismo nombre. Aparte de las caballerizas y un pequeño corral todo muy estropeado, esto son a grandes rasgos la característica de esta renombrada y comentada casa. Ojalá este pequeño artículo sirva como semilla, para entre tantas personas que lo lean puedan aportar algo de la especie que sea que ayude en algún modo a esta por hoy casi desamparada mansión. En estas últimas fechas se ha logrado desescombrar y limpiar un poco la casa, para que se pueda visitar, pero ¡es tanto lo que queda allí por hacer!... Aparte de lo que se pueda sentir por afición, cariño, romanticismo o lo que sea, por estos vestigios antiguos de nuestro pasado requenense, la verdad es que si uno se para a pensar lo que sería de este rincón tan bonito de Requena si la casa de Santa Teresa se desplomase, da verdadera congoja. Estos edificios están apoyados unos en otros y el desplome de uno arrastraría irremediablemente el de varias casas más, y si esto ocurriese, ¡adiós para siempre a la gracia y al tipismo de este tan visitado rincón de nuestra vieja Villa! Luego vendrían los comentarios de «qué lástima», «no teníamos que haber consentido que esto pasase», etc., pero lo irremediable ya está. Así, pues, ahora que aún hay tiempo unámonos y hagamos todos lo que podamos, algo para que este edificio lo puedan contemplar nuestros nietos.
CESAR JORDA (Publicado en El Trullo de Mayo de 1982) |