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Deja que tenga un destino la lluvia que a mí me toca, para el caz de tu molino.
Déjame con mi secano. Tu río me cae muy lejos, mi viña está más a mano.
Me parece una entelequia: ¡partía la viña aquella el «entredós» de una acequia!
Las manos del cura abuelo cruzadas sobre el abdomen, pedían lluvias al Cielo.
Cuando ví salir el tren recuerdo, tierra sedienta, ¡que llovía en el andén!
Ya sé que no tiene cura: la tierra, si no le llueve, la come la calentura.
Si hay sed no hace el vino daño pero, si no llueve pronto, ¿habrá vino para el año?
El amor que no he bebido me falta para apagar la sed de haberte querido.
La labor ya quedó atrás: sólo falta que las lluvias pongan todo lo demás.
No quiero pedir a Dios que tanta sed de cariño nos la mitigue a los dos.
He visto ya tan vacío mi pobre río al pasar que sólo jugaba a río.
Hay que tener confianza, porque no se seca nunca el río de la esperanza.
(Publicado en El Trullo de Agosto de 1982) |