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| Para ti, Reina: Tengo una historia en los labios que no la he contado a nadie.
Tengo versos sin nacer y no sé cómo cantarte con estos versos, que pugnan por ser música y romance, la historia de un vino niño, que nació para ser sangre, anuncio de redenciones, pactos entre Dios y nadie y orgía frutal de vida, que en las soñolientas tardes vestidas de ardiente agosto, libando soles radiantes, siento dudas si es aquello promesa o final de viaje.
Sé que es rojo, como gules de una heráldica triunfante, como sinople es el verde que arropa a la cepa madre.
Tengo una historia en los labios que no la he contado a nadie.
Pero a ti, que eres mi Reina, sólo a ti quiero contarte la historia, que rumía olvidos, de un vino rico en granates, que en los ardientes secanos de un requemado paisaje se le escapa, manso, un río que al mar se lleva el romance, envuelto en aire pajizo, de una historia hecha en cantares.
Oye esta historia, mi Reina, que no la ha escuchado nadie...
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Antes de que Requena inspirara a los bardos y juglares; más antes todavía de que fuera castrense baluarte de gestas y de hazañas y de mitos; aún muchos siglos antes, Requena era tan sólo una esperanza injerta en soledades, recamada de cardos y de lirios: un pálpito tan sólo en el paisaje, con un beso cautivo en sus entrañas y suelto el corazón, como las aves.
Lejos, allá muy lejos todavía, donde rompe la furia de los mares, el vino, que nació para pecado -bebida visceral de bacanales-, llevado en ricas ánforas en el íntimo seno de las naves, llegaba hasta otras gentes, que esperaban el preciado licor para embriagarse.
En los puertos no había más moneda que el propio vino para valorarse la importancia del' trueque o de la venta, de la compra o del canje.
«Tantos tales de vino» era la cifra clave: el precio de un esclavo macedonio, o el palo esbelto de una blanca nave, de un perfume, de un asno, de una daga, de una tela de Esmirna o de un alfanje.
¡Todo pagado en vino! Era el valor constante. No había otra moneda de universal alcance.
De Quío a Samos cabe el Mar Latino, de Toscana hasta Nápoles bajaban con sus vinos fabulosos, para llenar las naves, de estilizadas ánforas, de frutosos y suaves, y llegar hasta el Nilo, para galvanizar eternidades, los taninos de Chianti, que impregnaban la magia funeral de los vendajes que retaban la muerte en las mastabas, con signos de esotéricos lenguajes.
Las aguas del Jordán ya preludiaban . los Canás y Betanias del Mensaje y el vino se hace culto y es cultura, hinchando velas y surcando mares.
Allá en el Occidente, donde Roma ha sentado un enclave, está Hispania, la bélica, la austera, la de verdes gazones y quebradas salvajes, la que a diario cierra los ocasos solares, donde hay hombres de acero no aptos para esclavos y, cercada de mares, se defiende, indefensa, de invasiones, rapiñas y de ultrajes...
Y hacia allá va la herencia fenicia del comercio; hacia allá van las naves. lberia es buena presa y hay esteros en todo su Levante, donde asientan las quintas amorosas hermosas cortesanas y magnates, y secanos que quieren redimirse de su yerma quietud y quieren darse, para abrir sus entrañas a la vida, para hacerse paisaje, para hacerse riqueza positiva y ser huerto y ser viña y también madre de frutos nuevos y de rojos vinos y de trigos, de prados y olivares.
Y en una singladura, aún ignorada, desde un punto cualquiera de los mares, llegaron plantas vivas de sarmiento, con sueños de parrales, con la loca ilusión del visionario que toma la utopía en ideales, y fueron tierra adentro, hasta Requena, y en los lugares que antes vegetaban estériles especies, en los adormecidos secarrales donde nunca la vid fue conocida, saltó, como un prodigio de verdades, una inmensa legión de vides nuevas, que se multiplicó en las soledades de una hosca tierra, todavía virgen, pero con ciega vocación de madre.
Y en ella se imbricó la nueva planta y ayuntó con la tierra, en su raigambre, una ambición de génesis y auroras y unos hombres, con ímpetu de atlante para crear, eterno y para siempre, un vino impar para solemnidades, de un blanco olor para inspirar ternuras y un rojo incandescente, que era sangre de aquellos hombres fuertes, que gestaban un nuevo vino para los altares.
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Y los verdes recién estrenados que trajo el prodigio de este nacimiento del rotundo vino, provocaron tímidos chubascos, que en extraños monzones venidos, apagaron de la ruda tierra una sed de siglos. Y las secas quebradas cantaron, con arrastres de lluvia nacidos, un himno a la vida; y un nuevo latido de ambición, de ilusión y trabajo le dio su sentido a un paisaje naciente de verdes, que rompió la aridez de los ciclos que una dura tierra dejaba cerrados y abría las rutas a nuevos destinos.
Nacían villares, que agrupaban gentes, se ensayaban ríos, se abrían lagares para el primer vino, con su vientre lleno sólo de esperanzas, hijas del delirio porque el fruto anunciaba abundancias, pero el vino no había nacido.
Hombres y mujeres, jóvenes y niños, tomando la esteva con segura mano y al trabajo asidos, hienden el terruño, horro de humedades, y hacen el prodigio.
Y en sus breves cavas de un húmedo seno se hacían vacíos, para ser fermentados los mostos de gestantes y dulces racimos.
Y cada mañana, casi como un rito, cantaban los gallos a la amanecida, anunciando altivos, que una vida nueva puso su gallina, y el sol se elevaba por el infinito, derramando paces y abriendo destinos, al ritmo implacable de las creaciones, que estaban ya en marcha sobre los caminos, y exigía a todos guardar sus respetos para el nuevo vino que, al fin, llegó pródigo y cumplió el destino que en la vida tenía marcado, de ser original y de ser único.
Este vino que sabe de guerras, de paces, de idilios, que sabe de amores, que sabe de siglos, porque fue criado, mejilla a mejilla, lo mismo que un hijo, por esos titanes que serpentearon los secos caminos, con los hilos dulces del mosto vertido, y ensancharon con férvido aliento el campo de vides hasta el infinito, e inventaron juntos cultos vendimiales, dejando cumplido este rito amigo de la inmensa gesta de crear un vino que trajo un arrastre de helénicos aires, al que dio una gama de tonos corintos.
Y en las grandes penas, cuando la tormenta crepita, siniestra, su torvo bramido y despeñan los cielos con furia el azote letal del pedrisco, dejando en la ruina sumidos los campos, rotos los racimos, por cuyas heridas se vierte, bermeja, esa sangre hermana del fruto del guindo, cuentan las consejas que hubo un requenense, que está en el olvido, que se abrió las venas con desesperanza y fluyó de sus venas un vino rojo, denso, seco, caliente y dolido. y ya, para siempre, por siglos y siglos, el vino exultante que nace en Requena será eternamente, y este es su destino, rojo como sangre, recio como el temple de sus hombres mismos, noble como el bronce, grueso, noble ¡y tinto!...
José María Sánchez Roda
(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1982) |
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